Golpe a golpe, verso a verso

La música popular española ha dado ingentes muestras de cómo la canción transciende y se enreda en la vida de quien la escucha

Portada del quinto álbum de Andrés Calamaro, 'Alta suciedad'.

Defiende Luis Eduardo Aute —que de esto sabe algo— que la canción es un género tan digno como la poesía o la llamada música seria, y que hay que considerarlo como otra de las bellas artes. Razón no le falta a quien explica lo complicado que resulta contar una historia en solo tres o cuatro minutos, logrando que interactúen en armonía texto y música, y que, además, conmueva al oyente.

La música popular española ha dado ingentes muestras de cómo la canción trasciende lo meramente musical para enredarse por siempre en la vida de quien la escucha, haciendo suyos los versos cantados, ayudándole en momentos bajos o haciéndole reflexionar. Es el poder de ese arte noble e inasible que cuenta con verdaderos maestros de la palabra y la melodía, en una tradición que arranca con los cantautores de los años sesenta, como Joan Manuel Serrat, Víctor Manuel o el propio Aute, y llega hasta alguien como Quique González, que prefiere hablar de cancionistas, o como Sabina, siempre con un pie en la tradición cantautora y otro pisando el acelerador del rock. En el fondo, y pese a las ideas preconcebidas, se trata de lo mismo, de escribir y cantar tus propias canciones, por encima de estilos, salpicando tanto al folk como al pop o al rock. Y alcanza a creadores surgidos de grupos de éxito —Enrique Urquijo, Fito Cabrales, Manolo García, Bunbury, Andrés Calamaro—, pero cuya voz personal se impuso a la marca a la que se les asociaba. Como dice Manolo García, quizá el objetivo se reduzca a ser feliz haciendo canciones para transmitirle esa felicidad a quienes las escuchan.

De todo ello trata este CD deslumbrante, que nos lleva, sin fronteras estilísticas, en un viaje prodigioso por algunas de las mejores canciones de autor que ha dado el pop español.

Andrés Calamaro

Flaca (Andrés Calamaro)

Alta suciedad

DRO / Warner, 1997

En 1997, Andrés Calamaro afrontaba la primera grabación en solitario tras el final de Los Rodríguez, el grupo que había cambiado el tablero de juego de los años noventa devolviéndole al rock español su identidad. Para dar forma a ese debut, Alta suciedad, se trasladó a Nueva York y, bajo las órdenes del productor Joe Blaney, grabó con la crema de los músicos de sesión de la ciudad.

Uno de los temas esenciales de ese álbum fue Flaca, que su autor compuso al tiempo que lo iba grabando en una maqueta en su casa madrileña: “Lo grabé para tocar, para tocar conmigo, yo solo, grabando distintas pistas. La letra existe para poder cantar. No hace falta un gatillo sentimental para escribir, todo lo contrario. Es más importante escribir por el deseo de escribir, en este caso, de tocar y cantar”. A la vez que asegura: “Ni siquiera es una canción con desarrollo, aunque cualquiera puede cantarla con una guitarra, en cualquier lado. No es un texto sofisticado, es una letra instrumental que acompaña”. Respecto a la grabación, “es una auténtica obra de arte. Convierte a una canción minimalista en una obra llena de detalles y episodios, es una coreografía de instrumentos, tocados por intérpretes especiales y muy talentosos”, opina.

El recorrido comercial de la canción resultó fabuloso: “Fue un gol. Un éxito con una grabación especial, una canción original y distinta, con muchos detalles de arte, una estructura sui géneris, más cerca de un soul retrofuturista que de las canciones de rock. En vivo es un momento muy agradecido en los conciertos, siempre”.

Por canciones como Flaca y álbumes como Alta suciedad y Honestidad brutal, Andrés Calamaro sería en años venideros la referencia ineludible del rock en castellano, el artista que más claramente marcó el camino a seguir.

