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PURO TEATRO

Humo y rosas: dos noches en el TNC

Dos notables espectáculos en el Teatre Nacional de Catalunya: 'La rosa tatuada' y 'Fum'

Marcos Ordóñez
Montse Esteve y Clara Segura, en una escena de 'La rosa tatuada'.
Montse Esteve y Clara Segura, en una escena de 'La rosa tatuada'. May/Zircus

1 El principi d’Arquímedes (2011), el gran éxito de Josep Maria Miró en la Beckett y luego en la Villarroel, era una obra acerca de cómo crece y se expande una sospecha, un rumor. El título de su esperada nueva función, Fum (humo), que se representa en el TNC, alude, diría, a lo impalpable que brota, envuelve, enturbia, y al disiparse deja, desnudos, los sentimientos ocultos. Como indica el refrán, no hay humo sin fuego. Los protagonistas son dos parejas, una joven y otra madura, atrapadas en un hotel, en África, durante una revuelta. Àlex (Joan Carreras) y Eva (Anna Sahun) han ido para recoger el hijo adoptado que tal vez salve su relación. Laura (Carme Elias) y Jaume (Lluís Marco) tenían allí una casa para pasar las vacaciones, pero ahora solo piensan en escapar del país, tan pronto se abra el aeropuerto. La acción transcurre en ese hotel, en sus respectivas habitaciones y en una sala con bar. Ecos, reminiscencias: algo de Lunas de hiel, de Polanski, con unas gotas de Ford Madox Ford. Y estrategias cercanas al Benet i Jornet de Desig y El gos del tinent. Carme Elias está perfecta en su papel: misterio, elegancia, maldad, desesperación. Su personaje, multitentador, va más allá de la manipuladora al uso. Elias y Joan Carreras atraen instantáneamente la atención. A Anna Sahun le falta un poco más de voltaje en su monólogo, cuando relata lo que le sucedió al romper el cerco, cuando “todo lo de fuera empezó a pasarme por dentro”. Lluís Marco es un viejo escritor para quien todo comienza a convertirse en un sonido de fondo, cada vez más lejano. Tarda en atraparnos, pero es que sus pasajes más poderosos están hacia el final: así está repartido el juego. Hay una escena redonda como un cuento, con la atmósfera perfectamente dibujada y una espléndida, irradiante imagen central: el hombre que también ha roto el cerco pero en sentido inverso y golpea su cabeza contra el vidrio aislante del hotel, de madrugada, como el vicecónsul aullando en India song. Iremos sabiendo, poco a poco pero con absoluta claridad, lo que les sucede a los cuatro personajes. Ese paso de la niebla a la luz más cruda está graduado con gran talento por Miró, porque no hay cartas bajo la manga, no hay revelaciones “sorprendentes” ni coups de théâtre. Hay verdades que afloran como balas disparadas con silenciador, hay gente que rompe a hablar como quien se confiesa ante un desconocido, hay una mano temblorosa, una mujer sola y muerta de miedo entre unos matorrales, unas vidas que de repente han saltado por los aires. Fumes una función sutil, inteligente, con conocimiento del corazón humano, muy bien armada y dirigida por su autor. Única pega: la encuentro un punto demasiado solemne, empezando por la música. Le falta algo de humor (negro, glacial, pero humor) para que el cuadro quede completo. 

Clara Segura hace suyo, con pasión y humor, un rol que interpretaron Maureen Stapleton o Anna Magnani

2 Hará unos años, con motivo de su representación en Londres, escribí que La rosa tatuada es una flor extraña en el jardín de Tennessee Williams, siempre desbordado de plantas venenosas: una comedia romántica, una celebración de la vida. La escribió en el hotel Colón de Barcelona, en apenas un mes del verano de 1951, durante una de las pocas épocas felices de su vida, tras su luna de miel en Italia con Frank Merlo. Sus tonalidades son tan cambiantes como el viaje espiritual de Serafina delle Rose, la protagonista, que tras el dolor lacerante de la primera parte, sembrada de pérdidas, amanece en una adorable (aunque excesiva) mezcla de farsa, romance y cuento de hadas. A veces el salto se produce en una misma escena: Serafina intenta embutir su cuerpo en un antiguo vestido para asistir a la fiesta de graduación de su hija y, al minuto siguiente, ha de lidiar con la noticia que echa por tierra el recuerdo de su esposo muerto. También es singular el perfil de su insólito rescatador: Alvaro Mangiacavallo es un niño grande, pícaro y desarmantemente torpe. “¡El cuerpo de mi marido con la cabeza de un payaso!”, dice Serafina, como si estuviera viendo al mismísimo Bottom.

Clara Segura hace suyo, con toda la pasión y todo el humor, en un trabajo impecable, un rol que interpretaron actrices tan distintas como Maureen Stapleton, Anna Magnani, Concha Velasco y Zoë Wanamaker. O la lejana María Arias, que la estrenó en el Beatriz, en 1958, a las órdenes de Miguel Narros. Bruno Oro, un actor que se prodiga poco en los escenarios, fue durante un tiempo pareja artística de Clara Segura, con la que sigue teniendo una evidente química. Borda el desaforado personaje de Mangiacavallo, aunque ambos me parecen un tanto por debajo de la edad requerida. Muy bien, igualmente, Marta Ossó (Rosa, la hija), David Marcé (Jack, el un tanto inverosímil marinero virgen) y Assunta (Montse Esteve), la amiga de Serafina. El resto del amplio reparto ha de cumplir, por exigencias del texto, con papeles de mera composición, que oscilan entre el apunte y la caricatura: destacan Màrcia Cisteró y Antònia Jaume como las enardecidas Bessie y Assunta, Oriol Genís como el padre Leo y Alicia González Laá como la fatalísima Estelle Hohengarten. También es una lástima que notables actrices como Rosa Cadafalch y Teresa Urroz hayan de interpretar papeles todavía más leves, como los de miss Yorke y la strega. El estupendo decorado de Max Glaenzel está muy cerca del que creó Mark Thompson para el montaje de Nicholas Hytner en el Olivier: un espacio vacío donde gira la casa de madera de Serafina, con las persianas atravesadas por la luz de los camiones y la sombra de las palmeras (espectacular iluminación de Mingo Albir). Carlota Subirós, que también firma la traducción catalana, ha vuelto al TNC 13 años después de Ària del diumenge, su espectáculo sobre textos de Joan Oliver, y lleva a cabo una dirección minuciosa e imaginativa (ese coro que rompe a cantar Sexual Healing de Marvin Gaye como invocación liberadora), pero, pese a su ligereza de trazo, su humor benévolo y la belleza de su personaje central, la función me sigue pareciendo un relato alargado y sobrecargado de imaginería. A propósito de canciones, es raro que a nadie se le haya ocurrido, que yo sepa, convertirlo en un musical: viendo la función pensé mucho en The most happy fella, de Frank Loesser.

Fum (humo). Dirección: Josep Maria Miró. Intérpretes: Joan Carreras, Carme Elias, Lluís Marco y Anna Sahun. Teatre Nacional de Catalunya. Hasta el 26 de enero. La rosa tatuada. De Tennessee Williams. Dirección: Carlota Subirós. Intérpretes: Clara Segura, Bruno Oro, Marta Ossó, David Marcé, Montse Esteve. Teatre Nacional de Catalunya. Hasta el 2 de febrero.

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