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Iván López Munuera: “La música es terriblemente visible”

Hay una conjura entre arte, música y política. Lo demuestran treinta artistas en la exposición Pop politics: Activismos a 33 revoluciones

Soft Mud and The Fanboy (2012), del colectivo Momu & No Es Ampliar foto
Soft Mud and The Fanboy (2012), del colectivo Momu & No Es

El poder de la música popular en las vivencias de las últimas generaciones ha sido tan penetrante que es difícil encontrar a una persona impermeable a su influencia. Todos hemos sido (más o menos) fans. Los artistas contemporáneos también. Algunos de ellos incluso han centrado sus trabajos en distintos aspectos de esa incidencia. Y no solo en cuanto a los gustos por unos u otros músicos, sino en una serie de fenómenos que incluyen una lectura política de cada momento. Iván López Munuera, comisario de la exposición Pop politics: Activismos a 33 revoluciones, en el Centro de Arte 2 de Mayo (CA2M), de Móstoles (Madrid), ha estructurado la muestra a través de los trabajos de una treintena de creadores que dejan al descubierto aspectos poco señalados de la relación entre música, arte y política.

 “Parece que siempre que se abordaba este tema estaba circunscrito a épocas muy determinantes que habían logrado una gran explosión de imágenes”, explica López Munuera. “Se hablaba del swinging London o del Nueva York de finales de los setenta casi como si fueran islas. Pequeñas islas donde había habido una convergencia. Lo que yo planteo es que no lo son. Pueden ser archipiélagos, pero sobre todo están muy conectados. Y en todo momento la música ha servido para vehicular movilizaciones sociales o políticas, que han determinado de manera fundamental el arte contemporáneo. Me interesaba mucho ver cómo le afecta ahora mismo”.

La exposición se articula a través de cinco núcleos temáticos que van visibilizando las arenas de lo político donde se mueve la intersección entre música y arte. “Estos núcleos son: Cuerpos a 33 revoluciones, que son todas esas tecnologías que tienen que ver con el cuerpo y con planteamientos de representación. Es decir, los peinados, la ropa, las actitudes, etcétera”, prosigue. “El segundo es Espacios de felicidad extrema, los lugares donde se desarrollan estas relaciones, como pueden ser desde los conciertos hasta la habitación del adolescente, con pósters de sus ídolos musicales. Los espacios de deseo que se invocan. Las Cover versions, que son interpretaciones de las canciones que cambian o añaden algo respecto al original o indican expresiones propias de cada época. Y El fan emancipado, que dispone de la estrella como quiere. La activa, la reprograma a su gusto a su manera”. Entre los artistas figuran desde Robert Crumb, Raymond Pettibon y Daniel Johnston a Christian Marclay, Momu & No Es, Pepo Salazar, Gabriel Acevedo, Zira02 y Azucena Vieites.

La exposición no se pone límites estilísticos. “Hasta la música más mainstream, más comercial, puede tener un sesgo político y convertirse en una poderosísima fuerza del anticambio. Esto se ve muy claro a través de ciertas obras de la exposición. Por ejemplo, Ruth Ewan, en su pieza A jukebox of people trying to change the world, recopila diferentes discos que están implicados con diversas proclamas políticas, que van desde la lucha contra la pobreza al feminismo, los derechos civiles o músicas cuya letra no es tan directamente política, pero que han terminado por ser la banda sonora de determinado momento. Ahí vemos claramente que una selección como esta es un poderoso archivo de cómo la música puede crear movilizaciones sociales, políticas, etcétera”.

Iván López Munuera, comisario de la exposición Pop Politics. Activismos a 33 revoluciones ampliar foto
Iván López Munuera, comisario de la exposición Pop Politics. Activismos a 33 revoluciones

La posición del espectador no es siempre pasiva y alienada, muchas veces digiere el mensaje musical y lo convierte en algo distinto, propio. “Muchas veces se habla del club, de la discoteca, como de un lugar para adormecer consciencias. No siempre es así. Pueden generar otro tipo de visualizaciones familiares que no tengan que ver con consanguinidad sino que puedan ser efímeras, transitorias, que pueden establecerse a través de las tecnologías. Las diferencias pueden ser visibles, pero se pueden crear una serie de lazos, como se ve en la obra de Ryan McGinley You and my friends (2012), centrada en los espectadores de los conciertos. No los retrata porque sean guapos o representativos, sino todo lo contrario. Son cientos de fotos de gente tan dispar y diferente que surge la pregunta: ¿estamos hablando de una masa o de individuos muy diferentes que forman una comunidad efímera muy particular?”.

“También me interesaba ver cómo el capital simbólico de la música puede ser político siempre, o muchas veces, en manifestaciones inesperadas”, continúa el comisario. “Por ejemplo, en la obra Los yaois, de Francesc Ruiz, se explora el fenómeno de los fans: el fandom. Ellos cogen historias relacionadas con la banda que siguen, las ligan a narrativas personales que pueden tener que ver con reivindicaciones de su sexualidad, reivindicación racial o de visualización de diferentes sociedades, y la reelaboran para construir otro tipo de historias. Y entonces los fans, que siempre han sido considerados seres alienados, de repente emergen como espectadores activos que reconfiguran también las obras. La música es terriblemente visible. Los fans pueden ser más creativos que las propias estrellas y pueden ampliar los discursos contenidos en ellas. Eso ya es político, porque inaugura un debate, marca posicionamientos y llena de contenidos una serie de discursos. Por eso activa diferentes niveles”.

Pop politics: Activismos a 33 revoluciones. CA2M. Avenida de la Constitución, 23. Móstoles (Madrid). Hasta el 21 de abril de 2013.