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La resurrección de Fleetwood Mac

La banda de los mil avatares apela al futuro con el regreso Christine McVie, en Isla de Wight

John McVie y Stevie Nicks de Fleetwood Mac en el concierto del Festival de la  Isla de Wight.
John McVie y Stevie Nicks de Fleetwood Mac en el concierto del Festival de la Isla de Wight. WireImage

Para plantarse en el Festival de la Isla de Wight hace falta coger un avión, un tren renqueante (y con posible transbordo), un ferry de precio desorbitado y un par de autobuses para, finalmente, caminar media hora hasta la entrada del recinto y un trecho embarrado hasta el escenario grande. Pero las piezas de este peregrinaje demencial quizás acaben encajando si al final del tercer día, mientras los fuegos artificiales chisporrotean en el cielo de Newport, escuchamos a la rediviva Christine McVie abordando como una chavalita Don’t stop, esa invitación a sostenerle la mirada al futuro y dar portazo a cuantas cosas ya no funcionan.

El futuro es un ideal que ya no parecía razonable en el devenir de Fleetwood Mac. En realidad, el mero hecho de que el quinteto siga subiéndose a un escenario no es solo un acontecimiento, sino un milagro. Demasiadas cosas les han sucedido a estos tres hombres y dos mujeres que la noche del domingo clausuraban el Festival, tantas como para admirarnos de hasta dónde puede llegar a veces el instinto de supervivencia en el ser humano. Algunos de sus antecesores no tuvieron tanta suerte. Peter Green, el primer jefe de filas, encalló en los ácidos y la esquizofrenia. Bob Welch, el hombre que capitaneó los años de transición, acabaría suicidándose en 2012. Pero los mismos cinco músicos que en 1975 acometieron su particular Álbum blanco y en 1977 se tiraron memorablemente los trastos a la cabeza con Rumours (el segundo disco más vendido de la historia, después de Thriller) han vuelto para acreditar su mítico equilibrio inestable, esa tensión entre el cariño incondicional y el desapego indisimulado que les garantiza un lugar de privilegio en la historia.

'Rumours', un éxito histórico

En 1977, Fleetwood Mac publicó Rumours , su obra más célebre: el álbum se mantuvo en el número uno en EE UU durante más de 30 semanas. Ha vendido más de 40 millones de ejemplares, lo que lo convierten en uno de los discos más exitosos de la historia de la música.

A finales de los setenta, la banda alcanzó su momento de mayor éxito. Su quinto y hasta ahora último disco con el quinteto que actuó en Wight fue Tango in the Night , de 1987.

“Somos una banda con numerosos altibajos, todos muy bien documentados, pero el regreso de Christine abre un nuevo capítulo prolífico en nuestra historia”, proclamó un eufórico Lindsey Buckingham ante una explanada que, entre la excitación y la elevada densidad por metro cuadrado, no podía sino contener el aliento. La mujer de sonrisa serena que aportó al grupo sus ambrosías instantáneas (¿existe algo más adictivo que ese “falling, falling, falling…” al final de Say you love me?) emerge de 16 años de retiro en la campiña, atenazada por un sobrevenido pánico a volar y repartiendo el tiempo entre el alcohol y la jardinería. Pero no es la única sobre las tablas que se ha encontrado con una prórroga vital. Su exmarido, el bajista John McVie (el mismo que en las peores noches etílicas llegó a amenazarla con un cuchillo en el cuello), superó un cáncer en 2014. Y Stevie Nicks, que confesó haber estado cerca de morir tras el consumo de un antidepresivo mal prescrito, vuelve a ser una pitonisa de belleza perturbadora que al final de Gold dust woman se marca un fascinante baile en círculos.

John aporta todavía una solidez rítmica a prueba de seísmos, pese al inaudito despiste con la tonalidad que el domingo se le escapó en el famoso solo de The chain. Pero quienes en mejor forma se conservan son los dos genuinos histriones de la formación. El batería Mick Fleetwood, ese que de joven utilizaba a veces como baqueta un aparatoso consolador, sigue siendo un absoluto metrónomo con brazada de cefalópodo, porque parece imposible llegar a tantos sitios con solo un par de extremidades superiores. Y Lindsey Buckingham se echa sobre sus espaldas los momentos de mayor visceralidad musical: el prodigioso arrebato de furia tribal en Tusk, esa endiablada maraña de arpegios sin púa para Big love, el cataclismo guitarrero como epílogo de I’m so afraid. A ratos incluso se estimula profiriendo gritos y dando saltitos, como un atleta olímpico de 65 años.

El futuro, pese a todos los avatares, aún es una posibilidad en la cronología de Fleetwood Mac. Y más desde que Christine y Lindsey se han puesto a trabajar en “prometedoras” nuevas canciones y planean dar forma a un último álbum, el primero de este quinteto desde Tango in the night (1987). Claro que Stevie es ahora la que no parece muy convencida de querer aportar sus composiciones. En Wight se vislumbró durante dos horas la resurrección de una banda inconmensurable, pero también las sombras de un inagotable historial de incertidumbres.