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“Dirigir es el trabajo más sencillo del mundo”

‘Ciudadano Kane’, ‘Otelo’, ‘La guerra de los mundos’... Welles inundó de obras maestras el cine, el teatro y la radio

Welles (a la izquierda), con Joseph Cotten, en una de las imágenes más conocidas del rodaje de 'Ciudadano Kane' (1941), una de sus grandes obras maestras.
Welles (a la izquierda), con Joseph Cotten, en una de las imágenes más conocidas del rodaje de 'Ciudadano Kane' (1941), una de sus grandes obras maestras.

El niño prodigio de Kenosha. Podría ser una definición, pero solo sería una pequeña muesca en la superficie de Orson Welles, de lo que significó para el cine y el teatro. Enorme en tamaño y talento, glotón en gustos gastronómicos e intelectuales, gruñón, manipulador, ególatra. Y ante todo, encantador. En permanente lucha contra los imponderables, rascando dinero de quien se cruzara en su camino —su carrera está llena de proyectos frustrados, como la adaptación de El corazón de las tinieblas, de Conrad, que afrontó antes de Ciudadano Kane—. “Soy un director del que se ha dicho mil veces ‘necesita que lo dominen’. Es el veredicto oficial de la industria. Mil veces me han preguntado: ¿Por qué no hace otra película como Ciudadano Kane? Mi respuesta es: ‘Quítenme las ataduras y lo intentaré”, escribió Welles en una de las ocasiones en que el filme fue elegido entre los mejores de la historia del cine. Fue un colosal narrador, en el arte y en la vida. Adornaba sus historias con miles de mentiras, siguiendo el consejo de El hombre que mató a Liberty Valance,de su admirado John Ford: “Imprime la leyenda”. Si hay algo más grande que la obra de Orson Welles es la vida de George Orson Welles.

Para Welles, el mundo fue su casa. Nacido en Kenosha (Wisconsin) el 6 de mayo de 1915, Welles quedó marcado por una infancia agridulce en una familia acomodada. Su madre, concertista de piano, falleció cuando tenía nueve años, y su padre murió ocho años más tarde, cuando Welles ya había ganado un concurso de teatro con una versión de Julio César, de Shakespeare, en la que encarnaba a Julio César y a Marco Antonio. Lógico: era Orson Welles, no había reto artístico que no pudiera afrontar. Para ganar dinero trabajó en varias compañías irlandesas; en sus viajes por Europa conoció un país en el que viviría largas temporadas: España. En Sevilla pasó un verano durante la II República y apoyó la causa democrática en la Guerra Civil. En 1937 fundó en Nueva York, junto a John Houseman —uno de las personas que más influyeron en los inicios de su vida artística— The Mercury Theatre, que rápidamente en su convirtió en una compañía de referencia. Tuvo tal impacto que al año CBS Radio la contrató y le cedió un espacio fijo. Así fue como el 30 de octubre de 1938 logró que a lo largo de Estados Unidos varios pueblos pequeños se creyeran que su versión de La guerra de los mundos, de H. G. Wells, era una auténtica invasión de fuerzas extraterrestres. Welles se enganchó a ese tirón publicitario y Hollywood le rindió pleitesía.

Comillas de un genio

- Actores: "Lo que hago es convencer a cada actor de que es mejor de lo que él pensaba"

- Televisión: "Satisface mi inclinación a contar historias a la manera de los narradores árabes en la plaza del mercado"

- John Ford: "Antes de rodar Ciudadano Kane vi 40 veces La diligencia "

- Autodefinición: "Me gusta la gente dispuesta a hacer el ridículo, puesto que yo soy miembro de esa fraternidad. Soy un cómico, aun cuando no muevo el rabo con demasiada frecuencia"

- Toros: "El verdadero acontecimiento en los toros es el ruedo mismo"

- Cervantes: "Su escepticismo es la postura del intelectual de su tiempo, pero bajo él hay un hombre que ama los caballeros tanto como Don Quijote. Ante todo, era un español"

