FERIA SAN ISIDRO

Frío vendaval de cuernos

Un año más, la ganadería de Samuel Flores ha vuelto a demostrar que solo puede lucir pitones Los toreros, inéditos; venir a Madrid a ver si suena la flauta suele ser una quimera

El diestro Rubén Pinar en la faena de muleta al primero de su lote durante el vigésimo segundo festejo de la Feria de San Isidro.
El diestro Rubén Pinar en la faena de muleta al primero de su lote durante el vigésimo segundo festejo de la Feria de San Isidro.SAmuel Sánchez

Hizo frío para dar y regalar, una tarde invernal donde las haya a pocas horas de que comenzara el mes de junio; el viento sopló con inusitada fuerza, de modo que los toreros no pudieron controlar capotes ni muletas, con el peligro añadido que ello supone. Y también hubo cuernos, gruesos, largos y llamativos; y algo más: mansedumbre y falta de clase y de casta. En una palabra, un horror. No puede extrañar a nadie que muchos espectadores escaparan de la plaza mucho antes de que finalizara el festejo porque el cóctel del frío helador, el viento molesto y los toros basura no hay alma que lo soporte.

Un año más, y van…, la ganadería de Samuel Flores ha vuelto a demostrar que lo único que puede lucir son pitones. Y se dice bien, porque sus toros no estuvieron bien presentados, pues detrás de la cara no había seriedad ni cuajo en la mayoría de los que salieron al ruedo. Y su comportamiento no tiene nombre. Ya el primero dio la voz de alarma; costó un mundo llevarlo al caballo y del encuentro salía en estampida cuando notaba la puya. Y así uno detrás de otro, a cual mayor calamidad, incluido el quinto, que solo tenía pitones y mala clase, o el sexto, que era un cobarde, que huyó de la muleta de Pinar por toda la plaza. Solo el lote de Pérez Mota, que vino a confirmar su alternativa, se dejó dar algún muletazo detrás de una nobleza tonta que más sonaba a simpleza. En fin, un desastre de corrida, propia de esta modernidad en la que nos hemos acostumbrado a ganaderías insoportables que, sin motivo alguno, vuelven año tras año para sufrimiento de todos.

Flores/Cortés, Mota, Pinar

Toros de Samuel Flores, -el tercero, devuelto- desiguales de presentación, descarados de pitones, muy mansos, descastado y sin clase. Sobrero, de Aurelio Hernando, manso.

Antón Cortés: pinchazo y bajonazo (silencio); estocada (silencio).

Pérez Mota, que confirmó la alternativa: metisaca, estocada _aviso_ (silencio); estocada _aviso_ y tres descabellos (ovación).

Rubén Pinar: estocada _aviso_ (ovación); casi entera caída (silencio).

Plaza de Las Ventas. 31 de mayo. Vigésimo tercera corrida de feria. Casi lleno.

¡Ya está bien con la ganadería de Samuel Flores...! Ya es hora de que aparque y deje de venir a esta feria por una larga temporada. Mientras tanto, no estaría de más que buscara algo más que cuernos, porque ha llegado un momento en que esos feos sombreros no producen asombro, sino sonrojo. Sobre todo, porque detrás de la fachada solo queda carne amorfa de un mulo.

Así las cosas, y con el invitado del vendaval, no estuvo la tarde para el triunfo, que, sin duda, necesitaban los tres toreros, que cada uno lo buscó como pudo, y ninguno lo encontró.

La verdad es que venir a Madrid a ver si suena la flauta suele ser una quimera. La flauta no suena. Venir a la desesperada puede ser humano, pero es una actitud condenada al fracaso. A pesar, incluso, del valor, la disposición, la buena voluntad y las maneras de cada cual.

Hizo el paseíllo un gaditano llamado Pérez Mota, que tomó la alternativa en el año 2007 y aún no la había confirmado. Torea poco y vino para probar suerte y, si fuera posible, relanzar su carrera. Difícil empeño. El torero se empleó a fondo, dio de sí todo lo que lleva dentro, que no es poco, se jugó el tipo de verdad, incluso le robó muletazos estimables a sus dos noblotes toros, pero al final se fue como vino. Eso de jugarse los cinco años de una carrera a una sola reválida es tarea harto difícil.

Mandó poco, porque su experiencia es corta, pero cuando se confió con su primero, le trazó una buena tanda de redondos; le aconsejaron desde el callejón que le bajara la mano al otro, lo hizo y dibujó un manojo de derechazos largos y templados bien rematados con largos pases de pecho. Pérez Mota estuvo muy por encima de sus circunstancias, pero él necesitaba un triunfo gordo que no llegó. Vuelve, con toda seguridad, al anonimato con el legítimo orgullo torero de haber estado por encima de su lote cornalón.

OVACIÓN: Ángel Otero y Miguel Martín, de la cuadrilla de Cortés, se lucieron de verdad en el tercio de banderillas.

PITOS: Otro fracaso de la ganadería de Samuel Flores, toros corralones, muy mansos, sin clase y descastados.

Menos suerte tuvo Antón Cortés, que hace años dejó aquí buenos recuerdos, y volvía para reverdecer laureles. Su lote no fue propicio para su toreo agitanado y todos los intentos resultaron baldíos, destemplados e insulsos. El primero embestía a tornillazos, sin entrega ni clase alguna, y el éxito del torero fue salir indemne del encuentro. Y el otro era la sosería andante que acudía al cite porque no tenía cosa mejor que hacer. Cortés dio muchos mantazos -quizá, no era posible hacerlo mejor ante tal oponente-, y todo pertenece ya al olvido. Todo, menos su deseo de volver a una senda que la tiene muy cuesta arriba.

El más joven de la terna, Rubén Pinar, se libró de milagro de una cornada cuando el sobrero lo volteó en los inicios de la faena de muleta y lo buscó con saña en el suelo. Felizmente, la sangre solo manchó el vestido blanco y oro del torero. Fueron evidentes sus ganas de agradar, y se peleó de veras contra la luz apagada de un toro sin entrega ni recorrido. El último fue el peor del encierro. Manso de solemnidad, sin una gota de casta en las venas, salió suelto del caballo, y huyó rajado de la muleta de Rubén, que lo persiguió con desesperación por toda la plaza.

El fin de la corrida fue un respiro. ¡Una manta, por favor…!

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