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OPINIÓN

La otra mitad de la vida

En ese oficio de buscar la palabra y el libro estaba predestinado a ser un editor, un 'Publisher', y llegó a esos mundos naturalmente

Josep Maria Castellet en una fotografía de 2012. Ampliar foto
Josep Maria Castellet en una fotografía de 2012.

Aquel hombretón que parecía sacado de un álbum de las viejas glorias del baloncesto americano se sentó tan largo como era, con los pies avanzando hacia el otro extremo de la mesa, se alisó el pelo escaso que peinaba como con pena de los tiempos perdidos, y exclamó:

--Ya ves, ahora ya solo tengo la mitad de la vida.

Acababa de morir su mujer, su compañera de muchísimos años, y ya él estaba allí, en aquella casa que parecía la biblioteca de un don de Oxford, más solo que nunca. Para él los paraísos ya eran los de la memoria; persistían algunos, físicos, tangibles aún, como aquel lugar de Sitges donde se refugió para escribir o recopilar libros o versos, o como su último lugar de la montaña, donde buscó el aire que ya le faltó definitivamente ahora.

Su organismo buscaba el papel impreso, el libro que constituyó el eje de su vida, y con eso, con ese tacto, se conformaba también en lo que le iba restando de vida. Pocas veces, en ese tránsito que acabó ahora, se le escuchó quejarse de su condición física, de ese pulmón desairado que lo acompañó desde la adolescencia y que ahora le privó primero de la voz (y de la palabra) y luego de la vida misma.

En ese oficio de buscar la palabra y el libro estaba predestinado (en el sentido inglés, pero también en nuestro sentido) a ser un editor, un Publisher, y llegó a esos mundos naturalmente, desde los grandes proyectos de la cultura catalana de la época anterior a la transición; en la transición misma esa vocación (política, editorial) se acentuó igual que su buen gusto para constituir un catálogo (el de Ediciones 62) que se parece con clarividencia a su propio gusto.

Había otros placeres en Josep Maria Castellet; sonreír, por ejemplo; su sonrisa era amplia, como veraniega, y respondía así al estímulo de la amistad; tenía amigos fijos y transeúntes, y con todos ellos prodigó la generosidad con la que, en el ámbito del editor, en el sentido inglés, acogió a los jóvenes novísimos que antologizó casi jugando.

Es imposible imaginar a este hombre ya sin voz; pues así pasó; tengo de él una última imagen inquietante, en un documental emitido por TVE sobre su amigo Jorge Semprún. El documental se puso en el aire a finales de diciembre, y en él estaba mudo; al lado de su amigo y compañero Xavier Folch, que hablaba, Castellet permanecía sonriente y mudo, como si estuviera ante nosotros tan solo la mitad de la vida del hombre.

Para mí fue esa como una premonición triste, así que unos días repetí la llamada que a veces le hacía. Estaba en el hospital, sin voz, Castellet sin voz; era ya el fin del año, y fue el último fin de año de este hombre que completó una vida plena, gozosa, en la que cuando se puso la tristeza también reaccionó como si el tiempo no lo fuera a vencer.

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