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CRÍTICA | terminator génesis

Vodevil de acción cuántica

Alan Taylor, como buen realizador televisivo, renuncia a todo estilo personal, limitándose a cumplir con un relato

Emilia Clarke y Arnold Schwarzenegger, en el filme.
Emilia Clarke y Arnold Schwarzenegger, en el filme.

Una vieja camiseta y las ruinas del espacio que sirvió de escenario al clímax final de Parque Jurásico (1993) sintetizaban, en Jurassic World, la particular neurosis que define a ciertos blockbusters de última generación, condenados a encontrar una esquiva identidad entre la nostalgia generacional y la refundación seductora para atraer a nuevos incondicionales. En el fondo, la camiseta y las ruinas eran allí meros elementos decorativos para enmascarar que Jurassic World no era otra cosa que más de lo mismo con un nuevo envoltorio. Terminator Génesis tampoco consigue construirse una identidad poderosa y diferenciada, pero el modo en que ilustra su neurosis es bastante más interesante y proporciona abundante material para el análisis a todo aquel fan que quiera entretenerse catalogando todos los ecos y guiños que se concentran en su primer tramo para crear una cierta pauta de complicidad con el espectador en el resto del metraje.

TERMINATOR GENESIS

Dirección: Alan Taylor.

Intérpretes: Arnold Schwarzenegger, Emilia Clarke, Jason Clarke, J. K. Simmons, Jai Courtney, Matt Smith, Dayo Okeniyi, Byung-hun Lee, Courtney B. Vance.

Género: ciencia-ficción. Estados Unidos, 2015.

Duración: 126 minutos.

Tras el prólogo, Terminator Génesis se planta en una de las secuencias emblemáticas del fundacional Terminator (1984) de James Cameron para convertirla en el punto de partida de una bienvenida excentricidad: una suerte de vodevil de acción cuántica que anticipa que la nueva estructura narrativa va a estar puntuada por imágenes icónicas de las anteriores entregas, usadas casi en calidad de samplers, estímulos para el reconocimiento directo. Alan Taylor, fiel a su largo recorrido como realizador televisivo, renuncia a todo estilo personal, limitándose a cumplir con un relato que, a medida que avanza, parece acercarse más a la tecnofobia de Transcendence (2014) que a la feroz esencia apocalíptica del modelo Cameron.