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OBITUARIO

Camilo Vives, el productor que puso en pie los filmes más célebres del cine cubano

Estuvo a cargo de películas emblemáticas de la isla, como 'Lucía' o 'Fresa y chocolate'

Camilo Vives, productor cinematográfico cubano, en 2008.
Camilo Vives, productor cinematográfico cubano, en 2008. EFE

Durante cuatro décadas el nombre de Camilo Vives estuvo asociado al cine cubano de más puntería y a sus películas emblemáticas, desde Lucía, de Humberto Solas, en los años sesenta, a Fresa y Chocolate, de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, en los noventa, o Suite Habana, de Fernando Pérez, en la pasada década. Estuvo, además, al frente de la mayoría de las coproducciones realizadas con España y otros países de Europa y América Latina tras la desintegración del bloque socialista, cuando las finanzas de la industria del cine cubano se vinieron abajo y la producción de películas cayó de diez al año a una o dos, si acaso.

Vives fue, sin duda, el gran productor del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), la institución que impulsó el cine en la isla tras el triunfo de la revolución y favoreció la integración de los cineastas de la región a través del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y la fundación del mismo nombre, creada en 1985 bajo el auspicio de García Márquez.

Su fallecimiento en La Habana, el pasado 13 de marzo, a la edad de 71 años, tuvo repercusión considerable en toda América Latina, pues Vives era uno de los representantes más conocidos del cine cubano. Su larga carrera le llevó a trabajar en más de 130 películas y series cinematográficas, incluyendo cintas principales de la obra de Gutiérrez Alea, como La última cena, las comedias más famosas de Tabío o las últimas de Solas, de contenido crítico hacia la realidad y el mundo oficial, como Barrio Cuba (2006) o Miel para Oshún (2001).

Vives también ejerció como profesor titular del Instituto Superior de Arte de La Habana y presidió la junta directiva de la Federación Iberoamericana de Productores de Cine y Audiovisuales. Era un experto en la tarea ímproba de conseguir recursos donde hay bien poco donde rascar, por no decir apenas nada. En 2001 se hizo cargo de la Productora Internacional del ICAIC y se dedicó a buscar proyectos y socios para poner en marcha coproduccciones, además de a contratar servicios para proyectos extranjeros en la isla, un modo de financiar proyectos propios en aquellos momentos de crisis.

De aquella época data la colaboración con productores españoles, como Gerardo Herrero, con quien hizo Guantanamera (1995), codirigida por Alea y Tabío, y también El misterio Galíndez, del propio Herrero, o Aunque estés lejos (2003) y El cuerno de la abundancia, ambas de Tabío. También trabajó con Gutiérrez Aragón en Una rosa de Francia y en la serie para TVE Historias de la música cubana.

A mediados de la década pasada, cuando el ICAIC perdió el monopolio del cine y los cineastas, sobre todo los más jóvenes, empezaron a financiarse sus propias películas, Vives apoyó la desestatización de la industria. La muerte le sorprendió trabajando como productor independiente en La pared de las palabras, la última cinta de Fernando Pérez, con quien ya había realizado en 1999 La vida es silbar, ganadora de un Goya.