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Cómo se tejió el genio y la fama de Goya

Los 15 largos años que Goya dedicó a los cartones, fueron aquellos en los que se encontró y se capacitó a sí mismo

'La boda' (1971-1972), de Francisco de Goya. Ampliar foto
'La boda' (1971-1972), de Francisco de Goya.

En 1774, ya muy cerca de cumplir los 30 años, Goya emprende la conquista de la Corte, una ardua empresa en la que había que aplicarse con denuedo, nunca mejor dicho, tejiendo y entretejiendo en el escurridizo telar de la fama. Apenas un lustro antes había realizado a sus expensas una obligada estancia en Italia, que le dio el imprescindible apresto para encumbrarse y, en 1773, impulsó su carrera al contraer matrimonio con Josefa, del poderoso clan artístico de los Bayeu, gobernado por su hermano el influyente y quisquilloso pintor Francisco Bayeu, ya por entonces muy bien situado como uno de los lugartenientes del pintor y doctrinario Antón Rafael Mengs (1728-1779), el cual, entre 1761 y 1776, no solo había trabajado casi ininterrumpidamente en la capital del Reino sino manejado los hilos del arte en nuestro país como Primer Pintor de Cámara y director honorario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Por de pronto este fue quien le ofreció al recién llegado Goya su primer encargo oficial: el de diseñar los cartones para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, creada por Felipe V en 1720. Esta labor ocupó a Goya casi 17 años, entre 1775y 1792, precisamente el tiempo en que asentó su prestigio público y privado en Madrid.

La Real Fábrica de Tapices había estado siempre bajo la tutela de artistas de relumbrón internacional, como el francés Miguel Ángel Houasse, los italianos Amiconi, Procaccini y Giaquinto y, finalmente, el bohemio Mengs, lo que no significa que sus diseñadores fácticos fueran pintores en estado de promoción, como el todavía joven Goya. La empresa requerida era, por tanto, en principio, de un rango principiante pero de esfuerzo descomunal, muy ilusionante como primer peldaño, aunque progresivamente onerosa en la medida en que el sujeto elegido hubiera triunfado. Eso es exactamente lo que le ocurrió a Goya, que se fue hartando de la tarea según se adornaba su testa con laureles, como los de ser nombrado académico numerario de la Academia de San Fernando en 1780 y, un lustro después, subdirector de la sección de pintura de dicha institución, no sin entremedias acreditar otros progresos públicos y privados, como el haber sido invitado como retratista de la exiliada familia del infante don Luis en el palacio de Arenas de San Pedro.

Cuando era ya toda una esplendente figura sin rival, continuó con la engorrosa tarea de los cartones para tapices, que concluye con la realización de una auténtica obra maestra: La boda

De manera que al filo del inicio de la década de 1790, cuando contaba 44 años de edad y estaba a punto de padecer una gravísima enfermedad que estuvo en un tris de matarle y que le dejó sordo, Goya era ya toda una esplendente figura sin rival capaz de hacerle sombra en la Corte, con lo que se entiende su reluctancia para continuar con la engorrosa tarea de los cartones para tapices, que concluye con la realización de una auténtica obra maestra: la del cartón titulado La boda, fechado en 1791-92. En función de lo promocional y, eventualmente, humillante de este más que prolongado encargo, así como de la errónea valoración de un artista indudablemente genial cuando se contrapone su obra de juventud frente a la de su madurez, por no hablar ya del indisimulado acreciente disgusto del pintor por este engorroso y mal pagado trabajo, que debía interrumpir otras múltiples oportunidades cada vez más rentables, se ha solido olvidar al respecto tres aspectos, a mi juicio, cruciales: el primero, que ningún artista hace mal lo que sabe hacer bien; el segundo, que ningún desafío le deja de resultar artísticamente provechoso; y el tercero, que la comisión de pintar enormes cartones para tapices, que requieren una composición con numerosas figuras y fondos de paisajes, suponía enfrentarse con lo más comprometidamente difícil para un pintor de cualquier época. En este sentido, aunque L.B. Alberti sentenció que lo más meritorio en la realización de un cuadro no era su tamaño sino la historia que contenía, reconozcamos, para el caso de los cartones, que estos eran, por así decirlo, “historias descomunales”; o sea: un reto doble, al cuadrado.

Desde esta perspectiva, se mire por donde se mire, los tres largos lustros de la vida y de la creación de Goya mientras porfió por terminar este interminable cometido de los cartones, no solo son los que alumbran el desarrollo de su genio artístico y los que fraguaron su creciente fama, sino, sobre todo, en los que se encontró y se capacitó a sí mismo. Por lo demás, aunque aquí debamos dejarlo sobrentendido, el trasfondo histórico de este periodo estuvo cargado de acontecimientos decisivos para el mundo y para nuestro país, con lo que es imposible explicar Goya sin fijarse y apreciar lo que hizo estos años en los que fraguó su obra y destino.