Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Ángela de la Cruz: “Despegué rompiendo el marco”

La artista repasa una vida marcada por la lucha por el arte y la salud. Tras ser reconocida en la esfera internacional, expone una retrospectiva en Galicia

La artista española Ángela de la Cruz, en 2011, el año en que fue finalista en el Premio Turner. Ampliar foto
La artista española Ángela de la Cruz, en 2011, el año en que fue finalista en el Premio Turner.

Hay tres momentos esenciales para comprender la vida y la obra de Ángela de la Cruz (A Coruña, 1965), una de las artistas españolas vivas más reconocidas internacionalmente, a la que la Fundación Seoane en A Coruña dedica una retrospectiva hasta el 18 de mayo. Tres acontecimientos, separados cada uno por 10 años, que constituyen una curiosa escala descendente en el grado de intervención de la artista en su propia suerte: el primero fue voluntario, el segundo fue inconsciente y, el último, totalmente fortuito.

El primero es el día de 1987 en que, siguiendo la llamada del after punk, decide viajar a Londres, ciudad en la que aún hoy reside. Aquí encontró el amor la misma semana en que llegó y aquí ha desarrollado toda su carrera artística. El segundo, en 1996, es el día en que, atascada en su proceso creativo y afectada por la muerte de su padre, algo la llevó a destrozar el lienzo que tenía ante sí. Aquel impulso, que aún hoy no se explica del todo de dónde surgió, le proporcionó “un camino propio”, explica, por el que ha discurrido como artista desde entonces.

Y el tercer momento llegó, en 2006, en forma de un violento derrame cerebral. Fue el día después de ver en una ecografía el embrión de dos meses de la que sería su única hija. Sufrió un ataque que la llevó al coma y le hizo pasar los siguientes dos años postrada en una cama de hospital. Después de una dura rehabilitación, está en una silla de ruedas y con serias dificultades para expresarse con la voz. Pero con la cabeza intacta para seguir desplegando su sentido del humor y para seguir ahondando, con más sosiego y ayudada por un equipo de asistentes, en un lenguaje artístico personalísimo.

Su cuerpo, su motricidad alterada, su dramática transformación. La propia artista está en cada una de sus obras, por difícil que resulte detectarla a simple vista. Está en las huellas paralelas de sus ruedas que atraviesan un lienzo cubierto de pintura fresca. En las cajas de aluminio abolladas, llamadas Compressed, cuya estatura original era la de la artista en pie, pero que han sido aplastadas por una fuerza desconocida hasta dejarlas a la altura que ahora alcanza sentada en su silla. Está la intimidad, lo que protege, en los Rolls, lienzos enrollados que ocultan lo que debiera exhibirse. Está el desafío a sus límites en esos Tight, telas colocadas en marcos sobredimensionados, que se estiran con un sistema de palancas intentando abarcar todo el espacio que deja el bastidor. Hasta sus fracasos están: cuando un lienzo no ha alcanzado el resultado que la artista tenía en su cabeza, se arruga, y la bola de lienzo se convierte también en obra de arte.

Sufrió un ataque que la llevó al coma y le hizo pasar los siguientes dos años postrada en una cama de hospital

Ángela de la Cruz se encuentra en la planta baja de su estudio en el oeste de Londres. De las paredes cuelgan algunas piezas para una próxima exposición. Frente a ella, un potente ordenador con todas sus ideas y archivos de imágenes. A su lado, Ana, su inseparable asistente, que se ofrece a ejercer también de intérprete de su voz quebrada.

“Llego al estudio cada día hacia la una y me quedo hasta las cuatro y media”, explica De la Cruz. “Ahora soy muy disciplinada. Trabajo en casa por las mañanas y luego aquí. Cuando llego tengo ya claro lo que quiero hacer. Me he convertido, de alguna manera, en una directora de cine”.

Lleva ya más tiempo en Londres del que pasó en España. Sigue la actualidad del país, asegura, y le da “mucha pena” lo que ve. “Aquí vas a los hospitales y todos los enfermeros son españoles”, cuenta. “En España está todo el mundo cagado”.

'Tigh' (Yellow) ampliar foto
'Tigh' (Yellow)

Le resulta emocionante, dice, esta exposición en A Coruña, la ciudad donde nació y vivió su niñez. “Me costó mucho decidirme”, asegura. “Lo he hecho por motivos sentimentales”.

Segunda de los cinco hijos de un podólogo y una economista, De la Cruz recuerda su niñez en Galicia como una sucesión de castigos. “Debía de ser un coñazo de niña”, admite. Aunque ya se sentía atraída por la pintura, acabó estudiando Filosofía en Santiago “porque los chicos más guapos estaban allí”. “Aparte de la frivolidad”, admite entre risas, “sentía curiosidad por la filosofía. Aunque a mí lo que me gustaba era salir”.

