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OPINIÓN

El gran maestro

Un retrato del artista en su estudio londinense en 1970.
Un retrato del artista en su estudio londinense en 1970. GETTY

A principios de los años cincuenta Inglaterra, en medio de una Europa desmoronada, persiguiendo un poco de aire tras las secuelas de la guerra, trataba de hallar su imagen, buscar nuevas fórmulas para el relato. Justo en esos años, en una de los primeras reuniones del Independent Group, la versión inglesa y temprana del arte pop norteamericano, aparecía Richard Hamilton en el ICA londinense, centro indiscutible de vanguardia desde la inauguración. Sería un momento crucial en su carrera: allí conocería a Eduardo Paolozzi, uno de los artistas de collage más interesantes del grupo, y empezaría a familiarizarse con Duchamp, otro de los hitos para su trayectoria.

A partir de aquí las cosas irían deprisa. Primero el famoso collage¿Qué hace a los hogares de hoy tan diferentes, tan atractivos?—, donde el chico inglés de posguerra recortaba fascinado las revistas americanas para construir la obra que llamaría la atención de todos.

Después su papel en la exposición This is tomorrow —esto es hoy— en la Whitechapel de Londres. Había comprendido como nadie la esencia del pop: “Popular, barato, sexy, inteligente y un gran negocio”, comentaba un poco a la manera de Warhol.

Aunque nada tenía que ver con Warhol, entre otras cosas porque pese a sus afinidades electivas, las de un momento de transformación, ingleses y americanos se rebelaban en los últimos cincuenta y primeros seesenta contra planteamientos diametralmente opuestos desde el punto de vista formal. Si en los Estados Unidos se reaccionaba contra la abstracción de la Escuela de Nueva York impuesta por la crítica, en Inglaterra —se dice a menudo— la revuelta era contra los paisajes bucólicos de la colonia de St. Yves en Cornualles. Los primeros construían una imagen frígida del mundo, los segundos rescataban un arte urbano y agresivo.

Autor de diseños memorables —como el del White Album de The Beatles—, interesado en las nuevas tecnologías y los diferentes procesos de estampación; siempre involucrado a la política, en especial los conflictos locales, Hamilton volvía la mirada también hacia los clásicos —se pudo ver en el Prado con sus relecturas de Las Meninas. La muerte le sorprendió trabajando sobre La obra desconocida de Balzac —otra fascinación de Picasso—, serie que ha quedado inconclusa y que habla de su interés hacia los grandes maestros. Al volver a mirar obras radicales e inteligentes como $he —cuya iconografía parte de una serie de anuncios de amas de casa y modelos relacionándose con electrodomésticos, tan de época— queda claro que Hamilton mismo ha pasado a formar parte de esta categoría. Es, sin duda, un “gran maestro” del siglo XX.