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crítica de 'el barbero de sevilla'

A este ‘tournedó’ le falta el madeira

Esta versión es correcta pero poco seductora, más de oficio que brillante

Un momento de la representación de 'El barbero de Sevilla'.
Un momento de la representación de 'El barbero de Sevilla'.

En el equipaje de mano de los aficionados a la ópera raro es que no esté en un lugar preferente El barbero de Sevilla. Melodramma buffo esencial en la historia del género lírico, despertó la admiración de Beethoven y Verdi, o abriendo el campo a otros territorios de la cultura, provocó elogios de Stendhal, Balzac, Hegel o Schopenhauer. El propio Rossini ha incitado al espectador a dejarse llevar por el italo dolce cantare che nell’ anima si sente. Bellos sonidos vocales, instrumentación limpia, valor predominante de la melodía, ritmo claro y variado, armonías tradicionales, ornamentación en función de la teatralidad. Todo ello tratado con esa ligereza poética inigualable que caracteriza a la música de Rossini. Esta obra maestra absoluta abrió el sábado la temporada de ópera del Real con una reposición del montaje dirigido por Emilio Sagi en 2005, aunque sin contar, como entonces, con el gran tenor rossiniano de nuestra época, el peruano Juan Diego Flórez.

Los resultados artísticos no pasaron de la discreción para un espectador madrileño con cierta experiencia y nivel de exigencia, y, sin embargo, resultaron satisfactorios para los que se acercaban a este título por primera vez, por la sencilla razón de que esta ópera por sí misma es tan genial que puede con todo. En paralelo, una segunda opera buffa, con muy poca gracia, acaparaba las conversaciones en los pasillos del teatro en el intermedio, haciendo la competencia a los comentarios sobre la representación. Me refiero a la grotesca historia, en el fondo y en la forma, del relevo de la dirección artística en el Real. Lo que pude escuchar iba de lo sarcástico al escepticismo más delirante. Pero, en fin, como diría el cineasta Billy Wilder, “eso es otra historia”.

EL BARBERO DE SEVILLA

De Rossini. Edición crítica de Alberto Zedda.

Con Dmitry Korchak, Bruno de Simone, Serena Malfi, Mario Cassi, Dmitry Ulianov y Susana Cordón.

Director musical: Tomas Hanus.

Director de escena: Emilio Sagi.

Teatro Real, 14 de septiembre.

No es nada fácil interpretar a Rossini, dar con el estilo adecuado. Y más si se trata de un título enraizado en lo cómico. En vez de enfocar una obra como El barbero con un tono elegante en la tradición de la comedia de caracteres, se tiende a enfatizar, al subrayado fácil. El distanciamiento principal del espíritu rossiniano vino en la representación del Real del planteamiento musical. No dudo de la calidad profesional de Tomas Hanus en otros repertorios, pero su rossini carecía de chispa, de intencionalidad, de levedad. Los crescendos eran vulgares, los contrastes demasiado marcados. Sí se ajustó, sin embargo, a los tiempos que necesitaban los cantantes, algunas veces rozando lo caprichoso. La puesta en escena de Sagi iba en otra dirección. Magistral en el comienzo, pletórica de hallazgos teatrales, desigual hasta el desconcierto, pendiente en todo momento de la vitalidad del baile. Me gustó más que en 2005, pero sigo percibiéndola como marcadamente racional, más pendiente de la organización que de la locura. Prefiero en los acercamientos a Rossini de Sagi esa pasión teatral que desarrolla de principio a fin en títulos como El viaje a Reims. Pero, en cualquier caso, su barbero es vistoso, colorista, alegre y tiene perspectiva teatral.

Dos cantantes que respondieron a las mil maravillas desde una dimensión escénica fueron Susana Cordón, como Berta, y el veterano Bruno de Simone como Don Bartolo, aunque se las viese y desease en el apartado puramente vocal. Serena Malfi posee un color vocal muy atractivo aunque su esperada aria Una voce poco fa fue atropellada en el fraseo y con un punto de retórica. Tal vez la voz más convincente fue la de Ulyanov como Don Basilio, con una Calumnia de peso. Discretos Mario Cassi como Fígaro, y Korchak como Conde de Almaviva. No fue un reparto para tirar cohetes, aunque hubo algunos detalles de mérito.

En líneas generales, fue una representación correcta pero poco seductora, más de oficio que brillante, más de trazo grueso que luminosa. Sin trufa ni foie, o, en plan más castizo, sin sal y pimienta. ¿Se imaginan un tournedó Rossini sin vino de Madeira o, al menos y como solución de emergencia, sin un Pedro Ximénez? Pues eso.