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El legado brit pop y la raverbena

Noel Gallagher y The Prodigy capitalizan la segunda jornada del FIB

Noel Gallagher, la noche del viernes en el FIB.
Noel Gallagher, la noche del viernes en el FIB.

Dicen que el pasado es un buen lugar para visitar, pero un mal sitio para quedarse a vivir en él. El circunloquio en el que la escena pop actual se encuentra atrapado con tal de desmentir la evidencia -que el eterno retorno sobre lo añejo sigue dictando nuestra agenda, quien sabe si ya sin enmienda posible- encuentra contadas objeciones en creadores que no quieren mirar atrás. Al menos, no más de lo necesario. El peso de su legado es considerable, y generalmente más lustroso que su actual hoja de servicios, pero su obstinación en defender su presente con uñas y dientes y no reparar en la herencia más de lo necesario les honra. Y tanto Noel Gallagher como The Prodigy, emblemas de los noventa con reciente producción en las cubetas de las tiendas (si es que quedan), mostraron anoche una encomiable intención por bascular entre pasado y presente de una forma sostenible. Ocurre que la vigencia de sus discursos es desigual, y tanto sus canciones como su defensa en escena han enfilado la senectud de distinta manera.

El excabecilla de Oasis, por su parte, apunta de forma cada vez más meridiana a las canas de Paul Weller (salvando todas las distancias) -uno de sus referentes- como salvoconducto para una madurez si no indispensable, sí plenamente consistente. Ofreció un concierto más que digno, apuntalado en la funcionarial solidez de su banda -The High Flying Birds- y una irreprochable solvencia interpretativa. Es consciente de que los nuevos retoños que brotan de su pentagrama no pueden brillar con el fulgor de los clásicos de Oasis, pero eso no le hace invocar el karaoke colectivo más de la cuenta (aunque prendió, y de qué forma, con Champagne Supernova y sobre todo con esa Don't Look Back In Anger final). Porque aunque el aperturismo formal (desarrollos ambientales, saxofón en primer plano) que imprimió a su último (y mejor) disco en solitario no se traduzca al escenario, lo cierto es que temas como The Mexican tampoco palidecen. Su estampa ahora mismo es la de un compositor más diligente que genial, que-no obstante-envejece con innegable aplomo. Y al fin y al cabo, su clásico ADN melódico no deja de formar parte del tuétano que siempre alimentó este festival.

Más espinoso es abordar si el dance rock de The Prodigy preserva alguna vigencia, más allá de esa misión revientapistas que tan funcional resulta en cualquier festival, ya de madrugada. Porque han emborronado tanto (y no solo por el grano con el que opacaron las proyecciones de su directo desde las pantallas) su ensalada de breakbeats inmisericordes que cuesta creer que una vez fueran vanguardia, el excitante lavado de cara del punk desde presupuestos rave. Como Gallagher, tampoco sestean más de lo necesario en su rabioso legado (Voodoo People, Smack My Bitch Up, Firestarter), pero expelen toda su metralla de una forma tan tosca que no queda más remedio que asumir que su propuesta ha encanecido francamente mal. Sí, una raverbena en toda regla. Divertida siempre que uno no repare en la fosilización de Liam Howlett y los suyos.

Por lo demás, la jornada fue mucho más concurrida que la del jueves, orbitando sobre los esperados 30.000 asistentes y certificando la viabilidad de los muchos espacios de ocio esponsorizados, como ese South Beach que simula la piscina de un hotel de Miami y revienta su aforo a partir de las tres de la mañana sin que una guitarra suene desde su cabina. No queda rastro de carpas indies al uso, al menos aquí (¿alguien habló de yugo hipster?). En el saldo estrictamente musical, alguna sorpresa, mimetismos reconfortantes en lo foráneo y valores de futuro en el apartado estatal. Entre los primeros, unos Moodoïd envueltos en purpurina y lentejuelas, que resultaron entrañables por lo aparentemente desubicado de su propuesta, una suerte de soundtrack porno chic que se alimenta de psicodelia, glam y rock progresivo, con resultados no siempre bien enfocados pero en todo momento interesantes. Muy, muy franceses, desde luego: por algo les capitanea Marc Padovani, guitarra de los estimulantes Melody's Echo Chamber. Menos singular es la apuesta de Public Acces T.V., que obliga a preguntarse si tal o cual de sus canciones suena más a The Strokes o a The Libertines. Lo suyo constituye un fresco tentempié, tan disfrutable y vitamínico como directamente olvidable una vez se ha digerido. Y en coordenadas similares andan también los británicos Palma Violets, más talluditos que ellos y convertidos ya en habituales de nuestros escenarios. Su actuación se puede resumir en los mismos cuatro puntos que cualquiera de sus anteriores visitas: buenas maneras, desparpajo, ese simpático sesgo crápula que se gastan y la acostumbrada incomparecencia de temas memorables.

En el nutrido apartado estatal, el folk pop expansivo (cómo cuesta no invocar el manido terreno de lo épico) de los murcianos Nunatak había abierto la programación de la tarde, enhebrado con buenas hechuras y rebosante de esos estribillos coreables que parecen ir buscando audiencias mucho mayores, en frecuencia que podría ser compartida con Izal o Vetusta Morla. Su set prácticamente se solapó con el del dúo gaditano Holögrama, que introduce el oyente por un sendero más oscuro pero también más gratificante a largo plazo, entre el kraut rock, la nueva psicodelia y los ecos de Suicide, asumidos con un trazo personal. Uno de sus miembros lució camiseta de Camarón de la Isla, haciendo patria chica. Elsa De Alfonso y Los Prestigio, por su parte, atraparon de forma muy intermitente la atención del personal, difícil de fidelizar tras esa aparente indolencia que en lo sonoro remite más a Extraperlo que a ninguna de sus bandas nodriza (Doble Pletina, Beach Beach). La Bien Querida mostró el irregular apuntalamiento del giro synth pop que operaron en su último álbum, y Polock lucieron más tarde el brillo sintético de su pop electrónico de tiralíneas, aunque solo fuera por los escasos minutos que pudimos degustar de su concierto.

La de esta noche se presume como la más concurrida del fin de semana, con las actuaciones de Los Planetas o Blur, sobre todo, ejerciendo de reclamos. A ver qué tal lucen las canas Damon Albarn y los suyos, más de una década después de su última visita.

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