Víctor Manuel

Soy un corazón tendido al sol (Víctor Manuel San José)

Soy un corazón tendido al sol

CBS, 1978

Víctor Manuel había conocido el éxito desde joven con su cancionero sentimental y costumbrista, pero a mediados de la década de los setenta las cosas se habían torcido: condenado al ostracismo tras un episodio sucedido en México (y manipulado por la prensa española), en años sucesivos fue a su aire, tiñendo algunas canciones de fuerte contenido político, y para 1978, en su discográfica no sabían qué hacer con él: “Hacía ya no sé cuántos años que no vendía un disco, me fui de Philips porque no me creyeron, les dije que iba a cambiar y a hacer cosas nuevas, pero no me creyeron”. En la multinacional CBS le abrieron la puerta: “A un tío que ha escrito Canción para Pilar o Quiero abrazarte tanto no se le ha podido olvidar”, cuenta que pensaron. Y así, con renovada ilusión, en verano, en una casa de Alpedrete que le había dejado su suegra, comenzó a escribir nuevas canciones: “Salieron todas de un tirón, tenía tantas ganas de escribir canciones que surgieron con una facilidad tremenda”. El disco que las recogió fue Soy un corazón tendido al sol, con el que iniciaba una nueva y exitosa etapa, con la canción Sólo pienso en ti como tarjeta de presentación.

Que Soy un corazón tendido al sol titulara el conjunto, da buena cuenta de que no estamos ante una canción menor, al contrario: “Fue muy importante, y de hecho nunca he dejado de cantarla, aquí y en América. La he interpretado siempre, porque es una de las canciones que más éxito tienen dentro del repertorio”. Tal vez, para entender cómo Soy un corazón al sol caló de tal modo y se ha transformado en clásico inoxidable haya que fijarse —más allá de su perfecta música— en esa letra abierta, casi panorámica, con algo de autorretrato, de declaración de intenciones, de homenaje a la amistad, de amor y, además, reflejando el oficio de escribir: “Habla prácticamente de todas las cosas fundamentales para uno”.

A la vez, este fue un disco arriesgado, que rompía con la idea habitual del cantautor; grabado en Italia, con producción de Danilo Vaona, era un salto hacia la modernidad pop: “Fue absolutamente intencionado. Lo básico fue la indicación de Aurelio González (de CBS) de apuntar alto, de buscar un buen productor y renovar el sonido que, dentro de los cantautores en general —unos más, unos menos—, había estado un poco polvoriento. Además, canté de forma diferente, con más aire, más suave. Y los arreglos, en aquel momento, dentro del mundo de los cantautores, fueron una novedad”. Daba inicio una nueva época para Víctor Manuel, pero, en gran medida, también para la canción de autor española.

Luis Eduardo Aute

Una de dos (Luis Eduardo Aute)

Cuerpo a cuerpo

Ariola, 1986

Explica Luis Eduardo Aute que habitualmente, cuando termina las canciones de un álbum, le sale una última “relajada, más frivolona, como para desintoxicar toda la densidad de las otras”. Y Una de dos, en la que relata una historia a tres, fue de esas, una canción “divertida” que, sin embargo, le ocasionó algún disgusto con grupos de feministas por esos versos en los que canta “o me llevo a esa mujer / o te la cambio por dos de quince”: “Me montaron algunos pollos, me decían machista. Y no es más que una broma. Hubo algunos ataques serios, luego ya con el tiempo se superó. Además, conforme me voy haciendo más viejo, lo voy cambiando: ahora ya son dos de treinta”, relata con humor.

La versión primera de la canción tenía una cierta cadencia reggae, que sirve para subrayar su idea de dar forma a un tema “cariñoso, que no fuera nada agresivo; al contrario, algo normal, de llevarse bien”. Añade: “Todas las canciones, en mayor o menor grado, tienen algo de vivido, o bien por experiencia propia o por experiencia ajena. Y en algún momento creo que a todos nos ha pasado que nos hemos vuelto locos porque nos gustaban dos, o incluso tres, al mismo tiempo. Es un poco una variante de Corazón loco, de Machín, de estar enamorado de dos y no estar loco. No es un tema muy original”.

