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París se rinde a la poesía de Bill Viola

El Grand Palais abre por primera vez sus puertas al videoarte de la mano de uno de sus gurús

Las galerías nacionales recogen una muestra de 20 piezas del artista estadounidense

'Fire woman', 2005. Ver fotogalería
'Fire woman', 2005.

Hace más de 40 años que Bill Viola (Nueva York, 1951) explora de manera casi mística temas tan universales como la vida, la muerte y la relación del tiempo y el espacio. El Grand Palais de París se rinde a la poesía electrónica y digital del gran gurú del videoarte y pintor de la intimidad, con la primera gran retrospectiva dedicada al estadounidense en Francia, que se inaugura este miércoles y estará expuesta hasta el 21 de julio. No es habitual que las galerías nacionales consagren en vida a un artista. Es además la primera vez que abraza para ello el videoarte, una disciplina que con Viola puede presumir de acercarse a la pintura en movimiento. Una sola consigna para disfrutar plenamente de la hipnótica experiencia: tomarse su tiempo.

“Los seres humanos son criaturas increíbles. Podemos entender cosas de formas múltiples, entendemos que nuestras vidas son cortas, a veces demasiado”, reflexionaba el artista con ritmo pausado en la esperada presentación de la exposición, la cual resume como “una suerte de viaje a través de la vida con el conocimiento de que no somos eternos”. La humanidad, elabora, se compone de tres vertientes: los que están por nacer, los que nos han dejado, ambos eternos, y los que estamos como suspendidos entre los dos, los vivos. “El tiempo es lo que hace posible mi vida”.

El tiempo se desacelera en ocasiones hasta el extremo, como en The Quintet of the Ashtonished (2000). Y domina en su obra la obsesión con el agua, en momentos reflejo, en momentos puerta de paso, que recorre el grueso de las veinte piezas, de entre 7 y 35 minutos, y 30 pantallas que conforman la retrospectiva. Viola dejó de temer la muerte a los seis años, cuando casi murió ahogado al caer a un lago. Lejos de un trauma, guarda de aquella experiencia un recuerdo de belleza absoluta bajo el agua, en estado de levitación. Este encuentra así su eco en muchas de sus creaciones, desde la primera que rescata la muestra, la famosa The reflecting pool (1977-79), hasta su último trabajo, The Dreamers (2013), repartido en siete pantallas que retratan a siete cuerpos inmersos por completo, como entre dos mundos, y evocan la fluidez en la vida.

Para no contaminar con información innecesaria este viaje sensorial, Bobby Jablonski, del Studio Bill Viola, y la arquitecta Gaëlle Seltzer han cuidado una escenografía detenidamente depurada. Pantallas suspendidas que flotan en las oscuras salas, marcos de fotografía que encierran imágenes a cámara lenta o creaciones proyectadas directamente en la pared dejan todo el protagonismo a la imagen y el sonido. “Es realmente mágico lo que hemos hecho”, señala Kira Perov, la esposa de Viola y comisaria junto a Jérôme Neutres de la muestra. “A medida que hemos construido el espectáculo, hemos escuchado las piezas”.

Teaser de la exposición con la obra 'Tristan's ascension', de 2005. 

Tan solo tres frases guían la retrospectiva y sirven de introducción a la triple temática metafísica en torno a la cual se articula: ¿quién soy?, ¿dónde estoy? y ¿adónde voy?. Dos citas del artista —“Nací al mismo tiempo que el vídeo” y “El paisaje es un vínculo entre nuestro yo exterior y nuestro yo interior”— y una de William Blake, que da la bienvenida al inicio del viaje —“si las puertas de la percepción estuvieran abiertas, entonces todo aparecía tal y como es: infinito”— son así las únicas claves puestas a disposición del visitante.

El todo anima a perderse por sus salas en la penumbra, sin esquema lineal, abriéndose plenamente a las sensaciones. La búsqueda de la inmortalidad, las referencias religiosas cada vez más explícita (crucifixión, ascensión, purificación…), la herencia de la pintura clásica, de la filosofía asiática y sobre todo de la budista o la exploración de la intimidad recorren toda la obra. La más monumental de las instalaciones, Going Forth by Day (2002), inspirada en el libro de los muertos de los antiguos egipcios y los frescos de Giotto, invita a adentrarse físicamente en el interior de la obra: las cinco proyecciones perfectamente sincronizadas invaden los cuatro muros de la sala dejando libertad absoluta a la atención del espectador.

Teaser de la exposición con la obra 'The deluge', de 2002.

Con este homenaje a la “odisea artística y tecnológica” de Viola, el Grand Palais sigue así la estela marcada desde hace tiempo por el Whitney Museum de Nueva York, la National Gallery de Londres, el Getty Center de Los Ángeles o los Guggenheim de Nueva York y Bilbao, esta última en 2004. Con ella pretende abrir su programación a "todos los medios artísticos". Para completar la experiencia Viola, la Ópera de París volverá a representar en abril su producción conjunta con Peter Sellars de la ópera de Wagner Tristán e Isolda, recientemente programada en el Teatro Real de Madrid.

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