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Plutoecologismo

El ecologismo no es moda sino necesidad. Lo necesita el planeta. Pero solo el de los ricos

Ramón Muñoz

El ecologismo no es una moda sino una necesidad. Lo necesita el planeta. Pero, al parecer, solo la parte del planeta que visitan los ricos. Cada vez más reservas naturales son cercadas por grandes cadenas hoteleras de lujo y clausuradas para siempre para el público general. Selvas tropicales, sabanas, islas remotas, playas coralinas, cataratas, cumbres montañosas… Nada con cierto encanto silvestre se libra del exclusivo alambre de estos ecoresort de lujo.

Les basta acogerse alguna ley medioambiental ad hoc, previa donación al político de turno que la redacte, para plantar en medio del edén natural unas decenas de bungalows o cabañas “respetando el espíritu de las viviendas nativas”. Con ligeros añadidos, por supuesto: wifi ultrarrápido, spa, ducha aromática, piscina privada, televisor 3D de 50 pulgadas…. A partir de 600 euros la noche “la naturaleza está al alcance de la mano”, dice el folleto; y a diez años-luz de la mayoría de los bolsillos medios, añado yo.

La ventaja de estas cadenas respecto a los tradicionales hoteles de lujo es que cuentan con una coartada ecológica que las libera de dar explicaciones sobre su exclusividad. Gracias a su labor filantropical, se conservan intactas estas maravillas naturales que, de otra forma, serían mancilladas por los pisotones groseros, los picnic grasientos, y los plásticos y hojalatas del turismo populachero, argumentan.

No les falta razón. Yo, que por origen pertenezco a esa chusma y por mi mala fortuna no he conseguido escapar de ella, no tengo conciencia medioambiental alguna. Miren a qué extremos llega mi insensibilidad verde que en los hoteles en los que me ponen un cartel en la habitación sugiriendo que reutilice las toallas para ahorrar agua, les pido que me hagan a cambio una rebaja en el precio o, en su defecto, que no vuelvan a llenar la piscina ni rieguen los campos de golf porque seguro que economizan mucho más agua.

En una ocasión, en un viaje de prensa, la oficina de turismo de Tailandia me invitó a visitar uno de estos ecoresort de lujo para un reportaje. Cuando llevaba varias horas en el recinto, me di cuenta de que algo me sonaba extraño. No eran las piscinas en cascada alimentadas con agua de manantial, ni las cabañas de madera noble construidas en la copa de los árboles ni las salas de masaje atendidas por bellezas de Shangri-La. Contaba con ello. Me llamó la atención que no había visto a ninguna bata blanca o mono azul acarreando sábanas o reponiendo bombillas. Le pregunté a la relaciones públicas que dónde estaban los empleados que hacían funcionar el paraíso. Se sonrió y se vanaglorió de que los trabajadores eran invisibles para los clientes. Usaban caminos paralelos y camuflados por los que se movían silenciosamente en bicicletas o carros de golf. “Así nuestros clientes pueden disfrutar de su estancia sin interferencia alguna”, me dijo.

Comprendí entonces que en la nueva ecología sobran los curritos, la gente corriente, porque no solo manchan con sus pisadas sino que su sola presencia contamina visualmente los jardines temáticos de los ricoecologetas.

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Sobre la firma

Ramón Muñoz
Es periodista de la sección de Economía, especializado en Telecomunicaciones y Transporte. Ha desarrollado su carrera en varios medios como Europa Press, El Mundo y ahora EL PAÍS. Es también autor del libro 'España, destino Tercer Mundo'.

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