Así que en cuanto pudo se vino a Londres. Fue en 1987. “A mí me encantaba la música”, recuerda. “New Order, Cabaret Voltaire… Vine para ir a conciertos. Y para ver y vivir. Empecé de au pair en una familia india en el este de la ciudad. Y la primera semana conocí a mi novio, con quien sigo 27 años después”.

Su pareja, uno de los pilares de su vida, le ayudó a subsistir mientras ella enlazaba un trabajo precario con otro para financiarse los estudios de arte en aquellos últimos años del thatcherismo. “Trabajé, por supuesto, de camarera”, recuerda. “También contando vasos en un almacén mexicano. De planchadora, aunque me echaron en una semana. De limpiadora en un hospital, donde duré un mes. Y hasta vendiendo biblias en una librería de artículos religiosos, ¡yo, con lo poco religiosa que soy!”.

Un día rompió aquel marco y su carrera como artista empezó a despegar. Venció su atasco creativo con aquel gesto, doblegando al fin esa “figura autoritaria”. “Comprendí que el marco era un objeto opresor”, explica. “Era como una espina dorsal rígida, y cuando la rompí fue toda una liberación”. Encontró su lenguaje. Un lenguaje fascinante que no es ni pintura ni escultura, o es las dos cosas a la vez.

Su cuerpo, su motricidad alterada, su dramática transformación. La propia artista está en cada una de sus obras, por difícil que resulte detectarla a simple vista

Entonces llegó el gran derrame. Vino precedido de un aviso en el verano de 2006. Un intenso dolor de cabeza la sorprendió de vacaciones en Cataluña, en plena calle. Le diagnosticaron un cavernoma. Aquella vez no pasó de un susto. “Volví a casa como si nada”, recuerda. Tres meses después, mientras trabajaba en su estudio londinense para una exposición que iba a hacer en Lisboa, vino otra vez aquel dolor de cabeza “bestial”. Su asistente la llevó al hospital, donde la ingresaron inmediatamente en la UCI. “Pasé dos años en el hospital”, explica. Aunque algunos médicos la recomendaron que no siguiera adelante con su embarazo, porque ponía en riesgo su propia recuperación, ella decidió seguir. Con una traqueotomía, alimentada por una sonda, sin poder mover un músculo del cuerpo, allí dio a luz a su hija hace ocho años. Su obra más querida, y la única que creó hasta finales de la década pasada.

De la Cruz ha descubierto otros placeres en la vida y otras fuentes de inspiración. “Antes no tenía tiempo para leer”, admite, “y ahora me paso el día leyendo. Comprendí que, si quería sobrevivir, tenía que hacer algo”.

Su regreso al mundo del arte fue sonado. La primera exposición que hizo —After, en el Camden Arts Centre londinense— le valió la nominación al Premio Turner, quizá el más importante de las artes británicas. Un auténtico circo, recuerda: “Yo lo que quería era que me dejaran trabajar. Pero todos los días tenía entrevistas. Ahora me conoce más gente, y eso supongo que es bueno. Pero no deja de ser un poco institucional”.

Arriba, en la planta superior de su estudio, Vasili y Luke, dos de los asistentes de la artista, aplican capas de pintura —española, “ella solo utiliza la marca Mir”— a uno de sus cubos de aluminio. “Lo hacemos con pincel”, explican, “para que sean piezas únicas, pinturas, no como las obras de Koons o Kapoor”. Vasili y Luke son jóvenes artistas también, y fue la admiración por De la Cruz la que les llevó a trabajar en su estudio. Ahora su relación con su obra es extremadamente intensa: pasan semanas con cada pieza. “En una exposición ves cada obra en un minuto”, explica Vasili. “Pero si convives tanto tiempo con ella, la pieza llega a penetrar en tu mente”.

“Ángela hace obras que físicamente son lo que son”, continúa Vasili. “No solo lo parecen, no son una ilusión. Hay una verdad en su trabajo. Todas sus obras son tratadas como personas. Son personas en realidad. Tienen personalidad, da un valor antropomórfico a estos materiales inertes. Su vida está en cada una de estas obras”. Ahora esa vida, con la exposición titulada Escombros y comisariada por Carolina Grau, vuelve a su punto de partida. A Galicia, el lugar donde empezó la vida de Ángela de la Cruz, antes de los tres momentos que la definieron.

Ángela de la Cruz. Escombros. Fundación Luis Seoane. San Francisco, 27. A Coruña. Hasta el 24 de mayo.