Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN

Rock latino, felizmente

Portada del número extra de 'Rolling Stone'.
Portada del número extra de 'Rolling Stone'.

Ya se ha comentado aquí esa descarada iniciativa de la revista Rolling Stone, en su versión estadounidense. Una vez al año publica un número parcialmente dedicado a la actualidad “latina”, en inglés. La última edición, número 1196, resultó particularmente desafortunada.

Una desdicha: coincidió con la defunción de Lou Reed. Y allí tienen en portada un primer plano de un Lou sombrío, mientras que la contraportada, dedicada a The latin hot list 2013, ofrece el tostado cuerpo de Naya Rivera, actriz de la serie Glee con ambiciones de cantante.

Aunque lo quisieran, difícil escenificar más escandalosamente los estereotipos dominantes en los mass media estadounidenses. En su contenido anglo, rinde un solemne homenaje a uno de los pilares de la cultura rock. En su oferta latin, celebra los nombres hispanos de moda (“hot”), desde un chef a un canal de TV. Significativamente, entre las once personas o tendencias destacadas no hay rock, a no ser que atribuyan esa etiqueta a la Williamsburg Salsa Orchestra o Robi Draco Rosa. ¡Y estamos hablando de Rolling Stone!

Unas semanas después me reconcilio con la marca. Aunque venga de una empresa diferente, la que lanza la edición mexicana de Rolling Stone: publica un número extra dedicado al rock latino. Más exactamente, Rock latino: los orígenes del rock en nuestro idioma, desde 1957 a 1970.

La fobia del PRI mexicano contra las concentraciones juveniles desembocó en la prohibición del rock

Estoy impresionado. Ese tipo de entregas extra son relativamente frecuentes en las revistas historicistas británicas pero más desconocidas en nuestro ámbito cultural. Allí se editan monográficos sobre el rock de épocas o estilos; sorprende que el foco de Rock latino sea bicontinental. Y no se trata esencialmente de una plataforma publicitaria, como el número latin del Rolling Stone neoyorquino: sólo he contado tres páginas de publicidad entre las 108.

El que Rock latino venga de México sirve para recordarnos que el centro de la cultura hispana se está desplazando, si no ha instalado ya allí, hacía el país de los aztecas. Por peso demográfico, por su infiltración en Estados Unidos y por su generosidad. Vean: Rock latino reparte su espacio entre México, Argentina, España y, de forma tangencial, otros países como Uruguay o Venezuela. Resulta inconcebible que una publicación mainstream española o argentina fuera capaz de abarcar tanto. Por chovinismo, ignorancia o pura falta de imaginación.

Cierto que el rock mexicano padeció unos terribles años oscuros que desconocimos en Argentina o en España. Aunque sufriéramos dictaduras, se siguió practicando abiertamente el rock hasta cuando se hizo psicodélico y progresivo, mientras que en México fue empujado a la clandestinidad, a unos infectos recintos improvisados, los hoyos fonqui.

El primer trauma fue la matanza de Tlatelolco. Entre los comentarios recogidos en Rock latino, puntualiza Jorge Castañeda: la represión gubernamental entre junio y octubre de 1968 causó 85 muertos, no los 600 que se suelen manejar. Aún así, suficientes para cercenar las fantasías revolucionarias de aquellos estudiantes que desfilaban con una pancarta de Che Guevara en la cabeza de la manifestación.

Castañeda y otros entrevistados también mencionan que el horror causado por aquella masacre impidió que los sucesivos gobiernos volvieran a usar a los uniformados para imponerse a tiro limpio, al menos contra los hijos de la clase media. Pero el PRI desarrolló una fobia contra las concentraciones juveniles. En 1971, se les coló una especie de Woodstock, cuando una carrera de coches en Avándaro, cerca del Distrito Federal, incluyó una programación musical que atrajo tal vez a 250.000 personas. El hecho de que se fumara mota abiertamente y que una chica se desnudara —la famosa encuerada de Avándaro— fue suficiente para establecer una prohibición del rock no por implícita menos efectiva.

Rock latino no es un modelo de periodismo rock: demasiados altibajos en sus textos. Pero sí sirve para recordarnos que los hispanos tenemos una historia musical en común, ahora minimizada por la era Internet. El hecho de convertirnos en ciudadanos de la Nación Pitchfork lleva implícito una renuncia: el olvido de quiénes somos y de dónde venimos. Es un precio demasiado alto.