- Moral: "La moral burguesa sentimental me asquea: prefiero el coraje a todas las demás virtudes"

A Welles siempre le gustaron más los ensayos, el proceso de creación, que las representaciones en el teatro. El cine era otra cosa, podía controlar mucho más la materia prima —“dirigir es el trabajo más sencillo del mundo”—, y retorcer lo rodado en la mesa de montaje: Welles era un prodigio que podía ver tomas filmadas al doble de velocidad y de dos en dos, para ir señalando qué quería y qué sobraba. Pero justo por ese talento se le hacía casi imposible acabar las películas: siempre quería seguir con ellas. No le gustaba actuar, lo hacía como trabajo alimenticio, y sí sentía cierto respeto por la magia.

Él mismo aseguró en múltiples ocasiones que no odiaba Hollywood —“Solo odio lo que hicieron con D. W. Griffith, el mejor”—... Por ejemplo, cuando acabó Sed de mal (1956), esperaba iniciar una larga relación con el estudio Universal, cosa que no ocurrió. Si vivió en Europa fue porque se le cruzó en su camino la posibilidad de dirigir e interpretar Cyrano de Bergerac (jamás se hizo) a finales de los años cuarenta, tras Ciudadano Kane, El cuarto mandamiento —la única película suya que Welles vio estrenada en una sala, para descubrir el desastre que había hecho el estudio RKO al remontarla—, El extraño y La dama de Shangái (rodada en pleno divorcio con su protagonista, Rita Hayworth). Lastimero, en el libro de conversaciones con Peter Bogdanovich asegura que pasó mucho más tiempo buscando dinero que haciendo cine.

Solo su inteligencia visual era capaz de ordenar mentalmente todo lo que rodaba durante años, a salto de mata, de, por ejemplo, Macbeth u Otelo. De sus propios trabajos amaba Sed de mal, que dirigió por elección de su protagonista, Charlton Heston, y Campanadas a medianoche, y creía que la mejor historia popular que había filmado, aunque luego se estrenara cercenada, era Mister Arkadin. Aunque puede que la que mejor le retrate, sea el falso documental Fraude, con esas ganas de sugerir y engañar. En el incendio de su casa en Madrid en 1970 se destruyeron gran cantidad de latas de películas que hubieran completado algunos de sus trabajos y materiales valiosos.

Greg Toland, Joseph Cotten, Bernard Herrmann, Dolores del Río, Francisco Reiguera, Akim Tamiroff, John Huston, Micheál MacLiammóir, Everett Sloane, Herman J. Mankiewicz… El trabajo de Welles está unido a un montón de creadores a los cuales siempre defendió. Y en contra de las leyendas urbanas, nunca se adjudicó el trabajo de otros.

“Orson Welles un gigante con rostro de niño, un árbol lleno de sombras y de pájaros"

Jean Cocteau

Orson Welles murió de un infarto de corazón delante de su máquina de escribir, en su casa de Hollywood (California), el 10 de octubre de 1985. Sus cenizas reposan en un pozo de la que era la finca de su amigo, el torero Antonio Ordóñez, en Ronda. Sin embargo, aún queda mucho por descubrir sobre su cine. El productor Frank Marshall tiene los derechos sobre el material que filmó entre 1970 y 1975, la película Al otro lado del viento —cuya idea original nació de una pelea a puñetazos entre Orson Welles y Ernest Hemingway en un estudio en 1937— , de la que el cineasta dejó a su muerte un premontaje de 45 minutos. Ese podría ser el siguiente regalo wellesiano… si un montador se atreve con las 1.000 bobinas guardadas en París.

Jean Cocteau escribió: “Orson Welles un gigante con rostro de niño, un árbol lleno de sombras y de pájaros, un perro que ha roto la correa y se ha ido a dormir a un macizo de flores. Es un vago activo, un sabio loco y un solitario rodeado de humanidad”. Él no se veía así, ni siquiera como un hombre complejo. Como le gritaba riendo a Bogdanovich: “No busques, Peter, yo no tengo rosebuds”.

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