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El desierto de las ideologías

Película concisa y de narración elíptica y escueta

Carlos Reichenbach, en 'Avanti popolo'.
Carlos Reichenbach, en 'Avanti popolo'.

Según desvela un rótulo previo a los créditos finales, este primer largometraje del brasileño de origen israelí Michael Wahrmann comparte título con una película israelí de 1986, dirigida por Rafi Bukai, en la que el himno socialista Bandiera Rossa tenía, como aquí, decisivo papel simbólico y palpable función narrativa. En la obra de Bukai entonaban el himno un soldado judío y otro egipcio en medio del desierto, antes de un trágico desenlace. En la ópera prima de Wahrmann, Bandiera Rossa está atrapada en un disco rayado, hasta que la voz de un locutor de radio decide revivirla a cappella,frente el micro, como una resistencia en medio del desierto, de otro desierto: el de la intemperie contemporánea y la desideologización.

AVANTI POPOLO

Dirección: Michael Wahrmann.

Intérpretes: Carlos Reichenbach, André Gatti, Eduardo Valente. Marcos Bertoni, Paulo Rigazzi.

Género: drama. Brasil, 2012.

Duración: 72 minutos.

Avanti Popolo es una película concisa y, a primera vista, de narración elíptica y escueta, pero, antes de que aparezca ese rótulo final, el espectador ya tiene claro que ha estado ante una miniatura cargada de ecos, capas referenciales y significados dispuestos a ser liberados. La película no marca, ni privilegia, una clave de interpretación y, así, todo puede contemplarse, al mismo tiempo, como el réquiem por una utopía perdida y como el llamamiento a reactivar un presente moribundo y adormecido. No es poco importante que el coprotagonista, en la piel del padre que gasta sus horas jugando con su perro en el porche de su casa destartalada, esté encarnado por Carlos Reichenbach, mítico director brasileño que falleció poco después de terminado este rodaje.

Tras un prólogo nocturno a los sones de una radio que rescata viejas canciones revolucionarias, la película se centra en el melancólico y silencioso reencuentro entre un padre y un hijo. Entre ambos hay una ausencia: la del hijo y hermano mayor, que viajó a Rusia para estudiar en tiempos de la dictadura militar y ya no volvió.

Las figuras secundarias de un taxista, que colecciona himnos nacionales, y de un amigo iluminado, que inventa el concepto de cine solitario con materiales reciclados, puntúan con humor el incisivo discurso de este trabajo capaz de formular preguntas incómodas sobre el destino de las ideologías.