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CRÍTICA | RASTROS DE SÁNDALO

Tan lejos, tan cerca

Fotograma de 'Rastros de sándalo'. pulsa en la foto
Fotograma de 'Rastros de sándalo'.

Desde Lluvia en los zapatos, su primera película en solitario tras el debut colectivo en El dominio de los sentidos, Maria Ripoll ha ido articulando un cosmopolita discurso en favor de lo que une a los seres humanos en un entorno urbano, independientemente de sus orígenes, su cultura y sus tradiciones, siempre con el melodrama romántico como hilo conductor y con la fuerza de las raíces como elemento inmanente. Una temática, y una esencia, a las que regresa con Rastros de sándalo, proyecto nacido gracias al impulso de la escritora de la novela homónima en la que se basa: Anna Soler-Pont, productora y también guionista.

RASTROS DE SÁNDALO

Dirección: Maria Ripoll.

Intérpretes: Aina Clotet, Andita Das, Naby Dakhli, Rosa Novell, Subodh Maskara.

Género: drama. España, 2014.

Duración: 95 minutos

Con desarrollo de historia más grande que la vida, pero con espíritu de pequeña historia de toda la vida, de proyecto mínimo que acuda a los sentimientos más complejos por medio de la naturalidad y la cotidianidad, Rastros de sándalo, a pesar de sus imperfecciones, se impone allí donde menos se espera. No en la enorme, extraordinaria historia de la mujer hindú que busca desesperadamente a su hermana, de la que la separaron siendo niña por culpa de la trata de mujeres, sino en el posterior encuentro de una barcelonesa de raigambre familiar con la cultura hindú, a través de las escenas de la película más pequeñas en apariencia y más grandes en verdad, las que mejor aglutinan el discurso de guionista y directora: esas en las que los inmigrantes orientales de carnicerías, locutorios, restaurantes, discotecas y videoclubes hablan en catalán con, al mismo tiempo, la fuerza de la integración y el mantenimiento de sus raíces.

Premio del Público del Montreal World Film Festival, e integrante de la sección oficial de la pasada Seminci de Valladolid, Rastros de sándalo apela a la interculturalidad desde la fuerza del melodrama y, aunque a veces sus ansias de agradar la hagan caer en cierta cursilería, Ripoll maquilla lo melifluo de algunas escenas con un recurso metacinematográfico que acaba sorprendiendo: una película dentro de una película que la redime de la acusación.