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De Cuenca al campo, veinte años después

Raúl Arévalo, en 'Las ovejas nunca pierden el tren'. Ampliar foto
Raúl Arévalo, en 'Las ovejas nunca pierden el tren'.

Veinte años después, Álvaro Fernández Armero podría estar de vuelta. Etiquetado como lo que los británicos llaman en materia musical one-hit wonder (grupo o cantante de éxito de corto alcance, conocido sólo por una gran canción o álbum), el director de Todo es mentira, aquella fresquísima ópera prima que llegó a concursar en San Sebastián y que marcó a ciertos veinteañeros con un mensaje tan espontáneo y complejo como cómico y cotidiano (irse a vivir a Cuenca como símbolo de mandarlo todo a tomar por culo), parece haber encontrado de nuevo el tono. O, al menos, acercarse a aquél y a sus personajes, pero con dos décadas más. Las ovejas no pierden el tren recupera algunos de sus mejores diálogos y situaciones y, a pesar de ligeras caídas y de que se ve con tanta facilidad como con toda probabilidad se olvide, estamos ante su mejor trabajo tras un largo periodo de resbalones y, después, silencio.

LAS OVEJAS NO PIERDEN EL TREN

Dirección: Álvaro Fernández Armero.

Intérpretes: Raúl Arévalo, Inma Cuesta, Alberto San Juan, Candela Peña.

Género: comedia. España, 2014.

Duración: 105 minutos.

Aun a riesgo de aventurarse demasiado, no es difícil ver al propio Armero en uno de sus protagonistas, escritor y periodista en crisis creativa que, siendo veinteañero, publicó una única novela de éxito. Junto a él, en torno a la cuarentena de edad, un estupendo reparto coral que se debate entre los niños y la pareja, la ausencia de niños y de pareja, encontrar su lugar en el mundo de los adultos o rememorar la energía juvenil.

El director sabe de lo que habla, lo expone con gracia y algún toque nostálgico (Por las noches, de Los Ronaldos, como paradigma de aquellos tiempos). Si Armero ha dejado de ser un one-hit wonder ya no depende de él ni de la crítica, sino de ustedes.

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