CRÍTICA DE 'EN LA CASA'
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La otra vida de los otros

El cine de Ozon se ha caracterizado por la turbiedad psicológica y el retorcimiento mental

El actor francés Fabrice Luchini, en una imagen de 'En la casa'.
El actor francés Fabrice Luchini, en una imagen de 'En la casa'.

François Ozon siempre ha demostrado ser un director personal e identificable, lo cual no avala que todo hayan sido aciertos en su larga filmografía. Ozon, que es un hombre joven, mantiene el ritmo estajanovista de rodar todos los años una película e incluso dos a veces. Ese acelerado ritmo, por necesidad imperiosa de expresarse o de llenar el tiempo, por miedo al aburrimiento o al vacío, para espantar fantasmas y mantener lo más lejos posible a la muerte física o emocional, en el caso de algún tipo genial como Woody Allen mantiene un nivel de calidad muy alto. Evidentemente, acumular una obra maestra tras otra es imposible, pero incluso en las películas más débiles o fallidas de Allen (que las tiene) nunca faltan un par de ocurrencias deslumbrantes, ideas que solo se le pueden ocurrir a él.

A excepción de haber dirigido alguna comedia sofisticada, muy al gusto francés, con más pretensiones que gracia, el cine de Ozon se ha caracterizado siempre por la turbiedad psicológica, el retorcimiento mental, la amenaza abstracta o real. Cuando funciona, ese universo te inquieta perdurablemente y cuando se pasa de rosca te puede irritar o aburrir hasta extremos peligrosos.

Con En la casa, Ozon logró algo tan insólito en el último Festival de San Sebastian como poner de acuerdo a todo el mundo, al jurado, al público y a los cronistas sobre el notable interés de su última criatura. En ella aparecen las mejores virtudes de su cine y es muy difícil encontrar antiguos defectos. Es una película tan extraña como turbadora, cuenta con talento una historia perversa, nada en ella es previsible o gratuito, te inquieta desde el arranque y mantiene la tensión.

El planteamiento, basado en una obra de teatro de Juan Mayorga que no he leído ni visto sobre un escenario, te asegura que vas a introducirte en aguas turbulentas. Un amargado profesor de literatura que abandonó hace mucho su carrera literaria, alguien que echa pestes del arte moderno que intenta vender su esposa en una galería y que se desespera ante la trivialidad y el embrutecimiento de sus alumnos, descubre en la redacción que ha hecho uno de ellos sobre la vida familiar de un compañero que está ante un adolescente con inteligencia penetrante y cruel, alguien que combina con habilidad la ficción y la realidad, un tenebroso manipulador emocional.

El chantaje y la adicción son mutuos entre ese profesor enganchado insanamente a los progresivos relatos de su alumno sobre esas vidas ajenas que disecciona y explota, sobre la mezcla que este hace con lo imaginado y lo verdadero. Sabes que esta gente enfangada moralmente, que ha convertido en una obsesión esa ventana indiscreta para observar y manipular la vida de los otros, va a sufrir en su piel y en su cabeza las consecuencias del peligroso juego que han inventado, que todo se va a tornar aun más complejo y tenebroso. Ozon ha creado unas relaciones pervertidas y las desarrolla con suspense y matices. En la casa es su mejor película.

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