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CRítica de Teatro | Fausto

Mi álbum de ‘Fausto’ (anotado)

Los actores Roberto Enríquez y Víctor Clavijo en una escena de 'Fausto'.
Los actores Roberto Enríquez y Víctor Clavijo en una escena de 'Fausto'.

Un espectáculo impecable visualmente, sin fricción dramática, como todos los que estrenó Tomaž Pandur en Madrid, donde fue invitado en otras cuatro ocasiones a dirigir sendas grandes producciones en los teatros municipales y en el Centro Dramático Nacional. El director esloveno ha escogido los pasajes más significativos de la primera parte del inabarcable Fausto de Goethe (su representación íntegra duraría de sol a sol, como sucedió en el montaje de Peter Stein en el 2000), los ha colocado ante un muro imponente, de factura alemana, que corta en diagonal el escenario del Teatro Valle-Inclán; los ha esterilizado desde el punto de vista emocional y ha hecho su exégesis en una serie de notas a pie de página dichas por los propios actores, los cuales, distanciándose de nuevo de sus personajes, resumen también parte de las escenas que han sufrido tijeretazo en esta versión confeccionada a tres manos: “Valentín retará a Fausto, luchará con él y resultará herido de muerte”, nos dice Mefistófeles, para ir ganando tiempo y que la representación acabe en dos horas y media.

Fausto

Autor: Goethe. Traducción: Pablo Viar, a partir de la edición de Helena Cortés Gabaudan. Versión: Livija Pandur, T. Pandur y Lada Kaštelan. Intérpretes: Emilio Gavira, Ana Wagener, Marina Salas, Pablo Rivero… Dirección: Tomaž Pandur. Madrid. Teatro Valle-Inclán, hasta el 11 de enero

Quizá la sorpresa mayor sea el sentido del humor, inédito en los montajes suyos estrenados en Madrid, con el que Pandur trata al coro de espíritus maléficos (cuya composición parece inspirada en el desastrado grupo de artesanos metidos a cómicos de Sueño de una noche de verano), que pone un contrapunto ligero a las tribulaciones del protagonista y de su enamorada. La aparición virginal de Margarita con su recargado vestido nupcial, tras abrirse el muro en dos cual Mar Rojo al paso de Moisés, parece hacerse eco, con ironía, del mutis interruptus de Kazuo Ôno en Admirando a La Argentina, mientras que en la escena de su locura, muerto el bebé, resuena, tal y como está planteada, la de la locura de Ofelia.

El recurso a la nota a pie de página, que enriquece el espectáculo y lo distancia, sería escénicamente más eficaz entreverado en pasajes de intensidad dramática cierta (no psicologistas necesariamente), como sucedía en el Frankenstein de Gustavo Tambascio. La escenografía de Sven Jonke y la luz de Juan Gómez Cornejo son espléndidas, aunque las inspiradas videoproyecciones de Dorijan Kolundzija desempeñen a veces una función ilustrativa. Prontuario de la obra maestra de Goethe, versión divulgativa pero hermética, salpicada de símbolos de raigambre masónica y alquímica, este Fausto, erigido sobre una producción de gran calidad, es hermoso, dilatado y reiterativo, como la tercera sinfonía de Górecki, salvando las distancias, pues ni la voluntad de trascendencia que aquí se advierte cristaliza al cabo ni la suma de tanta belleza formal conmueve.

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El reparto, encabezado por Roberto Enríquez, se prodiga en el registro que le marcan (mérito especial tiene la resolución con la que Víctor Clavijo, cuya incorporación ha sido de última hora, aborda el papel de Mefisto). De tan abreviada, la segunda parte del poema dramático original se queda en bonito álbum de estampas.