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IN MEMORIAM

Juan Antonio González Cárceles, arquitecto

Era un profesional responsable y un entusiasta enseñante de la arquitectura

El modo en que Juan Antonio González Cárceles ejerció su profesión de arquitecto siempre me pareció brillante, excepcional; ahora que se nos ha ido y ha dejado un clamoroso vacío en la Escuela de Arquitectura (entre los profesores, los alumnos, el personal de administración y servicios…), comprendo mejor que nunca que esa condición manaba naturalmente de su propio “ser excepcional” como persona. El rigor, entrega y responsabilidad con que abordó siempre sus quehaceres profesionales no eran distinguibles de su natural generoso y afable hacia todos los que tuvimos la fortuna de tratarle; ni distinguibles tampoco de su —tan coherente— compromiso social.

Nació en 1951. Se formó en la Escuela de Arquitectura de Madrid, donde se tituló en 1976 y en ella, en el departamento de Estructuras de la Edificación, impartió su docencia desde 1977, con una lucidez y un entusiasmo que nos contagiaba a todos sus compañeros. Su envidiable capacidad de trabajo le permitió, también, un relevante ejercicio libre de la profesión. En sus proyectos, se interesó en particular por la vivienda, que fue objeto asimismo de sus estudios teóricos y de su participación en publicaciones —Vivienda reducida (2006), La vivienda social en Europa (2008)—. Fue especialista en diseño y cálculo de estructuras, campo en el que desarrolló notables proyectos de obra nueva y de intervención en el patrimonio.

A esta vertiente técnica, a la que sumó un profundo conocimiento y desarrollo de sistemas informáticos (muy tempranamente: cuando ello no era, por cierto, tan habitual como en nuestros días), unió su formación humanista, la del hombre culto y capaz de estructurar —y reestructurar— los esquemas de conocimiento. En el ámbito de la Escuela de Arquitectura fueron sobresalientes su labor como director del proyecto Aagrafa (Adquisición y Almacenamiento Gráfico de Arquitectura) para la digitalización y catalogación de fondos documentales de arquitectura (fondos FEDER I+D) y sus logros como editor de facsímiles del magnífico Fondo Antiguo de la biblioteca.

Nos hizo ver ese camino, no siempre

fácil de encontrar, que va

de la inteligencia a la bondad

En la Comisión de Cultura del Colegio de Arquitectos de Madrid, durante el decanato de Fernando Chueca Goitia (1999- 2002), desarrolló una enorme actividad, entre las que destacó la dirección técnica del ciclo El arquitecto enseña su obra (que consiguió un eficaz acercamiento de la arquitectura a la sociedad y que, por ello, fue premiado por el Ayuntamiento de Madrid). En este Colegio, como vicesecretario (2002-2007), realizó otras muchas aportaciones y tareas de renovación tecnológica.

Como investigador, participó en distintos proyectos I+D. Una de sus últimas grandes aportaciones a la investigación de la arquitectura y la ciudad fue la realizada con motivo de la exposición La Facultad de Filosofía y Letras de Madrid en la Segunda República. Arquitectura y Universidad durante los años 30 (Madrid, 2008), de la que fue comisario junto con Santiago López-Ríos y de la que nos ha dejado un libro, que es ya referencia obligada, premiado también. Este trabajo se inscribía en su largo conocimiento e interés por la construcción de la Ciudad Universitaria madrileña y por su prematura destrucción en la Guerra Civil (interés paralelo al de su afán por la recuperación de la memoria histórica).

La enfermedad, contra la que luchó valientemente durante los últimos años, nos lo ha arrebatado en la tarde del 29 de mayo, cuando le quedaba todavía mucho por hacer, y su agudeza y su amplitud de miras le abrían de continuo nuevos campos. Hasta el final de su vida siguió emprendiendo proyectos, estudios e ideas que sabía que ya no llegaría a terminar; pero que, siempre desprendido, dejaba para que concluyeran otros. Ha muerto joven: muy joven por dentro —naciente siempre a todo— y muy joven por fuera; su rostro representaba muchos años menos de los que ya iba cumpliendo (y parecía más joven aún cuando, al salir de clase, dejaba a sus alumnos y, con la agilidad de cualquiera de ellos, se subía a su histórica moto BMW).

Con el profesor González Cárceles siempre salíamos ganando, siempre obteníamos más de lo que podíamos darle. Con él aprendimos todos, compañeros y alumnos; nos hizo ver ese camino, no siempre fácil de encontrar, que va de la inteligencia a la bondad: el modo en que Juan era inteligente —una inteligencia limpia, libre, creadora— era su manera de ser bueno, generoso, tranquilo, atento a todos. Por eso hoy, a tantos compañeros en la Escuela y en el Colegio de Arquitectos, nos resulta tan penosa —¡tan literalmente inadmisible!— su ausencia.

Javier García-Gutiérrez Mosteiro es catedrático de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid.