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CRÍTICA | AL OTRO LADO DEL MURO

El paraíso que no era

Jördis Triebel, en un fotograma de 'Al otro lado del muro'.
Jördis Triebel, en un fotograma de 'Al otro lado del muro'.

Nada más cruzar la frontera, a escondidas, con papeles falsificados y un atroz sufrimiento, un crío recoge el primer botín en plena calle: un bote de Coca-Cola, símbolo del capitalismo. Pero los términos tierra prometida y paraíso casi siempre esconden tonalidades, y así lo muestra la interesante película alemana Al otro lado del muro, tercer largo de Christian Schwochow, que juega muy bien con la ambigüedad en el dibujo de personajes y entornos.

AL OTRO LADO DEL MURO

Dirección: Christian Schwochow.

Intérpretes: Jördis Triebel, Alexander Scheer, Tristan Göbel, Jacky Ido.

Género: drama. Alemania, 2013.

Duración: 102 minutos.

Ambientada casi exclusivamente en un centro de acogida de la antigua Alemania del Oeste, donde los del Este debían penar un socavón burocrático y, sobre todo, de recelos para lograr los papeles, los sellos necesarios para ser libre, poder trabajar, tener una casa, un médico, en fin, vivir, la película tiene su mejor virtud en el retrato de su protagonista, una mujer sin excesivos ideales y un pasado sentimental con un hombre ruso que posee una bomba de relojería en su currículum: es experta en física y química. Lejos del idealismo y del heroísmo fácil, Schwochow presenta a su criatura como un ser de gran fortaleza exterior que, interiormente, posee una mezcla fatal: la de la arrogancia y la ingenuidad. Así, entre el drama sociopolítico y una pizca de espionaje, y a través de una fotografía gélida para el centro de acogida y de colores muy contrastados para las escenas en el supuesto paraíso, Al otro lado del muro conforma un relato repleto de contradicciones. Las mismas que habitaban en aquel mundo lleno de claroscuros, sospechas y engaños.

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