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OBITUARIO

Valerie Eliot, guardiana del legado de un Nobel

Tras la muerte del poeta británico T. S. Eliot, se convirtió en su albacea

Valerie y T. S. Eliot, en 1958.
Valerie y T. S. Eliot, en 1958.

Valerie Eliot (Leeds, Reino Unido, 1926), albacea del afamado poeta británico Thomas Stearns Eliot, era conocida en los círculos literarios de Reino Unido por haber sostenido enconadas pugnas con editores y críticos para que se cumplieran escrupulosamente las últimas voluntades del premio Nobel de literatura. La viuda del escritor falleció el pasado 9 de noviembre en Londres a los 86 años.

Siendo una adolescente, Valerie Fletcher —su apellido de soltera— dejó huella en el colegio Queen Anne al declarar que de mayor quería ser secretaria de T. S. Eliot. Valerie creía que sabía cómo era el poeta a raíz de la lectura de sus poemas, impresión que subrayó en una de las pocas entrevistas que concedió en su vida, al diario The Independent en 1994: “sentí que lo conocía como persona”. En 1949, un año después de que T. S. Eliot recibiera el Nobel de literatura, la por entonces joven Valerie Fletcher acudió a una entrevista de trabajo respondiendo a la solicitud de un puesto de secretaria del poeta en la editorial Faber and Faber. Encadenando un cigarrillo con otro, el propio Eliot dio su visto bueno a que ella se hiciera con el trabajo. Después de un trato escrupulosamente profesional e incluso distante entre los dos, en 1956 decidieron dar un paso adelante y confesarse sus sentimientos mutuos. Se casaron un año después pese a que el poeta era 40 años mayor.

En 1965 murió Thomas y Valerie se erigió en albacea y, como tal, en fiel guardiana del legado literario de su difunto marido. En 1974 promovió y supervisó una edición de una de las obras maestras de T. S. Eliot, La tierra baldía (Cátedra, 2005). En 1988 comenzó la edición de las cartas de su marido, que se publicarían en tres volúmenes, el último aparecido este año tras una demora de más de dos décadas. Lo hizo porque el poeta, en un principio reticente a que estas misivas vieran la luz, solo concedió permitir su publicación si ella se ocupaba de todo, como finalmente hizo. Los detractores de lo que en aquella época se conoció como las viudas literarias comenzaron a verter sus críticas y, como pudo ocurrir en otros casos sonados como el de Vannessa Orwell —viuda de George Orwell—, especularon sobre la cualificación de Valerie Eliot para hacerse cargo de tan preciada herencia.

Ante el cariz que tomó la situación, la viuda optó por salir del primer plano y llevar una existencia tranquila y solitaria en la casa que poseía el matrimonio. Tal actitud no significó, ni mucho menos, una renuncia a ejercer la labor que se había impuesto: la indignación de la crítica fue mayúscula cuando se negó a que se incluyeran fragmentos de los poemas de Thomas en ninguna biografía autorizada por ser este uno de los pocos encargos realmente rotundos que le dejó su esposo. La situación, lejos de mejorar, se agravó cuando, sin embargo, permitió el uso de algunos poemas para el musical Cats de Andrew Lloyd Webber.

Aparte de esta cautelosa y contenida labor de difusión, Valerie Eliot donó 15.000 libras para poner en marcha el premio T. S. Eliot, el galardón literario mejor dotado económicamente de Reino Unido, además de fundar la organización benéfica Old Possum Practical’s Trust.