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OPINIÓN

La fiesta se la juega en Las Ventas

El diestro Alejandro Talavante sale a hombros de la Plaza de las Ventas el pasado junio. Ampliar foto
El diestro Alejandro Talavante sale a hombros de la Plaza de las Ventas el pasado junio.

No hay duda. La fiesta de los toros se la juega en Madrid. La feria de San Isidro se ha erigido en su reválida más exigente por obra y gracia de la crisis económica y la decadencia del propio espectáculo. El futuro dependerá en gran manera de que la plaza de Las Ventas hierva como antaño y recupere la emoción perdida en un momento en que los antitaurinos sacan pecho y la fiesta parece noqueada en medio de un proceloso mar jurídico y político, atacada por distintos frentes, y presa de la permanente desunión de sus protagonistas.

La fiesta de los toros no será la misma si el largo ciclo venteño —26 corridas de toros, cuatro espectáculos de rejoneo y cuatro novilladas— recobra el aliento y el protagonismo que nunca debió perder. Por el contrario, pensará en tirar la toalla si las ferias de la Comunidad, San Isidro y del Arte y la Cultura no son capaces de concitar la atención de los muchos aficionados que acudirán a la plaza, recelosos ante un porvenir escaso de alegrías.

De momento, la Comunidad de Madrid y la empresa de la plaza han decidido retar a la crisis con un abono que mantiene el número de festejos de años anteriores, en el que la cantidad supera con creces a la calidad y todo queda al azar de lo que salga por los chiqueros y permita el deseado triunfo de toreros y ganaderos.

Firme es la apuesta de los gestores; arriesgada, también; más cercana, en pura teoría, a los dineros que a los previsibles éxitos, y apoyada, sin duda, en el singular atractivo de una plaza como la de Madrid, barata si se la compara con el resto de las ferias importantes, y a la que afluyen espectadores de todo el país de paso por la capital.

No hay toreros de interés para tantos carteles; no hay toros para un ciclo tan exigente, y, a la postre, cada vez son menos los aficionados que se acercan a las taquillas para tentar la suerte de una tarde emocionante.

Los taurinos son los primeros que no parecen dispuestos a dar un paso al frente para salvar la fiesta. Prueba de ello es que solo un torero, Alejandro Talavante, se encerrará con seis toros de la ganadería de Victorino Martín, lo que le ha convertido en el protagonista indiscutible de la feria madrileña.

El resto de las figuras se esconde en carteles cómodos para lidiar hierros comerciales; tal es el caso de Morante de la Puebla, anunciado tres tardes, y de Manzanares, en dos; y los hay que prefieren la ausencia, como El Juli, que se queda fuera de la feria por segundo año consecutivo, o el caso más llamativo de José Tomás, que no pisa el ruedo madrileño desde su apoteósico triunfo de 2008, o Enrique Ponce, quien, en tiempo de retirada, prefiere no hacer un alto en la calle de Alcalá.

La feria de San Isidro cuenta con siete, ocho, quizá nueve, carteles rematados, de verdadero interés sobre el papel; una mayoría de combinaciones que ocupan toreros que despiertan escaso interés y que difícilmente ascenderán de nivel, y algunas ternas de nombres desconocidos a las que se les ofrece una oportunidad mil veces soñada y a las que solo la casualidad le permitirá amortizar la cara o cruz que ya les contrae el cuerpo.

Toros hay para todos los gustos. Otra cosa es que respondan a las expectativas y necesidades.

Lo dicho: un San Isidro más largo de lo que aconsejan las circunstancias; de su éxito o fracaso dependerá el futuro. Casi nada…