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COLUMNA

Cinco décadas de ocupación

Ahron Bregman, antiguo capitán del Ejército israelí, lanza una documentada historia de la ocupación de Gaza y Cisjordania

Casas destruidas en Palestina tras la ofensiva israelí el 31 de agosto. Ampliar foto
Casas destruidas en Palestina tras la ofensiva israelí el 31 de agosto. REUTERS

La crónica de la ocupación por parte de Israel de las tierras adquiridas en 1967 gracias a su asombrosa victoria en la Guerra de los Seis Días se resume, hasta el momento, del siguiente modo: en la primera década después de 1967 Israel tuvo dificultades para decidir qué hacer con las vastas extensiones de tierra que de forma inesperada había arrebatado a Egipto, Jordania y Siria. El país carecía de un plan organizado y no era capaz de resolver qué parte de los territorios ocupados conservar y qué parte devolver, pero su instinto le decía que esperara y, en general, prefirió conservar la tierra y renunciar a vivir en paz con sus vecinos. En ese período, cualquier consideración acerca de la devolución de algunos de los territorios ocupados, principalmente la península del Sinaí a Egipto y los Altos del Golán a Siria, surgió solo como un recurso táctico que le permitiera aferrarse a Cisjordania, la cuna de la historia judía, y a la Franja de Gaza, zona que Israel quería mantener por razones estratégicas. No obstante, en ausencia de presiones internacionales serias, incluso esas ideas se debilitaron. Los primeros ministros de este período no prestaron atención a las advertencias de que no había tiempo que perder y de que la oportunidad de alcanzar un acuerdo, en particular con los palestinos, podía perderse durante una generación o más si no se actuaba con prontitud. En retrospectiva, es posible decir sin temor a equivocarse que Israel perdió una oportunidad única de llegar a acuerdos de paz con sus vecinos durante la primera década de la ocupación.

En la segunda década, de 1977 a 1987, Israel decidió por fin qué quería hacer: tras el vuelco electoral que en 1977 llevó al poder al Likud, el partido de la derecha, por primera vez en la historia de Israel, el nuevo primer ministro, Menájem Beguin, emprendió un gran plan para hacer que la ocupación fuera irreversible; un aspecto central de ese plan era la construcción de asentamientos judíos en los territorios ocupados, en particular Cisjordania y la Franja de Gaza. El Gobierno encabezado por Beguin, tras la presión internacional desencadenada por el presidente Sadat, que en un gesto muy valiente planteó públicamente a Israel su voluntad de alcanzar un acuerdo, y gracias a una promesa sin precedentes de ayuda económica y militar por parte de Estados Unidos, puso fin a la ocupación del Sinaí. Sin embargo, Beguin estaba decidido a conservar para siempre los territorios palestinos ocupados (Cisjordania y la Franja de Gaza) y, al menos por el momento, los Altos del Golán, que Israel anexionó de forma oficial. Desdeñando la historia y la realidad, Israel intentó consolidar su control sobre los territorios ocupados empleando métodos colonialistas anacrónicos e ilegítimos, en particular la construcción de asentamientos contraria al derecho internacional.

La ocupación acabará algún día. Pero para una reconciliación auténtica se necesitarán muchas generaciones

A lo largo de las siguientes dos décadas de la ocupación, de 1987 a 2007, Israel por fin empezó a poner los pies en tierra, en buena parte debido al estallido en 1987 de la primera Intifada, que hizo que un número creciente de israelíes se diera cuenta de que el proyecto de la ocupación estaba condenado al fracaso. En 1991, con la Conferencia de Madrid, se puso en marcha una nueva iniciativa cuya meta era conseguir la paz a cambio de la tierra y poner fin a la ocupación. Sin embargo, ese proceso de paz no fue suficientemente riguroso y a Israel le faltó magnanimidad. Los palestinos, que al reconocer en 1988 el derecho a existir del estado de Israel renunciaron efectivamente a reclamar el 78% de la antigua Palestina, estaban resueltos a impedir que los israelíes se quedaran con el 22% restante y, por tanto, se negaron a transigir aún más durante las negociaciones de paz. Frustrados, los palestinos de los territorios combatieron a los ocupantes, como era su derecho legítimo y, quizá, el curso de acción lógico en vista de que para entonces era una lección de la historia que el estado de Israel solo cede cuando se le presiona.