Una de dos pertenece a los años dulces en la trayectoria musical de Aute, cuando acompañado del grupo Suburbano su propuesta había llegado al gran público, en tiempos dorados para los cantautores, aunque él no se identifique con esa etiqueta. “No me siento en esa familia, yo escribía las canciones que me salían, y tengo temas de tonos muy diversos, incluso cuando iba sin grupo: canciones más íntimas, otras más agresivas, algunas rockeras y otras satíricas; no he sido muy afín al concepto del cantautor”.

Jorge Drexler

Todo se transforma (Jorge Drexler)

Eco

DRO / Warner, 2004

El uruguayo Jorge Drexler, desde la segunda parte de la década de los noventa, iba poco a poco buscando su espacio en la música española. Un año antes de ganar el Oscar a la mejor canción, Todo se transforma fue un tema esencial para consolidar su carrera aquí. Una creación que iba a titularse Termodinámica para amantes (“pero era un título muy feo, aunque podría servir para una novela”) y que su autor confiesa que en la grabación de estudio no terminaron de encontrarle el punto, pero reconoce: “Es de esas canciones que ha terminado de cuajar en vivo. Y una de las mías que la gente más escuchó”. La letra es una espléndida filigrana narrativa: “Relata un instante, es una fotografía de la realidad y todas las historias que se desprenden de ese hecho”.

Cecilia

Un ramito de violetas (Evangelina Sobredo)

Un ramito de violetas

CBS, 1975

Un ramito de violetas es, sin duda, la canción más emblemática de Cecilia, la que la lanzó a la popularidad plena tras aquel éxito inicial con Dama, dama. Es también la más versionada de las suyas. Y todo ello pese a ser un tema absolutamente desolador, hermoso pero frágil. Ella misma explicó que con este texto trataba de expresar el concepto que tenía del amor.

Una canción que funciona como un relato con presentación, nudo y desenlace y que, de hecho, nació desde un cuento corto que escribió, pero que no terminó de convencerla y que tras romperlo acabó por tomar forma de canción, en la que, como era habitual, hizo gala de su dominio de las palabras. De los arreglos se encargó Juan Carlos Calderón, que capturó toda la melancolía que desprendía la canción y le aportó una cierta dosis de dramatismo con las cuerdas y el piano (que tocó él mismo), ayudando a potenciar su componente de dulce tristeza.

 Antonio Vega

El sitio de mi recreo (Antonio Vega)

El sitio de mi recreo

Polygram, 1992

En Nacha Pop y en días de nueva ola, Antonio Vega se destapó ajeno a la corriente dominante: renunciaba al efervescente hedonismo generalizado y se refugiaba en la introspección. Sus canciones se sustentaban en el pop y el rock, pero él era un cronista con la mirada abstraída en los pequeños aconteceres, algo taciturno, sensible y superdotado al aproximarse a la melancolía y transformarla en hermosas canciones que ahondaban en su interior. Todo ello implosionó en su obra solista, de la que buen ejemplo es El sitio de mi recreo, una de sus composiciones más redondas, casi una declaración de principios que, inicialmente, conocimos en una toma registrada para una maqueta (incluida en el recopilatorio al que da título) que muestra el armazón del tema, sin artificios. Y con su guitarra siempre omnipresente.

Antonio Flores

Siete vidas (Antonio Flores)

Cosas mías

BMG, 1994

Al comienzo de su carrera, Antonio Flores renunció a sus apellidos, y ahí está la clave que marcó su trayectoria y, quizá, su vida: siempre quiso ser él mismo, un músico de rock al que se valorara exclusivamente por su obra y no por sus antecedentes familiares. Pero su carrera errática no le ayudó demasiado y durante años quedó casi como un músico de culto. Sin embargo, todo se precipitó con Cosas mías, el álbum que le condujo a las grandes ventas y en el que, reconciliándose con colores sonoros netamente locales, mostró su vertiente más personal. Una poderosa colección de canciones refulgentes, algunas tan estremecedoras como esta Siete vidas, en la que proclamaba, con esperanza y amor, haber quemado seis vidas y que le quedaba una. En pleno éxito, un año más tarde murió.

