Los buenos modales
El escritor propone un recorrido cultural por las grandezas y miserias de la vida cotidiana en ‘Los grandes placeres’

Los buenos modales: bastan estas tres palabras para evocar a frágiles abuelas y artificiosas zalamerías. El enemigo más insidioso y letal de los buenos modales fue el 68, con su culto rousseauniano a una hipotética naturalidad. Los excesos de entonces, desde la simple mala educación hasta el abandono rayano en la violencia, han quedado atrás, pero ha permanecido la idea de que la persona auténtica, al contrario que la falsa, no debe esconder sus reales, y a menudo mezquinos, sentimientos.
La cortesía es un placer que se nos concede, sustrayéndose a la prisa artificiosa que nos empuja a atropellarnos los unos a los otros. Además, como decía Emerson, “los buenos modales requieren tiempo, y no hay nada más vulgar que la prisa”. La velocidad con la que nos precipitamos sobre un bufé para reaparecer con un plato rebosante de comida, es directamente proporcional a la vivacidad del ascenso social.
Para Baudelaire la cortesía es la mejor manera de mantener la distancia con los demás. Fitzgerald, de hecho, observaba que las personas elegantes eran amabilísimas con los extraños y deliberadamente bruscas con los íntimos. Por algo Proust insiste en la inefable amabilidad del duque de Guermantes, que trata a los conocidos con una cortesía que raya en lo servil.
También la timidez puede convertirse en una excusa para ser maleducados. En cualquier caso es el síntoma de una excesiva y, por ello, poco cortés concentración en sí mismo. Después de una cierta edad, amonestaban Frutteto y Lucentini, tiene tanto sentido afirmar: “Soy tímido”, como decir: “Soy suizo”. Lo mismo vale para la torpeza. La hospitalaria Gertrude Stein tuvo que renunciar a recibir a Ezra Pound: “No quiero volver a ver a Ez. Basta con que entre y se siente aquí durante media hora, para que cuando se vaya todo esté roto: la silla, la lámpara… Ez me cae bien, pero no puedo permitirme el lujo de tenerlo en casa, eso es todo”.

Es difícil establecer los límites entre la amabilidad y la pasividad. En el automóvil, la doncella de los Huxley ocupaba perentoriamente el sitio más cómodo, al lado del conductor, y nadie la detuvo nunca. ¿Indiferencia? ¿Bondad? En cualquier caso mejor pasarse de cortés que lo contrario. Al advertir que un sirviente estaba robando a escondidas una galleta, el Rey Sol, cuenta Saint-Simon, se precipitó sobre él incriminándolo. Otro caso de mal carácter, pero más elegante, es el de Somerset Maugham, quien, tras haber descubierto a un amigo robándole un por aquel entonces preciado aguacate, no se lo perdonó nunca, aunque tampoco se lo echó en cara.
La avaricia es enemiga de los buenos modales. El duque de Westminster, contaba asombrada Coco Chanel, salía a menudo sin sombrero para evitar tener que dejar propina a los guardarropas. La propina no debe avergonzar nunca a quien la recibe ya sea por su exigüidad o por su exceso. Claro que también existen los fuera de serie, como Proust, que una noche llegó a pedir al portero galoneado del Ritz un billete prestado para luego dejárselo de propina.
Aunque ceder el paso ya no es motivo de duelo, hay quien todavía, ignorando sexo, edad y oportunidad, se precipita hacia la salida tratando por todos los medios de adelantar a los demás. Todos sabemos que la magnífica Villa dei Tatti del esteta Harold Acton se ha convertido en una fundación para los estudios del Renacimiento, pero muy pocos recuerdan que nadie podía alardear de haber salido nunca antes que él de una estancia. Un día, Casanova le cedió el paso a un amigo que quería satisfacer sus necesidades; un momento después, el otro resultó aplastado por la caída de una chimenea. Ante lo cual Casanova concluyó: “Hay que dejar pasar a la gente y, sobre todo, ser educados”.
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