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“Veo el conflicto de Oriente Próximo desde la psicosis mutua”

Daniel Barenboim da dos conciertos en Madrid este fin de semana y reflexiona sobre el conflicto entre palestinos y judíos

Daniel Barenboim fotografiado ayer en Madrid. Ampliar foto
Daniel Barenboim fotografiado ayer en Madrid.

El maestro debe acabar a las seis porque tiene un compromiso ineludible, nos comentan. Luego, en pleno crescendo de conversación, Daniel Barenboim (Buenos Aires, 1942), se retrata: “Cinco minutos para las fotos, que empieza el partido”. ¿Con quién va? La pregunta hace titubear incluso una flema diplomática probada en quien ostenta cuatro nacionalidades al tiempo: argentina, israelí, española y palestina, esta última honoraria. Pero pronto sale de dudas: “Tengo mañana a 100 músicos alemanes mirándome fijamente, más vale que ganen ellos”. Los intérpretes a los que se refiere son los de la Staatskapelle berlinesa, orquesta de la que es titular desde 1992 y con la que cierra el actual ciclo de Ibermúsica este fin de semana con dos conciertos en el Auditorio Nacional de Madrid.

En el programa llevan a Edward Elgar y también a Richard Strauss, dos figuras con bastante en común, a su juicio. El primero, pese a representar la esencia inglesa, lo que muchos conocen como englishness con piezas como su Pompa y circunstancia, hubo un tiempo que fue más querido de entrada en Alemania que en su propio país. A Daniel Barenboim no le gusta confundir las biografías de los compositores con su obra, pero en este caso hace una excepción: “Es que esas contradicciones me interesan. Él era católico, ese detalle, a principios del siglo XX en Inglaterra, representaba algo tan malo como ser judío, venían a ser perseguidos igual. Una de sus obras, El sueño de Geronte, escrito por el cardenal John Henry Newman, no podía ser interpretada allí si no cambiaba parte del texto. Según ellos, ofendía a los anglicanos”.

Pero se negó. Y así es como fue a parar a Dusseldorf, donde la pieza se tocó en 1904 sin que Elgar —de quien Barenboim dirigirá su Sinfonía número 2— resultara profeta en su tierra. No acaba ahí la importancia de esta sucesión de hechos y la conexión que le ha traído a Madrid esta semana. “Entre el público de aquel concierto estaba Richard Strauss, que dijo: ‘Este es el compositor vivo más importante”, añade Barenboim. Strauss también sonará en el cierre de Ibermúsica a manos del director y la Staatskapelle, que interpretarán Don Quijote y Una vida de héroe.

Aunque tiene cuatro nacionalidades, para el fútbol se siente argentino

Aunque resulta preciso aclarar que el autor de Salomé no soltó aquello como un halago al inglés, sino más bien para enfurecer a otro: “A Gustav Mahler”. Así es cómo en muchos casos se han dirimido las preferencias, las diferencias y se han marcado el territorio los músicos. Strauss contra Mahler; Wagner contra Verdi, Barenboim contra… O todos contra Barenboim, como prueba uno de los proyectos por el que ha dado gran parte de los últimos 15 años de su vida, el West-Eastern Divan.

Es la bomba de provocación intelectual, creada por él y su amigo el intelectual palestino Edward Said, para sacar los colores a la inquina promovida por israelíes contra árabes y viceversa sigue en pie. Acudir a uno de sus conciertos se convierte en una experiencia reveladora. Escuchar cómo brotan las notas de los atriles que comparten judíos, palestinos, árabes y españoles resulta un mensaje plagado de verdades.

Hasta hace poco se trataba de una iniciativa estacional. La reunión tenía lugar a principios de verano, ensayaban en un pequeño convento sevillano situado en Pilas y partían de gira por varios países. “Ahora voy a acotar mi actividad y montar una academia del Diván en Berlín sin que ello suponga una merma a lo que hacemos en Andalucía, donde hemos crecido gracias a la generosidad de la Junta. Por eso dejo la dirección titular de la Scala de Milán, para dedicarme más a ello”.

La situación política ha empeorado mucho en Israel”

Quiere reforzar así el liderazgo de una iniciativa con nervio, que saca los colores a los líderes de la zona y le granjea el mismo entusiasmo que odio. Ahora más que nunca: “A una parte de los israelíes les encanta, otros me odian. En lo que respecta a los árabes y palestinos, la relación anda igual. Completo equilibrio entre defensores y detractores. De manera que lo debemos estar haciendo bastante bien”, comenta. La urgencia le requiere redoblar el esfuerzo. “En cuestión pedagógica y musical, estamos muy bien, sin embargo, la situación política ha empeorado mucho”.

Espera alzar con ello una voz de alarma. Si no lo consigue él, equilibrista superdotado, doctor en armonía y único caso de ciudadano que posee la nacionalidad israelí y palestina al tiempo, será difícil que otros lo logren. Pero en lo que se refiere a la identidad, en época de mundiales, Barenboim sólo se reconoce en una: la argentina. “Para el fútbol, lo soy”. Y para muchas otras cosas, asegura el hombre que fue niño prodigio y ofreció su primer concierto a los 8 años en un teatro de Buenos Aires, donde nació hace ahora 72 años. “Si no hubiese venido al mundo allí, no habría podido montar entre otras cosas el Diván y analizar el conflicto de Oriente Próximo desde una perspectiva que los dirigentes no ven: la de la psicosis mutua”.

Ante dicho reto, quizás ofrezca respuestas en una de las cosas que anda ultimando: “Un libro conjunto con Felipe González sobre el liderazgo”, asegura. Dos personalidades de agárrate, enfrentados a ese déficit de referentes para el futuro con un consenso base, su amor por los puros. “En eso compartimos una pasión y no discutimos. A él le gustan más largos y finos que a mí”.