Los Secretos

Ojos de gata (Joaquín Sabina / Enrique Urquijo)

Adiós, tristeza

Twins, 1991

En Los Secretos destacó desde el principio el talento compositor e interpretativo de Enrique Urquijo, un maestro a la hora de plasmar la tristeza las canciones que poco a poco fue mostrando su gusto por el country-rock y las músicas de Latinoamérica. Así, Ojos de gata la llevó hacia México, como haría Joaquín Sabina con Y nos dieron las diez, canción con la que comparte la primera estrofa, escrita por Sabina: “Enrique vino a casa y me preguntó si tenía alguna letra, yo tenía esta empezada, se la llevó hasta donde llegaba, sin estribillo, y él siguió contando una historia preciosa que no era la mía; y yo también la seguí, le puse el estribillo y la terminé. La gente siempre me pregunta si hubo algún problema. Absolutamente ninguno, estoy orgullosísimo. Y a él, me consta que le encantaba mi versión”.

Joaquín Sabina

Y nos dieron las diez (Joaquín Sabina)

Física y química

BMG Ariola, 1992

La canción hermana de Ojos de gata, de Enrique Urquijo, aquí con Sabina siguiendo los versos iniciales compartidos por ambas para relatar una historia ficticia, pero de trasfondo real: “En las giras de aquellos años, que eran mucho más locas que las de ahora, se tocaba tarde, y los músicos y yo después de los conciertos nos íbamos a tomar una copa. Había muchos lugares —en provincias, en Latinoamérica o en sitios muy raros— en los que no había ningún bar abierto, y por lo menos tres o cuatro veces sucedió que llegamos, el bar estaba cerrado, dimos golpes desde la puerta, y una chica muy guapa, que era la camarera, la camarera de la canción, salió y nos abrió el bar para que tomáramos una copa. Y eso siempre lo hemos llevado en el corazón, no fue una vez, sino varias. Luego me ha tocado desmentir, porque llego a sitios y me dicen, ¿es verdad que escribiste la canción en Alicante, o en Cartagena de Indias, o en La Habana, o en Valparaíso? Al principio siempre decía que era mentira, pero como había tantos casos, ya al final, a todo el mundo le dije que sí. En realidad, está escrita en Lanzarote”. Y es que tras esos versos iniciales la canción no terminaba de arrancar y se fue a Lanzarote a escribir: “A veces Panchito [Varona] y yo nos íbamos a una isla donde nos conociera poca gente o hubiera tranquilidad para escribir, y esta salió de un tirón una noche de aquellas”.

Pero Y nos dieron las diez, una ranchera inspirada en las de José Alfredo Jiménez, no fue una canción a la que se le viera el potencial desde el principio: “Yo no creía en ella, mucha gente no creía en ella, incluso el sector más rockero de mis músicos no creía en ella. Serrat tampoco creía en ella”. Sin embargo, fue la canción hasta aquel momento más exitosa de Joaquín Sabina, la que impulsó las ventas del disco y situó a su autor plenamente en el mapa musical de Latinoamérica. “Pasó algo muy bonito, porque la gran ilusión de mi vida era que una canción mía la tocaran las orquestas en las ferias de los pueblos, y eso sucedió con Y nos dieron las diez. Pero, sobre todo, sucedió en México con los mariachis, y no hay nada más emocionante en el mundo que discutir con los mariachis porque alguien que esta en mi mesa les dice: “La canción es de este”, y responde un mariachi, “no, es de mi primo, que se llama no sé cuantos”. O sea, se ha convertido en una canción anónima de repertorio de los mariachis y las orquestas, y no hay nada que me pueda gustar más que eso”. Probablemente ese es el sueño de cualquier compositor, que una de sus canciones acabe en el imaginario colectivo perdiendo incluso la autoría.

