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Duros, bravos, heroicos...

Palha/ Robleño, Castaño, Aguilar

No hay adjetivos para calificar con acierto a todos los que ayer pisaron Las Ventas

Javier Castaño, pisoteado por su primer toro. Ampliar foto
Javier Castaño, pisoteado por su primer toro. EFE

Duros como el pedernal; bravos, arriesgados, audaces… y heroicos, de esa privilegiada casta que nace dispuesta a jugarse de verdad la vida por un ideal. No hay adjetivos para calificar con acierto a todos los que ayer pisaron el ruedo de las Ventas; en especial, a los tres matadores, toreros de los pies a la cabeza, jóvenes ilusionados que sortearon con temeraria inteligencia las mil dificultades que encontraron en la muy bronca y peligrosa corrida de Palha, toros hechos y derechos, ásperos y broncos hasta la saciedad, dueños de violentos gañafones, con guadañas en los pitones que buscaban carne cargada de sueños, y dolorida, también, por tantas corridas tan broncas y desclasadas como la portuguesa.

Pero allí había tres toreros curtidos en la dificultad, tres escaladores de la pared más vertical de esta milagrosa profesión, tres respetables y benditos locos que se estrujan las neuronas para encontrar salida a situaciones, como ayer, que parecen insuperables.

Allí estaba Fernando Robleño con un lote que no le ofreció oportunidad alguna para demostrar nada. Bueno, volvió a demostrar que es un héroe sin cuento, que es capaz de sortear gañafones traicioneros y que puede salir con bien de encuentros tan intimidatorios. Mantuvo el tipo ante el soso primero y superó el mal trago del cuarto, que tiraba puñaladas certeras que el torero sorteó con habilidad y oficio.

Allí estaba Javier Castaño, hecho también a lo más duro que pasta en el campo; un torero irrompible, que se libró de milagro de un cornalón de caballo cuando el segundo lo prendió de fea manera por la taleguilla al entrar a matar, lo zarandeó, lo pisoteó y lo buscó con saña en el suelo. Pasó a la enfermería cojeando (al parecer, el golpe lo llevaba en la rodilla derecha) y salió después para recibir al quinto, un pavo con dos perchas por pitones que daban miedo.

Y el tercero en discordia, Alberto Aguilar, otro torerazo, que ofreció una lección de arrojo y seguridad ante otro lote infumable.

Es curioso cómo esta estirpe de toreros no vuelve nunca la cara, no da una embestida por perdida, no se da un respiro en la corrida y aprovecha cualquier resquicio, cualquier despiste del toro para demostrar que sabe manejar los engaños como los mejores.

Ese fue el caso de Castaño, que trataba de buscarle las cosquillas al segundo cuando dibujó un larguísimo y hermoso pase de pecho que duró una eternidad. Bien colocado siempre, continuó muy templado con la mano derecha hasta que llegó la voltereta. Ni uno pudo darle al quinto, mermado el torero en sus facultades físicas y con dos astifinos puñales el toro, cargado, además, de feas intenciones. El público obligó a saludar a David Adalid, que colocó dos extraordinarios pares de banderillas a un animal que parecía reparado de la vista.

Aguilar asustó al tercero, duro como una roca, con un valor indefinible, y se plantó, después, delante de la alimaña que hizo sexto y cuando nadie lo esperaba trazó tres naturales de categoría con una seguridad y arrojo dignos de todo mérito.

No hubo toros para el toreo de hoy, pero sí toreros de siempre, duros, bravos, heroicos… Toreros, en fin, de una pieza; inolvidables…

PALHA / ROBLEÑO, CASTAÑO, AGUILAR

Toros de Palha, bien presentados, mansones, descastados, deslucidos, ásperos, broncos y violentos.

Fernando Robleño: pinchazo y estocada (silencio); casi entera (ovación).

Javier Castaño: estocada tendida y trasera y un descabello (ovación); dos pinchazos y estocada (silencio).

Alberto Aguilar: estocada (ovación); pinchazo y estocada (silencio).

Plaza de Las Ventas. Tercera y última corrida de la Feria de Otoño. 7 de octubre. Casi lleno.

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