Durante el proceso de pacificación, los israelíes fueron gradualmente comprendiendo que el precio de la paz sería alto: Siria insistía en una retirada total de los Altos del Golán y los palestinos querían un acuerdo equitativo. Como no estaban dispuestos a pagar este precio, los israelíes, en un proceso que alcanzaría el clímax durante el gobierno de Sharon (2001-2006), suspendieron temporalmente la búsqueda de la paz con Siria y decidieron retirarse unilateralmente de la Franja de Gaza, una espina clavada en el pie para Israel, lo que les permitía aferrarse a Cisjordania y sus recursos al tiempo que evitaban las cuestiones más problemáticas de la ocupación. No obstante, el breve idilio de Israel con el unilateralismo llegó a su fin después de que este hubiera conducido al ascenso de Hamás en la Franja de Gaza, desde donde los milicianos continuaron hostigando al país con cohetes.

La competencia y las divisiones crecientes entre Hamás en la Franja de Gaza y el régimen más secular de Cisjordania han beneficiado directamente a Israel, pues el Gobierno ha justificado su reticencia a seguir adelante con el proceso de paz argumentando que los palestinos están demasiado divididos y que Hamás no reconoce el derecho a existir del Estado de Israel. Mientras que la llamada primavera árabe y la desintegración del régimen de Bashar el Asad descartan, al menos por el momento, cualquier posibilidad de diálogo entre Israel y Siria para poner fin a la ocupación del Golán.

¿Dónde nos deja este resumen? ¿Qué nos aguarda en la quinta década de la ocupación israelí, ya bastante adelantada?

Israel nunca ha pensado que tenga el deber de ayudar, proteger o mejorar la vida de la
población bajo su control

Resulta evidente que la opción de la primera década, mantener el statu quo, ya no existe, y que la alternativa de la segunda, construir asentamientos en un intento de absorber los territorios ocupados dentro de Israel, nunca fue realista. La estrategia intentada durante la cuarta década, el unilateralismo, ha perdido todo apoyo dentro de Israel, lo que nos devuelve a la opción que se probó a comienzos del decenio de 1990, a saber, el intento de poner fin a la ocupación mediante negociaciones de paz con los palestinos y los árabes. Pero para que las conversaciones de paz se reanuden de forma significativa, la comunidad internacional, y en particular Estados Unidos, tendrá que endurecer su postura ante el Estado de Israel y, cuando sea necesario, sobornarlo para que transija, pues si las cuatro décadas anteriores han demostrado algo es que los israelíes no cederán con facilidad los territorios ocupados.

No tengo la menor duda de que la ocupación llegará algún día a su fin, como ocurre con todas las guerras y conflictos. En 1967 a nadie se le hubiera ocurrido pensar que Israel, Egipto y Jordania llegarían a firmar tratados de paz completos; hoy, en cambio, es posible esperar que en algún momento se firmen acuerdos similares entre Israel y los palestinos y entre Israel y Siria y el Líbano. No obstante, dadas la profundidad del resentimiento que existe entre las partes, en particular entre los israelíes y los palestinos, y las actuales revoluciones en Oriente Próximo, que distraen del conflicto con Israel, puede suceder que se necesiten muchas generaciones antes de que una reconciliación auténtica eche raíces. Lo que resulta claro es que el intento de Israel de absorber los territorios ocupados a lo largo de las cuatro últimas décadas ha fracasado.

Creo que el veredicto de la historia interpretará las cuatro décadas de la ocupación descritas en este libro como una mancha negra en la historia de Israel y, de hecho, en la historia judía. Este fue un período en el que Israel, con la ayuda de la diáspora judía, en particular en Estados Unidos, demostró que incluso las naciones que han sufrido tragedias indescriptibles pueden actuar de forma igualmente cruel cuando tienen el poder. En 1967, el ministro de Defensa de la época, Moshe Dayan, anotó que si tuviera que escoger alguna de las naciones del mundo para vivir bajo la ocupación de sus fuerzas militares, dudaría en elegir Israel. Tenía razón: mirando lo ocurrido en estas cuatro décadas resulta claro que Israel fue, y en este momento continúa siendo, un ocupador cruel y brutal. Pues mientras otros colonialistas, como los británicos en la India, entre otros, aprendieron el valor de ganarse el aprecio de las élites locales construyendo escuelas, universidades y otros servicios públicos para los colonizados, Israel nunca ha pensado que tenga el deber de ayudar, proteger o mejorar la calidad de vida de la población bajo su control, a la que en el mejor de los casos considera un mercado cautivo o una fuente de mano de obra barata a su disposición. Sin embargo, al forzarlos a vivir en la miseria y sin esperanza, Israel ha endurecido a quienes viven sometidos a su poder, haciéndolos más decididos a poner fin a la ocupación, incluso a través de la violencia si es necesario, y vivir una vida de dignidad y libertad.

La ocupación, Israel y los territorios ocupados, de Ahron Bregman (Crítica), se publica el 23 de septiembre. 24,99 euros (edición papel), 14,99 euros (libro electrónico).