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SILLÓN DE OREJAS

Vademécum de extranjerías

No abundan los críticos de literatura extranjera de cuyo trabajo guardo recuerdo memorable

El crítico literario Domingo Pérez Minik, en 1985.
El crítico literario Domingo Pérez Minik, en 1985.

No abundan los críticos de literatura extranjera (me refiero a los que ejercen en diarios, suplementos o en revistas no universitarias) de cuyo trabajo guardo recuerdo memorable. No es una disciplina fácil ni agradecida, y requiere un tipo de conocimiento que sólo se logra a partir de un apetito omnívoro y constante: nunca ha sido más cierto que aquí aquel axioma del viejo Leo Spitzer que solía repetir Blanco Aguinaga según el cual “leer es haber leído”. Quienes se dedican a criticar la literatura traducida tienen, aparentemente, menos condicionamientos a su libertad (es difícil que coincidan en un cóctel con un autor vengativo) o que su reseña provoque un terremoto en la publicación en la que aparece, pero necesitan conocer y, en cierto modo, explicitar un contexto (cultural) y un sistema de relaciones e influencias literarias menos necesario en la crítica que se hace sobre los libros escritos en la propia lengua. Deben también —aunque eso no es tan frecuente— valorar el trabajo del traductor, que (aunque a algunos editores les cueste asimilarlo) es el coautor del libro en la lengua de llegada, para lo cual no hace falta conocer perfectamente la lengua original, pero sí estar atento al resultado en la propia y presto a descubrir eventuales gazapos o incongruencias. Mi lista de grandes críticos españoles (me refiero sólo a los que he conocido personalmente) de literatura extranjera está presidido por el tinerfeño Domingo Pérez Minik (1903-1989), algunas de cuyas críticas, aparecidas en Ínsula, fueron recogidas en un libro que conservo como oro en paño: La novela extranjera en España, publicado por Taller de Ediciones en 1973. Recuerdo también las ponderadas, cultas y brillantísimas reseñas que publicaba Pere Gimferrer en la mejor época de Destino, el semanario catalán (en castellano) que tanto se leía en Madrid en los sesenta y setenta. A Robert Saladrigas y José María Guelbenzu sigo leyéndoles con provecho y recortando muchas de sus críticas en La Vanguardia o EL PAÍS. A ese pequeño elenco (ampliable, no pretendo ser exhaustivo) de mis críticos imprescindibles de literatura extranjera he añadido hace ya tiempo a Mercedes Monmany, cuyo interés, ya muy antiguo, por la literatura extranjera queda admirablemente plasmado en ese gigantesco vademécum de la narrativa europea (en sentido amplio) de los siglos XIX y XX que es Por las fronteras de Europa (Galaxia Gutenberg). Como afirma su amigo Claudio Magris en el prólogo, lo que mueve a Monmany como crítica es “el amor, un amor extraordinariamente generoso por los autores y obras que descubre y de los que se enamora”, y cuyo entusiasmo sabe transmitir al lector en textos que, más allá de su contenido concreto, suelen constituir, por sí mismos, notables piezas literarias. En este libro —que puede leerse u hojearse como guía de dos siglos de literatura europea—, Monmany se ocupa de más de tres centenares de autores extranjeros (mención especial merecen los dos extensos bloques dedicados a la literatura alemana y centroeuropea y balcánica) que, a lo largo de los últimos años, han sido traducidos al castellano; lo único que se echa de menos en esta edición es, precisamente, la fecha y el lugar de publicación de cada pieza, porque, como es lógico, la crítica Monmany también ha evolucionado y perfeccionado las herramientas de su oficio a lo largo de los años. Un libro de fondo de biblioteca.

Fiasquito

Lo cierto es que mi topo en las cercanías del Gremi d’Editors de Catalunya se merece un incentivo. A diferencia de otros talpidos más mesetarios y vagos, que últimamente no sueltan prenda, mi confidente catalán es el que me informa puntualmente de lo que se cuece en los rincones institucionales del sector. Respecto a Liber, por ejemplo. El domingo me llamó temprano para decirme que, después de peripecias dignas de un vodevil barato, Arabia Saudí se “había caído” como invitado de honor. Hace un par de meses les manifestaba desde esta misma página mi sorpresa ante la invitación a un país que no sólo no ostenta ningún papel relevante en el mercado internacional del libro, sino que, para colmo, está gobernado, desde su fundación en 1932, por una monarquía absoluta y teocrática, que nunca ha celebrado elecciones y en la que la sharía es la ley, la libertad de expresión sólo un sueño peligroso, y las libertades individuales y las conquistas democráticas pura filfa. Pero el asunto olía a petróleo, y supongo que los organizadores de Liber vieron en la solicitud de los saudíes una ocasión para intentar resarcirse de los catastróficos —si les parece duro el adjetivo, puedo sustituirlo por desastrosos— resultados de la última convocatoria. Bueno, pues ahora nos hemos quedado compuestos y sin novio invitado, algo, en todo caso, de lo que deberíamos alegrarnos por higiene democrática, pero que —ay— nos priva del probable espectáculo de ver manifestarse ante el pabellón wahabista a las aguerridas muchachas de Femen luciendo sus atributos pintarrajeados mientras miembros del colectivo LGBT, ataviados con los colores del arcobaleno, ofrecen a la concurrencia vino de Rueda y chorizos de Cantimpalos, que para los saudíes son lo mismo que los ajos para Drácula. Lo que no les dije entonces (¿pudor, cobardía, deseo de no ser mosca cojonera?) es que, antes de Arabia Saudí —que se comprometió a invertir unos 300.000 euros en la feria—, ya se había acordado que el país invitado de este año fuera Turquía, a la que una sustitución tan repentina y descortés le ha debido sentar como un tiro armenio en su trasero. Según me cuentan, los motivos de la recentísima “caída” de los saudíes tendrían que ver con discrepancias entre el embajador y su nuevo ministro de Cultura: en todo caso, y como si se tratara de un recuerdo inoportuno, en la página de la Federación de Gremios de Editores, todavía se mostraba la banderola que anuncia a Arabia como país invitado. Por lo demás, lo que es seguro es que la 33ª edición de Liber no arrojará pérdidas: a ello se ha comprometido Ifema, que es quien re-acoge este año el certamen, apoyado en un buen programa de actividades profesionales. Otra cosa es el programa Liberatura, que pretende extender las actividades culturales a librerías, bibliotecas y “espacios emblemáticos de Madrid” (¿incluirá la Puerta de Alcalá, mírala, mírala?); espero que la defección de los saudíes y el previsible descenso de ingresos no impida retribuir generosamente a la afortunada animadora cultural que, de nuevo, está al frente del programa cultural del Salón. Esperemos que este año se luzca más.