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ESPECIAL ARCO / OPINIÓN

El arte moderno como montaje comercial

Marchantes y artistas recurren a hábiles operaciones de relaciones públicas para conferir valor a la obra

'Fuente', de Marcel Duchamp, durante su exposición en el MNAC de Barcelona en 2008.
'Fuente', de Marcel Duchamp, durante su exposición en el MNAC de Barcelona en 2008.

Dado que, a partir de las vanguardias, los creadores, los teóricos y los marchandsse dedicaron a destruir los criterios estéticos, en 1920 ya no se sabía —merced a la inestimable colaboración confusionista de Marcel Duchamp— qué era una obra de arte. Si no hay criterios, todo vale, y la obra de arte solo se calibra por su precio en el mercado, nada que ver con los criterios neoclásicos de Winkelmann, con los románticos de la emoción, ni siquiera con el estructuralismo, la semántica o la deconstrucción: solo el dinero y las relaciones públicas.

Cuando no hay criterios es imposible decidir qué es y qué no es arte, basándose en la obra en sí. Por eso son los marchands y los propios artistas quienes confieren valor a las obras por medio de campañas publicitarias, técnicas de relaciones públicas u operaciones comerciales de subasta y recompra: si se expone en la galería X, el crítico Y dice que aquello es arte y el millonario Z lo compra a un alto precio, lo presentado es arte, aunque sea un urinario vuelto del revés.

Los tres criterios que he enunciado para convertir cualquier cosa en obra de arte, galería, crítico y dinero, no tienen nada que ver con las propiedades esenciales del objeto, solo con hábiles movimientos de relaciones públicas.

'Por el amor de Dios', de Damien Hirst, una calavera de platino con 8. 601 diamantes incrustados. ampliar foto
'Por el amor de Dios', de Damien Hirst, una calavera de platino con 8. 601 diamantes incrustados. reuters

El taimado Damien Hirst reconoció con toda candidez que su maestro no es el macabro doctor Moreau, que intenta hacer arte orgánico con los cromosomas, sino el magnate de las relaciones públicas Saatchi. En vez de criterios estéticos, lo que hay es un entramado de galeristas, exposiciones y museos por medio del cual se otorgan prestigios, se sostienen famas, se fomentan carreras y se alzan precios, sea lo que sea lo que se vende: tanto da un urinario al revés, que una tela en blanco, que una vaca en formol.

Por fortuna, todo esto no quiere decir que el arte se haya terminado o que no nazcan artistas, quiere decir que las siete artes tradicionales han agotado sus ciclos creativos y será necesario que surjan el octavo, noveno o décimo, cada uno basado en un soporte material nuevo, como la cinta fotográfica lo fue para el cine. Incluso el cine, que fue el arte del siglo XX, está en el periodo manierista de su ciclo: Spielberg es Veronese, no Rafael.

Las artes nuevas surgirán de soportes desarrollados con la tecnología atómica, genética, bioquímica, digital y espacial. El pincel podría ser un haz de electrones, neutrones o rayos gamma. La escultura se podría basar inquietantemente en ingeniería genética por manipulación de códigos de proteínas. El ordenador se podrá conectar directamente al cerebro para inculcarle un curso universitario o pasar la noche con Marilyn Monroe de puertas adentro; las puertas de la percepción a que se refería Huxley.

Los instrumentos artísticos los dará la ciencia, los temas que profundamente interesan a la sociedad en cada época los intuirá y expresará el arte. Ha terminado el ciclo de unos, pero aparecerán otros nuevos. Acaso poner color sobre tela se convierte en venerable artesanía, como escribir novelas, filmar películas o cincelar estatuas, pero nuevas formas de arte surgirán por cada una que agote su ciclo. La ciencia proporcionará los nuevos medios e instrumentos, el artista se hará científico y el científico artista, para realizar el sueño de Leonardo: competir con la naturaleza en la creación de obras excelsas.

Luis Racionero acaba de publicar Los tiburones del arte (Stella Maris).

 

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