Manolo García

Pájaros de barro (Manolo García)

Arena en los bolsillos

BMG, 1998

El fin de El Último de la Fila dejó a Manolo García fuera de juego durante un año, como él dice: “Dedicado a la vida contemplativa”, tratando de asumir lo sucedido. Hasta que un día, recuerda: “Volví en mí, regresó el músico”. Se compró una guitarra eléctrica y en su casa de Barcelona comenzó a componer recurriendo a la “energía acumulada durante ese tiempo”. Las canciones llegaron; la tercera fue Pájaros de barro, escrita en una mañana: “Las canciones que tienen más alma y que son más sinceras salen rápidas”. Y Pájaros de barro es tan sincera que describe su estado de ánimo durante ese año de vacío: “Había estado en horas muertas y de repente pensé, tengo que avanzar, no me puedo quedar aquí tirado, soy músico y tengo que desentumecerme. Esa canción refleja perplejidad, pero también renacer y comenzar de nuevo, por eso canto ‘hoy cierro el libro de las horas muertas”.

Los pájaros de barro del título, confiesa Manolo, son una alegoría: “Ese punto mágico que se pierde cuando te haces adolescente y dejas atrás la niñez, y que deberíamos aprovechar para recuperar en los años siguientes a la adolescencia. Buscaba volver a esa situación ideal, no ya tanto de niño o de adolescente como de mis buenos años con El Último de la Fila, y tiene un punto de melancolía, pero también de sinceridad total”.

Un tema que no duda en considerar entre los mejores de los suyos, y que ya en el estudio se vio que era especial, que tenía magia —“pero jamás pensé que iba a calar tanto como ha calado en mucha gente”—, y que se trató con presencia principal de guitarra española complementada con notas de eléctrica. Al final, el público adoptó la canción convirtiéndola en esencial de su repertorio.

Pedro Guerra

Contamíname (Pedro Guerra)

Golosinas

BMG, 1995

En 1994, Contamíname fue un éxito en las voces de Ana Belén y Víctor Manuel, lo que le sirvió de inmejorable tarjeta de presentación a Pedro Guerra, que en Canarias, y junto al grupo Taller, ya sumaba una larga carrera. Para grabar su primer disco solista se recluyó durante cuatro días en el estudio Cinearte, pero cantando con público, tratando de capturar la esencia de sus directos en Madrid desde el año anterior, cuando recién llegado escribió Contamíname en un piso de la calle Mayor. Una canción inspirada por la lectura del libro de Carlos Fuentes El naranjo: “Eran diferentes relatos, todos alrededor del mestizaje cultural, y en una entrevista, cuando estaba presentando ese libro, hablaba del mestizaje como contaminación cultural, y ahí se me ocurrió la idea de utilizar esta expresión. Musicalmente traté de llevarla hacia algo étnico, la versión de Golosinas es bastante caribeña, pero inicialmente iba más hacia África”. La canción, que ganó un premio Ondas, lanzó a quien es ahora uno de nuestros cantautores esenciales.

Bunbury

El extranjero (Bunbury / Copi)

Pequeño

Chrysalis / EMI, 1999

Tras salir de Héroes del Silencio, Enrique Bunbury buscó una voz propia que halló en su segundo álbum en solitario, Pequeño, un trabajo viajero que lo mostraba como un creador inquieto musicalmente y abierto a todo tipo de sonoridades, aunque confiesa que fue un disco de elaboración compleja al ser su primera producción. Allí estaba El extranjero, una de sus grandes canciones, escrita en Marruecos durante una tarde, resolviendo de forma simultánea letra y música. Un tema que clama contra los nacionalismos: “Era un momento en el que, contra el nacionalismo extremo de ETA, se escuchaban voces peligrosas por parte del fundamentalismo españolista. Recordé la frase de no recuerdo quién: ‘El nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando”.

