CRÍTICA | OLIVIA Y EUGENIO
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Tú me devuelves la vida

Obra de teatro 'Olivia y Eugenio', con Concha Velasco y Rodrigo Raimondi, en el Teatro Bellas Artes de Madrid.
Obra de teatro 'Olivia y Eugenio', con Concha Velasco y Rodrigo Raimondi, en el Teatro Bellas Artes de Madrid. Javier Naval

Un tema delicado, enfocado desde un ángulo amable. En Olivia y Eugenio, Herbert Morote, autor peruano afincado en Madrid, nos habla del síndrome de Down, de la situación de dependencia de los niños que lo padecen y de la abnegación de sus padres. Olivia, su protagonista, directora de una galería de arte próspera, al verse en una encrucijada cuyas coordenadas es mejor no revelar, pasa revista a la relación feliz que mantiene con su hijo Eugenio y a las decisiones que ha ido tomando desde que lo alumbró, durante un soliloquio en el que el autor vierte sus ideas y su experiencia como progenitor de un niño con dicho síndrome.

Olivia y Eugenio

Autor: Herbert Morote. Intérpretes: Concha Velasco, Rodrigo Raimondi y Hugo Aritmendiz. Música: Mariano Díaz. Dirección: José Carlos Plaza. Madrid. Teatro Bellas Artes, hasta el 25 de enero.

La función interesa porque pone en zona de luz a un grupo social orillado (a muchos discapacitados intelectuales los encerraban de por vida sus familias en un cuarto hasta fechas recientes, y aún siguen apareciendo casos), por el conocimiento de causa con el que Morote habla, por la interpretación de Concha Velasco, que encuentra aquí, por fin, un papel a su medida, y por lo acertado de la idea de que a Eugenio lo encarne un joven con síndrome de Down (Hugo Aritmendiz y Rodrigo Raimondi, que se van alternando) lo cual le imprime una autenticidad fronteriza con el teatro documento.

Lo que se dilucida en Olivia y Eugenio es si ante una situación extrema sobrevenida, en la que parece que no queda más remedio que tirar la toalla, cabe la lucha con posibilidades de éxito. La Velasco está transparente, cálida y resoluta en el papel de mujer madura autosuficiente, volcada en su trabajo y en su hijo, pero falta de amor y capaz de llevar a término la decisión más dolorosa que tomarse pueda. Rodrigo Raimondi, el joven intérprete de Eugenio que me deparó el azar, sorprende por el juego que da, lo bien que ejecuta sus pasos de danza y la precisión y expresividad con que coloca sus réplicas, aunque, gracias a la increíble Barbara Voghera, protagonista de tantos espectáculos de la compañía italiana Lenz Rifrazioni, sabíamos ya de la elocuencia, la calidad y la exactitud con la que una persona down puede llegar a interpretar papeles protagonistas en versiones actualizadas de obras del repertorio universal.

La dirección de José Carlos Plaza es verista en los monólogos de Concha Velasco y está muy atenta al movimiento en el caso de Raimondi. La luz y la escenografía sintética con perfilado realista, ambas de Francisco Leal, así como el elegante vestuario de Lorenzo Caprile, le dan empaque formal al espectáculo. A través de la mirada de Morote, autor tardío (dirigió y presidió multinacionales de la industria médica y farmacéutica hasta 1990), Eugenio vive una cuasi arcádica edad de la inocencia y es fuente inagotable de felicidad para su madre, que dispone de holgura económica para tenerle en palmitas: en familias acuciadas por la escasez o con la pareja en paro, la situación quizá no sea tan risueña. El inesperado desenlace, se precipita sin que un punto de inflexión previo lo justifique plenamente.

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