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CRÍTICA | MAGIC MIKE XXL

Último hurra para el ‘stripper’

En esta secuela que dirige el habitual ayudante de dirección de Soderbergh, un secundario lanza al vuelo una idea: el stripper como sanador (espiritual).

Elisabeth Banks chequea los abdominales de Channing Tatum en el filme.
Elisabeth Banks chequea los abdominales de Channing Tatum en el filme.

Bajo su primera apariencia de producto funcional, modalidad carnaza, diseñado para vivir una espectacular despedida de soltera por delegación, Magic Mike (2012) se erigía, también, en singular contrapunto masculino de otra estimulante película de Steven Soderbergh: The Girlfriend Experience (2009). Ambas películas hablaban de la relación entre la economía y el deseo, pero mientras que la película protagonizada por Sasha Grey se formulaba interesantes preguntas sobre los clientes de la prostitución –descubriendo un heterogéneo y desolador repertorio de vacíos y soledades-, Magic Mike prefería relegar al público de los espectáculos de striptease masculino a la condición de mero (aunque bullicioso) telón de fondo de la historia principal. Y esa historia, que adoptaba el esquema de relato de iniciación con maestro y discípulo, no iba tanto de strippers como de emprendedores.

MAGIC MIKE XXL

Dirección: Gregory Jacobs.

Intérpretes: Channing Tatum, Jada Pinket Smith, Joe Manganiello, Kevin Nash, Gabriel Iglesias, Andie McDowell, Matt Bomer, Adam Rodríguez, Carrie Ann Hunt, Crystal Hunt, Juan Piedrahita.

Género: drama. Estados Unidos, 2015.

Duración: 115 minutos.

En Magic Mike XXL, la secuela que ahora dirige Gregory Jacobs, habitual ayudante de dirección de Soderbergh, un personaje secundario lanza al vuelo una idea que podría haber reparado las insuficiencias de su predecesora: el stripper como sanador (espiritual). Todo se queda en la simple enunciación porque aquí, de nuevo, las espectadoras son sólo masa gritona empuñando, y ciñendo en la goma de tanga ajeno, billetes de dólar. La ausencia del flamígero personaje que encarnó Matthew McConaughey –la mayor fuente de gran espectáculo en el primer Magic Mike- rebaja el poder de seducción de una secuela que, no obstante, sigue considerando sus secuencias de danza erótica como autónomos números de musical o de película de artes marciales: el momento en la que Channing Tatum ejecuta un baile a mayor honra de su poder fálico / perforador en la soledad de su taller es lo que, en la jerga de Broadway, se denominaría un showstopper. El dinero pierde peso en un discurso que prefiere amoldarse a otro patrón clásico: el de la reunificación de un viejo grupo de superhéroes, o de un grupo de rock, para una última misión / actuación triunfal. El resultado funciona para su público incondicional e incluye alguna nota extravagante –el momento de vogueing en el club gay-, pero rebaja el recuerdo del original y no ofrece otros alicientes fuera de programa.

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