Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

... y las peñas enmudecieron

El toro desistió de su empeño natural y los ánimos en la plaza se escaparon por el desagüe de hastío

Alberto Lopez Simon en su pimer toro .
Alberto Lopez Simon en su pimer toro .

Cuando no hay toro, todo se desbarata y se vuelve gris; se apaga la ilusión y la corrida pesa como una losa. Se impone, entonces, el silencio, la cara de circunstancias, el aburrimiento y el deseo irrefrenable que todo aquello termine con la mayor brevedad posible.

Hoy, en esta Pamplona festiva, algo se rompió en el alma. El toro, el gran protagonista, desistió de su empeño natural y los ánimos se escaparon por el desagüe de hastío. La plaza no vibró como en ocasiones precedentes; no se perdió el jolgorio, pero no hubo alegría. Las peñas cantaron poco, los de la sombra comieron el bocadillo como sin ganas y las caras de los espectadores denotaban una desilusión imperante.

Y todo por culpa del toro; porque la corrida de Alcurrucén, muy bien presentada, musculada, astifina y bien plantá, estaba vacía por dentro. Los seis ejemplares derrocharon mansedumbre, falta de casta y de clase, y sosería. Y así no es posible el espectáculo; así, la piedra del asiento se vuelve más dura que nunca, se te quitan las ganas de bailar y comes como por obligación, aunque aquí no se perdona el bocadillo aunque el ánimo esté por los suelos. En fin, que Alcurrucén se cargó por un instante la alegría festiva de los Sanfermines.

La fiesta del toro exige codicia, acometividad y casta, y toreros valientes y decididos a trabajar por el triunfo; la fiesta del toro exige alegría. Pero cuando al animal le cuesta un mundo embestir, es un dechado de sosería y mansedumbre y las ilusiones de los toreros se estrellan contra el muro infranqueable de la falta de clase, todo se desluce.

Eso fue lo que ocurrió en Pamplona; hubo toreros valerosos e ilusionados por convertir el compromiso en un trampolín para sus vidas; hubo decisión de verdad, y se jugaron el tipo, pero no había agua en el pozo sin fondo de la ausencia de casta.

En su línea de seguridad y firmeza se mostró el ascendente Ferrera, pero no pudo más que mostrar buenas intenciones ante un lote de toros guapos y sin gracia. Volvió el sevillano Nazaré y tampoco le acompañó la suerte. Necesitaba el triunfo para seguir en su decidido y dificultoso empeño por ser figura, pero no era fácil salir airoso ante dos mulos insulsos preñados de tristeza. Algún muletazo trazó ante el quinto, pero no pudo levantar el vuelo; a pesar de todo, dio una vuelta al ruedo casi por su cuenta para que quedara constancia de su decisión.

Y López Simón —otro joven torero al que le está costando un mundo despegar—, armado de valor, se empeñó en dar pases a un poste, que eso era su primero (por cierto, este volteó al subalterno David Peinado Chetu a la salida de un par y le hizo una considerable brecha en la cabeza). Se movió algo más el sexto, pero nada. En fin, que la plaza quedó enmudecida porque el protagonista no estaba para fiestas.