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Festival de cine de Toronto: Luces y sombras de un mastodonte

El Festival de Toronto se clausura este domingo tras proyectarse 370 películas

‘12 años de esclavitud’, ‘Agosto’ y la española ‘Caníbal’, entre los títulos más alabados

De izquierda a derecha, Julianne Nicholson, Meryl Streep y Julia Roberts, en un fotograma de 'Agosto' de John Wells.
De izquierda a derecha, Julianne Nicholson, Meryl Streep y Julia Roberts, en un fotograma de 'Agosto' de John Wells.

Echando un vistazo a los puntos neurálgicos del Festival de Toronto se puede deducir —con rapidez— que los periodistas ya han hecho la mudanza (algunos a casa, otros a preparar su viaje a San Sebastián o a Londres, donde arrancan las próximas grandes citas del calendario cinematográfico) y el certamen ha quedado reducido a lo que en realidad importa: el cine. Son días, hasta el domingo que se acaba, para intentar recuperar las películas que se han escapado (demasiadas) o para disfrutar de una ciudad que ha respirado con el séptimo arte durante 10 días.

Algo gordo tendría que pasar para que Chiwetel Ejiofor no llegue a los Oscar

 El evento arrancó con El quinto poder: dentro de Wikileaks, de la que convenció su protagonista, un inmenso Benedict Cumberbatch, y que dejó dudas en la crítica, dividida ante la visualización de la historia de la página web de filtraciones más importante de la historia. Menos dudas generó Prisoners, la nueva película del realizador canadiense Dennis Villeneuve, que con un reparto de lujo (incluyendo a Hugh Jackman, Jake Gyllenhaal y Melissa Leo) gustó, y mucho, al respetable. Tampoco fallaron las magníficas Agosto, Mandela y —sobre todo— 12 años de esclavitud. La primera, con Julia Roberts y Meryl Streep al mando (y rumores de que las dos se llevaron poco menos que a matar durante el rodaje), traslada la magnífica obra de teatro de Tracy Letts a los brazos de un arte completamente distinto, y lo hace con una delicadeza remarcable: ni una gota de la mala baba del original se pierde en la traducción. La segunda, Mandela, llevará —casi con total seguridad— a su protagonista, Idris Elba, a la carrera por los Oscar, después de un memorable tour de force para encarnar a uno de los estadistas más importantes de la historia. En cuanto a 12 años de esclavitud, nada que no pudiera suponerse: el filme es excepcional, durísimo y absolutamente relevante. Algo muy gordo debería pasar para que su protagonista, Chiwetel Ejiofor, y un apabullante Michael Fassbender (en el papel más duro —por repulsivo— de su carrera) no figuraran de entrada en la lista para hacerse con las estatuillas de la Academia.

Chiwetel Ejiofor y Michael Fassbender, en '12 años de esclavitud'. ampliar foto
Chiwetel Ejiofor y Michael Fassbender, en '12 años de esclavitud'.

Y de reojo, un montón de buenas películas, con especial atención a dos joyas: la primera The invisible woman, lo último de Ralph Fiennes (a ambos lados de la cámara) después de la impresionante Coriolanus. En esta ocasión el británico se disfraza de Charles Dickens para ofrecer una preciosa historia centrada en el romance entre el escritor y una jovencísima actriz (la estupenda Felicity Jones) con un trabajo visual de altos vuelos y una dirección ajustadísima que promete muchas alegrías a los cinéfilos. La otra, con sello nacional, es Caníbal. El filme de Manuel Martín Cuenca, cuyo título es engañoso porque (aunque sí, hay un caníbal) en realidad es una historia romántica, con Antonio de la Torre ejerciendo de hombre orquesta y la sencillez de una actriz magnífica, Olimpia Melinte. Caníbal y, en no menor medida, la sorprendente Gente en sitios (de Juan Cavestany) han probado en Toronto que hay vida en el cine español, por mucho que algunos se empeñen en remar siempre en la dirección contraria: la de hundir esa nave.

Navegando en la programación de Toronto uno podía llegar también a películas como The railway man, con Colin Firth y Nicole Kidman, que resultó ser la mitad de lo que debería haber sido, pero que sale del embrollo de una dirección confusa gracias al aplomo de Firth y del trabajo como secundario del siempre magnífico Stellan Skarsgard. El filme, que arranca con el siempre temible “basado en una historia real”, cuenta la historia de uno de los soldados convertidos en mano de obra esclava por el ejército japonés (uno de los episodios más oscuros de la II Guerra Mundial, en la que se basó El puente sobre el río Kwai) que descubre que su torturador está vivo y decide ir a su encuentro. Otras películas, como Rush, Kill your darlings y Horns, cubrieron las expectativas de un modo discreto, aunque esta última (adaptación de la obra homónima de Joe Hill, Cuernos) resultó ser mucho más divertida de lo esperado, con un Daniel Radcliffe explotando sin complejos su lado más canalla.

Colin Firth salva el drama ‘The railway man’ de una dirección confusa

Y más allá del eterno cine comercial (estadounidense, anglosajón o europeo, que de todo había) algunas maravillas que difícilmente encontrarán distribución en nuestro país y en esa lista un documental deliciosamente marciano: Jodorowsky’s Dune. La historia de la película que podía haber sido y no fue (la acabó firmando David Lynch) se convierte en manos de Frank Pavich en un homenaje al mundo del cine underground y especialmente al propio Jodorowsky, por donde pasan figuras como H. R. Giger, Nicolas Winding Refn, Richard Stanley o Michel Seydoux.

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