Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
APOSTILLAS A UNA NOTICIA

Umbral, entre la sombra y el vacío

La biógrafa de Francisco Umbral, reflexiona sobre el artículo en el que se identificaba a Alejandro Urrutia como el padre del escritor

Francisco Umbral, retratado en su casa de Madrid en 1996.
Francisco Umbral, retratado en su casa de Madrid en 1996.

La noticia publicada por este periódico el sábado 21 firmada por Manuel Jabois, sin sorprenderme del todo, me hizo revisar de inmediato mis diarios de trabajo escritos mientras elaboraba la biografía de Francisco Umbral, entre 1998 y 2003. La verdad es que fue un libro que me aportó pocas satisfacciones. ¿Era necesario que Umbral, el Empecinado, se obstinara en negar hechos tan elementales como los de su verdadero nombre o la ciudad en que nació? ¿Fue necesario que me considerara una adversaria terrible porque quería esclarecer una historia que él mantenía oculta pese a todas las contradicciones en que incurría?

Es cierto que la historia de la biografía está empedrada de conflictos que impiden a menudo la buena relación entre biógrafo y biografiado, pese a lo cual la biografía ha conseguido hacer su camino y no dejarse intimidar. A veces se nos quiere hacer creer que el escritor obra como un médium inspirado por ideas y pensamientos que no proceden de él, sino de mundos ajenos a su vida y que le arrebatan.

En consecuencia todo debe sonar a sagrado a su alrededor. Umbral exigía que se actuara ante su obra como si la realidad no existiera: solo se le podía ver a él, una estrella solitaria. Sin embargo, su escritura es una inmensa confesión. Leído un libro tras otro se percibe un deseo de descarga de las claves íntimas de su ser que perturba al lector, lo taladra y lo conmueve. Yo quise saber de dónde procedía todo eso, pero fue un recorrido doloroso porque topó con la necesidad de protegerse que sentía el escritor.

Todos necesitamos nuestras tergiversaciones, nuestros sentimentalismos, silencios, mentiras. Todos necesitamos privacidad, y sin ella la creación no es posible. Mi pregunta es: ¿puede haber un secreto creativo que acabe alzándose como una prohibición absoluta y explícita de acceder a él? Porque si así lo aceptamos, si solo contamos con las tergiversaciones, los silencios y las mentiras para conocer la vida de alguien nos engañaremos, generando un conocimiento capcioso de la realidad. Ahora, diez años después de publicarse El frío de una vida, me alegro de que mi biografía haya podido ser útil. Probablemente de no existir, el poeta Leopoldo de Luis se hubiera llevado el secreto de su parentesco a la tumba.

Reviso mis notas. Fue Timoteo Herrero, cronista local de Laguna de Duero, quien me advirtió en julio de 2001, cuando fui a entrevistarle. Copio de mis notas: “Según T.H. el padre de Umbral es el mismo que el de Leopoldo de Luis que, de ser cierto, sería su hermanastro”. Pero yo no le di crédito a lo que me decía don Timoteo. Me pareció una idea peregrina porque venía envuelta en una explicación que no se correspondía con mis datos. Unos meses después entrevisté en Madrid a Leopoldo de Luis. Me citó en su piso de la calle Pamplona. Recuerdo a un anciano de 85 años, de trato bondadoso, muy interesado en mi biografía de Umbral. Hablamos mucho de escritores, defendió al poeta José García Nieto, el protector de Umbral cuando éste llegó a Madrid contratándole como redactor de la revista Mundo Hispánico. Hay que decir que el franquismo se prestó a subvencionar revistas de poesía porque daban menos trabajo a la censura que la prosa. Leopoldo de Luis me habló de su padre, Alejandro Urrutia, amigo de Francisco de Cossío y colaborador esporádico de El Norte de Castilla y me habló de Umbral y de cuánto le admiraba a pesar de su “ferocidad”. Me mostró, satisfecho, una nota de agradecimiento del escritor cuando le hizo una reseña elogiosa de sus Crónicas antiparlamentarias.

Creo que fue la entrevista más larga y generosa de cuantas hice y salí tardísimo de su casa. Pero me siguió pareciendo descabellada la idea de que ambos hombres estuvieran emparentados y la desestimé definitivamente. Ahora comprendo que Leopoldo de Luis estaba tan interesado en mis pesquisas como yo en las suyas. Para mí faltaba un dato esencial, saber que Ana María Pérez Martínez —la madre del escritor— fue secretaria de Alejandro Urrutia en Valladolid, antes de entrar a trabajar a las órdenes de Antonio García Quintana, alcalde socialista de Valladolid en 1936 y, en mi opinión de entonces, la persona que tenía más posibilidades de haber mantenido una relación con ella. No se me permitió consultar el expediente administrativo de la madre de Umbral en el Ayuntamiento de Valladolid, de modo que no podía ir más allá de las conjeturas.

Lo que quiero decir es que no necesitaba hacerlas, pues tenía la verdad frente a mí, pero no supe verla. ¿Y cuál es su importancia? En efecto, muchos hijos crecen sin padre y no pasa nada. La cuestión en su caso es que creció sin saber quién era él y ese déficit de identidad le marcaría. Para superarlo, Umbral construyó un imaginario masculino inspirador y estimulante. ¿De dónde procedía ese imaginario? Yo pensé que de modelos literarios, pero no. Procedía de su padre, Alejandro Urrutia, una imagen interiorizada hecha de dandismo, literatura e ideas socialistas que le ayudó a vivir. Fue una sombra donde creí que había un vacío.

Anna Caballé, profesora de Literatura especializada en estudios biográficos, es autora de Francisco Umbral, el frío de una vida (Espasa).

Más información