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Y al décimo año, Bowie resucitó

El ‘padre’ de Ziggy Stardust rompe una década de silencio y rescata modismos sonoros de los 70

'The next day’ demuestra su habilidad para burlar a medios, industria y fans

El cantante David Bowie en una imagen promocional del videoclip 'The stars'.
El cantante David Bowie en una imagen promocional del videoclip 'The stars'. Afp

Ya lo decían aquellos músicos hirsutos de Liverpool: “Hace ahora 20 años que el Sargento Pepper enseñó a tocar a la banda”. En el caso que nos ocupa, conviene doblar la cifra. The next day sale el próximo 12 de marzo pero, a primera vista, podría tratarse de una colección de canciones concebidas hace 40 años y acicaladas con mínimos toques de actualidad.

No es el caso. De hecho, según las abundantes entrevistas concedidas por el productor Tony Visconti, el primer álbum de David Bowie tras 10 años de silencio se elaboró ex novo y al viejo estilo. En noviembre de 2010 se ocupó un diminuto local de ensayo del East Village neoyorquino para registrar maquetas. David, Tony y un par de músicos musculosos se juntaron para trabajar sobre años de balbuceos chez Bowie, letras escritas a mano y rudimentarias grabaciones caseras. En una semana, un puñado de temas adquirieron forma provisional. David se quedó con el resultado y siguió puliendo el material.

En mayo de 2011 entraron ya en un modesto estudio profesional, Magic Shop, en el SoHo de Manhattan. Dos semanas de músicos tocando juntos hasta que sintieron en las tripas que allí estaban los cimientos de un álbum. Ese verano, Bowie se fue citando en casas de diferentes colaboradores para esbozar más temas. En septiembre de 2011, hubo otras dos semanas de trabajo a pleno rendimiento. En 2012, similares espasmos de creatividad: añadidos de otros instrumentos, retocar determinadas pistas. Mientras, el resto del mundo especulaba sobre las terribles enfermedades que sufría el músico.

Son varias y valiosas las enseñanzas de The next day. La primera, las ventajas del secretismo: extraordinaria la discreción de los implicados a lo largo de más de dos años. Todos firmaron contratos de confidencialidad, pero pesó más el sentido de lealtad: entra dentro de lo milagroso que también sus empleados, novias, mujeres, hijos o amigos mantuvieran el mismo silencio. De hecho, la única filtración vino de un convocado que no llegó a acudir: Robert Fripp, el antiguo alquimista de King Crimson contó en su blog que su amigo David le llamó para tocar en Nueva York pero no pudo viajar. Se levantó la liebre pero, caramba, nadie se enteró.

Segundo: no es cierto que habitemos en un inmenso patio de vecinos. En la segunda década del siglo XXI, si realmente deseas mantener la discreción, simplemente evitas las redes sociales y procuras esquivar a los paparazzi (es decir, todos los poseedores de un moderno teléfono). Esas celebrities que se consideran víctimas de la Red son o bien descerebrados o, más probable, torpes maquiavelos que se creían capaces de ceder exactamente una onza de su vida para alimentar la trituradora de carne.

Tercero: el pausado ritmo de elaboración revela que The next day estaba concebido como un disco clasicista. Nada de buscar al último beatmaker, nada de contratar al más reciente chico prodigio de los estudios. Bowie retrocedió hacia sus nutrientes de los sesenta: Dancing out in space parece retratar el momento en que las bandas británicas de rhythm and blues descubrieron al Bob Dylan anfetamínico, How does the grass grow sugiere la asimilación irónica de las vocecitas del doo-wop; Heat reconoce el impacto de la lustrosa voz de Scott Walker (y algún corte extra muestra igualmente la sombra de Jacques Brel). El tema If you can see me le sugiere modismos del jazz-funk a Tony Visconti pero cualquiera lo confundiría igualmente con un devaneo del primer prog-rock. Saltando ya a los setenta, I’d rather be high podría ser un tema para posible uso de sus protegidos de Mott The Hoople.

La obra 'David Bowie' de Terry O' Neil expuesta en la galería Tate de Liverpool.
La obra 'David Bowie' de Terry O' Neil expuesta en la galería Tate de Liverpool. Efe

Cuidado: no se trata de un disco retro. Sí gratamente reconocible en las melodías, en los ambientes marca de la casa. Un disco fresco en su sonido pulcro, aunque David Bowie no se ha resistido a su conocida atracción por los guitarristas abrasivos, esos que lo mismo se ponen estupendos que se empeñan en imitar a un brontosaurio.

También resultaría igualmente audaz intentar descodificar misivas personales en las letras: aquí no hay, rara vez ha habido, un poeta rellenando folios con sangre extraída del brazo izquierdo. Visconti enfatiza el peso de las lecturas de Historia contemporánea a la hora en que David escribe textos. En Where are we now? se detectan vivencias melancólicas en su evocación del Berlín del Muro y aquel último desmadre antes del sida; Dirty boys podía retrotraernos a las confusiones del glam, con sus machotes emperifollados. Y Valentine’s day reflejaría la preocupación de un padre cualquiera ante la estadounidense moda de las matanzas en institutos.

A la espera de paladear The next day con más calma, el disco se perfila como una jugada maestra. En 2004, cuando el corazón se le rebeló, Bowie llevaba demasiado tiempo aguantando la humillación de ser ignorado. La cruel prensa británica le llamaba The Dame, como si fuera una anciana excéntrica, empeñada en ignorar su fecha de caducidad.

Ahora, a punto de convertirse en objeto de museo, en el Victoria & Albert londinense, se ha destapado como el control freak capaz de tomarnos por sorpresa. Él impone las reglas. Puede actuar en directo... o no. Deja las tareas de comunicación al productor o a sus músicos. Puede ser un amateur en pintura pero nos recuerda sutilmente que forma parte troncal del máximo logro artístico del Reino Unido en la segunda mitad del siglo XX: la reelaboración de hallazgos musicales ultramarinos en el gran lenguaje universal del pop.

Y disculpen la mención inicial al Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band de los Beatles. Pertenece al ambito privado entre Bowie y Visconti: cada vez que comienzan un nuevo proyecto, se animan entre sí asegurando: “Este va a ser nuestro Sgt. Pepper”. Con The next day no han llegado, ni de lejos, pero basta con saber que David Bowie vuelve a la competición.

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