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OPINIÓN

De granjero a sir historiador

De familia humilde, Raymond Carr parecía la quintaesencia de la aristocracia británica

Raymond Carr, en una imagen tomada en Madrid en 2001.
Raymond Carr, en una imagen tomada en Madrid en 2001. EL PAÍS

Durante los últimos 20 años de su vida, Raymond Carr, el historiador, hispanista y extravagante profesor oxoniense, se convirtió en sir Raymond Carr. El título le sentaba muy bien. Más allá del nombramiento honorífico con el que se reconocía su aportación a la cultura, parecía que siempre hubiera representado la quintaesencia de la aristocracia británica, con esa estilizada figura de largas piernas zancudas, su excentricidad, un toque de elegante desdén, y su afición a los clubs de caballeros y los viajes de aventura. Con su característico sentido del humor se definía a sí mismo como “granjero, historiador, asimilado por la nobleza”.

En nuestro país, era conocido y admirado por su obra seminal España 1808-1939 (1968); una obra que marcó una nueva manera de hacer y entender la historia de España en un momento en el que esta seguía amordazada por el franquismo. Para una generación de españoles, sedientos de “normalización” historiográfica, supuso un soplo de aire fresco y un nuevo estímulo. Para otras posteriores, una investigación referente llena de sugerencias y cuestiones abiertas que alentaban la reflexión y que, en sus ampliaciones, aún conserva actualidad y una calidad inalterable.

En Inglaterra, se le citaba en las enciclopedias y círculos académicos como “reputado hispanista”, gracias a cuya influencia los estudios hispánicos se habían extendido a diversas universidades británicas. Pero, a diferencia de la popularidad derivada de su faceta de historiador que gozaba en nuestro país, su fama en Gran Bretaña era notablemente menor, pero más enriquecida con otras coloraturas. Perteneció a un reservado (y enigmático) “Club” de la élite oxoniense. Se le mencionaba como uno de los últimos miembros de una “generación legendaria” de Oxford en la que se incluía a sus amigos Isaiah Berlin, Hugh Trevor-Roper, Anthony Quinton o Alfred J. Ayer... Fue el warden del college más internacional de Oxford. También se le conocía como un brillante articulista, bon vivant y extravagante.

Raymond Carr nació en 1919 en Bath, al suroeste de Inglaterra. Su familia era de procedencia humilde y su infancia se desarrolló en un ambiente profundamente rural. Un entorno de simplicidad pintoresca y engañosamente idílica marcado por la pobreza cotidiana. Amparado por su inteligencia y el recurso de su encanto, se convirtió en emigrante social y transeúnte de un fascinante universo en decadencia. Fue pasajero fortuito del último vagón de primera clase —que en puridad no le correspondía— de un tren que se alejaba cada vez más rápido de una atmósfera plácida y dorada. Como estudiante y de la mano de su amigo Simon Asquith, nieto del primer ministro liberal, vivió los últimos años de un Oxford lleno de magia y mystique que desapareció tras la guerra, aunque rebrotara de manera recurrente en las secuelas imitativas de los admiradores del ambiente Brideshead, y de los clubs exclusivos. Saboreó, de prestado (gate crashing), los últimos destellos de esplendor de una aristocracia de bailes de debutantes y salones. En el Londres de la guerra y la postguerra, con su saxo tenor y su sempiterna simpatía, el profesor de public school y privilegiado fellow de All Souls, alternó con la alta bohemia que se reunía en el Gargoyle Club del Soho, donde se mezclaban glamurosos espías de Cambridge, actores, aristócratas que bailaban su primer rock descalzos, playboys, intelectuales “continentales” y algún que otro filósofo de Oxford.

Paralelamente, y desde sus años de estudiante, realizaba apasionados viajes de exploración historiográfica. De sus escarceos con la historia medieval británica saltó a la historia económica de Suecia, escribió una (inédita) biografía del rey Gustavo Adolfo y le tentó la historia de Sicilia. Se estableció sólidamente con la historia de España y se atrevió con la latinoamericana en los años de la guerra fría. Aunque el libro que más le divirtió escribir fue un peculiar estudio social sobre la caza del zorro en Inglaterra.

Como buen liberal, siempre sostuvo la importancia del azar, el “accidente” como elemento de peso en la historia. Su propia trayectoria como historiador, decía, estaba perfilada por esos “accidentes”. Había sido su encuentro romántico con una joven sueca en Alemania en 1938 el que le llevó a investigar y escribir sobre Suecia. De hecho, estaba trabajando en ese país apenas dos meses antes de casarse y cuando todavía barajaban él y su futura esposa, Sara Strickland, dónde ir de viaje de novios… Sicilia, Venecia o ¿quizás España?… bajo una dictadura resultaba poco apetecible. Para animarles, unos amigos de la aristocrática familia de la novia les ofrecieron su mansión en Torremolinos. Pero además Pitt Rivers, el antropólogo estudioso de Grazalema, terminó de convencer a Raymond con sus conversaciones y una recomendación: el libro de Gerald Brenan, El laberinto español. “La historia de España es lo más apasionante que he leído en años”, escribía entusiasmado Carr. “Cuando vayamos allí pasaré tiempo intentando contactar con gente del viejo partido anarquista”. No hizo nada de eso. Tampoco se enamoró de España en el sentido de los viajeros románticos. El país simplemente le fascinó como enigma histórico. ¿Cómo era posible que ese impresionante imperio al que los ingleses temían y odiaban (como le habían enseñado de niño en la escuela) hubiera llegado a tal situación de pobreza y degeneración política, económica y cultural?

Esa cuestión clave aguijoneando su curiosidad, el impacto vivo de las estimulantes y contradictorias imágenes de su larga visita a nuestro país y una “oportuna” negativa de Gerald Brenan para escribir un volumen sobre historia de España de Oxford University Press, llevó a Carr a postularse entusiasmado para hacerlo. Así nació el hispanista.

Pero el “hispanista”, que se resistía a ser calificado como tal "porque eso implica una identificación emocional con el alma de España" que él no sentía, transitó otros universos intelectuales y vitales. Frecuentó a algunos de los más importantes pensadores de su época. Vivió tiempos difíciles como el warden de un college creado en los años de la Guerra Fría y vinculado a las áreas de estudio internacionales más conflictivas (Rusia, Oriente Medio, América latina, China…). Además, creó el Iberian Centre, donde se formó una brillante generación de historiadores españoles. Viajó por todo el mundo, recorriendo con igual fruición metrópolis, y ruinas, selvas y manglares. Paseó con idéntica naturalidad por la Corte, la Academia Británica y los clubs de St James y Pall Mall. Cabalgó a la caza del zorro, intrépido y temerario, “como los indios” —decían— “abrazado al cuello de su caballo”.

Con su extrema vitalidad se resistía a envejecer igual que se resistía a dejar de aprender y descubrir. Aún conservaba a muchos de sus ex alumnos como amigos. Todos ellos, y aquellos con los que debatía alguna cuestión intelectual, admiraban su mente activa y original: “nunca dejaba un tema como lo había encontrado tenía el arte de ser serio sin ni siquiera ser solemne”. También tenía mucho de provocador, iconoclasta y contradictorio: “¡Soy un ateo comprometido, por el amor de Dios!” Raymond Carr era todo un carácter.

María Jesús González es historiadora y biógrafa de Raymond Carr.