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PURO TEATRO

‘La vida es sueño’, pros y contras

Gran montaje, con altibajos, con soberbia versión, alto reparto y una Blanca Portillo en un Segismundo de antología

Blanca Portillo (en primer plano), en una escena de 'La vida es sueño', de Calderón de la Barca, versión de Juan Mayorga dirigida por Helena Pimenta.
Blanca Portillo (en primer plano), en una escena de 'La vida es sueño', de Calderón de la Barca, versión de Juan Mayorga dirigida por Helena Pimenta.

La vida es sueño que Helena Pimenta ha presentado en el Pavón no me parece un trabajo redondo, pero su nivel de excelencia es muy alto y ofrece mucho que admirar. De entrada supone un formidable inicio de andadura. Y un alto riesgo, que se aplaude, porque elegir un título de ese calibre parecería, a simple vista, una elección fácil cuando es justamente lo contrario: el albur de morrón se centuplica. Pimenta ha echado mano de los mejores mimbres (gran texto, equipo de primerísimo orden, noble reclamo de la estelar Blanca Portillo) con los objetivos de llevar gente al teatro y comunicarles el texto con la mayor nitidez posible: claridad de dicción, claridad de intenciones, claridad emocional.

¿Cómo se consigue eso? Diría que por el viejo pero acreditado sistema de trabajar verso a verso con Juan Mayorga, que firma la impecable versión, y luego con los actores. Lo primero que vemos es la imponente escenografía de Alejandro Andújar y Esmeralda Díaz, una caja con paredes de madera clara, casi marfileña, que tiene algo de dacha rusa o mansión deshabitada y, nunca mejor dicho, soñada. Junta en un solo espacio la mazmorra de Segismundo (en un hoyo central) y el palacio de Basilio (una zona de paso, propicia a las conspiraciones) con el campo abierto, y aprovecha al máximo sus elementos: el techo, violentamente rajado para sugerir el asalto de los rebeldes, y abierto de súbito para permitir el vuelo onírico de Segismundo, o el portón del fondo que, en una gran idea de puesta que hubiera complacido al Bresson de Lancelot du Lac enmarcará la batalla en un cerradísimo plano de agarres y mandobles emergiendo de una blanca humareda. No hubieran podido crearse esos espacios y esas imágenes sin la extraordinaria y pictórica iluminación de Gómez Cornejo en uno de sus más altos trabajos: un verdadero regalo para la vista.

A la derecha del escenario hay una tarima donde cuatro excelentes músicos (guitarra barroca, flauta de pico, percusión y viola de gamba) interpretan piezas seleccionadas por Ignacio García: bellísimas, aunque a veces estorban un poco y tapan las palabras. Topamos ahí con un problema conocido: la mala acústica del Pavón. Me costó pillar el arranque, y eso que estaba en la fila siete: quizás se resolvería por el simple expediente de acercar a Rosaura y Clarín a la embocadura, y dándole, claro, un poco más de correa a Segismundo. Rosaura es Marta Poveda, una actriz delicada y poderosa, con la pasión a flor de labios y madera de grande, pero víctima aquí de una tendencia que ya le he visto otras veces a Helena Pimenta: entrar a toda mecha y subirse enseguida al techo. Interpretar desde el techo (metafórico, aclaro) ha de ser fatigoso para el actor porque también lo es para el espectador. Bien está que haya tensión, y desde luego que a Rosaura le han pasado cosas tremendas, pero diría que no hace falta tanta trepidación. Esa búsqueda de la intensidad lleva aparejado el peligro de pintar personajes de un solo color: es lo que le pasa también a Pepa Pedroche, otra actriz de fuste, con gran presencia y dicción, pero cuya Estrella en muy escasos momentos puede apearse del modelo de “altiva indignada” (mentón alzado, cabreo permanente). Aun así, y pese a esa tonalidad que a mí me resulta excesiva, tanto Poveda como Pedroche tienen estupendas escenas: sus respectivos careos con Segismundo, Clotaldo y Astolfo. Me encanta la línea de Fernando Sansegundo: compone un humanísimo Clotaldo, que en sus manos parece un personaje de western: el viejo sabio, melancólico y furioso, escindido entre deber y deseo, con la hondura de Sacristán y la ternura de José Vivó.

En cambio, el dibujo de Astolfo es un tanto desconcertante. Rafa Castejón, otro pedazo de actor, lo sirve con la naturalidad y la serpenteante fluidez que son sus marcas de fábrica, y tiene mérito porque al principio parece un precioso ridículo casi molieresco, luego un gay isabelino facción intrigante y al final un sorprendente hombre de acción. Doblemente sorprendente, porque entre la peluca y la coriácea armadura que le han puesto parece recién llegado del planeta Dune. Alejandro Andújar y Carmen Mancebo firman unos figurines generalmente sensatos (y bellos), pero también me dejó un poco pensativo que los cortesanos de Basilio parecieran devotos de la Compañía del Santísimo Sacramento: será por el barroco, que es muy amplio.

Y es que el trabajo de Helena Pimenta, como decía antes, oscila a veces entre la exquisita finura de trazo y el raro garabato o el subrayado tosco. Ejemplo de lo primero es la esplendorosa escena en la que Segismundo asciende, dormido/a, desde el escotillón hasta los telares y baja lentamente hasta ser depositada en el trono mientras las sombras de los cortesanos se recortan, como animales entre curiosos y acechantes, contra un dosel de gasa verde. Ejemplo de lo segundo (pocos minutos antes) son los estereotipados gestos de cine mudo de esos mismos cortesanos mientras Basilio narra la maldición de su hijo. Basilio es Joaquín Notario, otra de las estrellas (galardón ganado a pulso) de la CNTC, que a mi juicio está también algo escorante entre un imponente Próspero y un rey de baraja tirando a campanudo. No le vi, en cambio, pega alguna al Clarín de David Lorente: realmente gracioso, con réplicas muy bien colocadas, y conmovedor en la escena de su muerte, tan sorprendido y estoico como cuando John Hurt decía en Las puertas del cielo aquello de “el año pasado por estas fechas yo estaba en París” antes de caer fulminado.

Cuesta encontrar palabras no gastadas para cernir el extraordinario trabajo de Blanca Portillo. Elocuencia sería el término preciso porque es un don infrecuente en estos tiempos de ruido. Va más allá de la hermosura de su voz y la perfección de su técnica: tiene algo taumatúrgico, porque su poder de convicción es tan grande que logra el prodigio de cortarte la respiración y hacer luego que respires a su ritmo. Yo creo que si te cortan un dedo mientras recita Blanca Portillo no sangras hasta que ella acaba. Prodigio bis: le da el peso (y el brillo) preciso a cada frase y luego las deposita en el aire como si fueran pompas de jabón. Su riqueza de matices y registros es absoluta: alza y entrega un Segismundo entero, el más entero que nunca haya visto. Ahí están el dolor, la confusión, la ira de niño tiránico (o Calígula salvaje), y es imposible dejar de pensar con ella (bueno, con él) durante sus pasajes reflexivos, que fueron merecidísimamente aplaudidos.

La vida es sueño está llenando en el Pavón. Y más llenará: al tiempo.

La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Dirección de Helena Pimenta. Versión de Juan Mayorga. Teatro Pavón. Madrid. Hasta el 16 de diciembre. Compañía Nacional de Teatro Clásico. teatroclasico.mcu.es/

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