Musicalmente se va hacia los Balcanes: “Había visto los filmes clásicos de Kusturica con su propia música o la que le encargaba a Goran Bregovic. También admiré la grandeza del Clandestino de Manu Chao. La sencillez de textos que simpatizaban con un Tercer Mundo que, en lo cultural, nos daban, nos dan, sopas con honda”.

El extranjero se alzó por sí misma como imprescindible en su repertorio, y Bunbury la lleva fija en sus shows, recibiendo distintas interpretaciones según el país donde la toque: “En las giras por Estados Unidos la canción adquiere un carácter especialmente reivindicativo, ya que mi público allí es en un ochenta por ciento latino de primera o segunda generación. Recuerdo tocarla en Atlanta cuando se planteaban endurecer las leyes de inmigración en varios Estados, siguiendo la línea dura de Arizona, que permitía encarcelar a latinos que paseando no llevaran identificación encima. Aquella fue una interpretación especialmente emotiva, aplaudida y antológica”. Admite que es una composición que le ha dado muchas alegrías.

Quique González

La ciudad del viento (Quique González / Paco Bastante)

Salitre 48

Polydor, 2001

Salitre 48, el segundo disco de Quique González, era en realidad una colección de maquetas rechazada por varias discográficas, pero el tiempo lo ha convertido en uno de los grandes álbumes del rock español: “Si lo hubiéramos pensado o grabado de otro modo, no hubiera salido así”. Ahí estaba La ciudad del viento, la única canción que ha compuesto en compañía, pues Quique escribió la letra en Menorca y se la pasó al bajista Paco Bastante, quien le puso música capturando la nostalgia que rebosa el texto: “Por aquella época, escribiendo las canciones de Salitre, viajaba mucho a Cádiz, a Menorca, a Cadaqués, me tiraba dos o tres semanas, o un fin de semana, iba solo, en invierno, y con la idea de hacer canciones. Hay algo romántico y evocador en las ciudades costeras en invierno”. Hoy es un tema indispensable en sus directos.

Fito & Fitipaldis

Soldadito marinero (Fito Cabrales)

Lo más lejos, a tu lado

DRO / Warner, 2003

Lo que comenzó como un modesto proyecto paralelo al grupo Platero y Tú, devino en una de las propuestas más sólidas del rock español en el nuevo siglo. Fito Cabrales logró salirse de aquel traje, hacer la música que le vino en gana y, de paso, arrasar comercialmente. De su tercer álbum es la bella balada Soldadito marinero, escrita en Bilbao, en el barrio de Zabala: “Estaba asomado al puente de Cantalojas y pasó un tipo, que no recuerdo realmente cómo era, la memoria nos engaña, pero pasó un señor mayor, con pinta muy curiosa, como desgarbado, de esos que piensas, ‘¡qué vida habrá tenido este tío!’. Igual era el frutero de la esquina y no había salido de Zabala en su vida”. Y desde ahí Fito fabuló una biografía tan dura como triste y tierna que penetró hondo entre sus seguidores.

Joan Manuel Serrat

Cantares (Antonio Machado / Joan Manuel Serrat)

Dedicado a Antonio Machado, poeta

Novola / Zafiro, 1969

El disco de Machado es de los más conocidos de Joan Manuel Serrat, una obra que ha trascendido al tiempo y ha cruzado generaciones. Grabado en Milán, donde era habitual en aquellos años que Serrat registrara sus álbumes, de los exquisitos arreglos y la dirección se encargó Ricard Miralles, que durante décadas ha sido estrecho colaborador de Joan Manuel.

Pero para la memoria colectiva ha quedado, principalmente, el tema que abría el LP, el profundo y solemne pero pop Cantares, en el que el noi del Poble Sec musicaba versos del libro Campos de Castilla insertando entre ellos estrofas de invención propia que tienen mucho de homenaje al propio Machado.

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