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PERIODISTAS LITERARIOS

Corpus Barga, galgo aristocrático con luz propia

El hombre que ayudó a Antonio Machado a cruzar la frontera de Francia en 1939 fue novelista, escribió memorias, pero sus mejores páginas eran los relatos de los lances en que fue protagonista en los momentos más duros de la vida. A medias intelectual y hombre de acción, vivió siempre comprometido con la libertad y la democracia

Corpus Barga y Julián Zugazagoitia, fotografiados por Santos Yubero en Madrid en 1933.
Corpus Barga y Julián Zugazagoitia, fotografiados por Santos Yubero en Madrid en 1933.

Tenía el nombre largo, de los que no caben en el carné de identidad, Andrés García de Barga y Gómez de la Serna. A este nombre y apellidos correspondía a su vez un porte distinguido, de gran galgo aristocrático, con casa solariega en Belalcázar, Córdoba, aunque había nacido en Madrid, en 1887, donde su padre ejercía de vicepresidente de las Cortes. Su llegada a este mundo fue recibida con un gran volteo de campanas, debido a que era el Día del Corpus, dato que se añadió a su partida de bautismo. Por razones de espacio y buen gusto, a la hora de firmar sus artículos, quedó en Corpus Barga, cosa que no dejó de causarle algún quebranto irónico porque, siendo ya un gran caballero, nadie se atrevía a llamarle don Corpus, que parecía nombre de zarzuela o de comedia de los hermanos Álvarez Quintero. Ni él lo aceptaba.

De su larga biografía queda fijado como momento estelar aquel en que ayudó a cruzar la frontera de Francia a Antonio Machado, en 1939, en medio de una multitud derrotada, que huía hacia el exilio. Fue uno de tantos episodios míticos que vivió este periodista, a medias intelectual y hombre de acción, el lance más dramático, pero no el más romántico, puesto que a Corpus Barga, desde muy joven, siempre le adornó un aire de ácrata coronado de venenosas adelfas. Con quince años se embarcó de polizón a probar fortuna en América de donde regresó con las manos vacías; luego participó como reportero en el primer viaje en zepelín a través del Atlántico, de París a Norteamérica, pasando por Brasil; durante la guerra española participó con André Malraux en la aventura de la aviación republicana.

Comenzó siendo un adolescente superdotado, que echó por la borda los estudios de ingeniero de Minas en cuanto conoció de cerca las penalidades de los mineros de Peñarroya adonde le envió su padre para que conociera de cerca el oficio. Solía ir con un criado a comprar pan por las tardes a una panadería de la calle de la Misericordia, junto a las Descalzas Reales, en la llamada Casa de Capellanes, un negocio de la familia Baroja, donde se expendía una extraña forma de pan importada de Viena. En esa panadería solía coincidir con un señor de larga barba y quevedos, con otro que solo lloraba por un ojo, con otro que era cojo y con el pelo cortado a cepillo, personajes atrabiliarios de aquel Madrid de boteros de Solana. Poco después supo que esos personajes eran Valle-Inclán, Pío y Ricardo Baroja. Se hicieron amigos. A partir de ese momento no cesó de abastecerse literariamente de la inspiración que recibía de ellos. Se les veía pasear juntos o sentados en las tertulias del café de Levante, el jovenzuelo como un apéndice de los maestros, siempre aprendiendo. Embarcado en el periodismo, a los 19 años ya escribía artículos en Los Lunes de El Imparcial al lado de las firmas más prestigiosas. Al principio recibía la luz, como los planetas, de los grandes nombres en cuya órbita estableció su vida. Baroja le dijo un día: “Corpus, mira mi cráneo, ya no tiene pelo y me duelen las rótulas; en cambio tú tienes elegancia y distinción en el tipo, una gran fortaleza física y puedes hacer una gran carrera, toma, lee este libro, es Gorki, aquí no le conoce nadie todavía”.

Dio testimonio del olor a azufre que empezaba a despedir Europa, la Rusia de la revolución, el Berlín de 1930, la España de la República y la guerra…

Eran los tiempos en que Azorín escribía un artículo diario de noche en la redacción de El País durante un año sin cobrar una peseta. Los mejores según su opinión, unidos al hambre canina. Corpus Barga era un señorito que, como es lógico, militaba en el anarquismo, no sólo literario, también en el que se expendía en las covachas, perfumado de dinamita, entre la conspiración y el sueño de la acción directa. La reacción que provocó el atentado mortal contra Canalejas le forzó a poner tierra de por medio. Se estableció en París donde vivió desde 1914 hasta 1948. En París se constituyó en cónsul literario, acompañante, anfitrión y guía de los escritores españoles famosos que caían por allí, Baroja, Unamuno, Valle-Inclán, Ortega y Gasset, Blasco Ibáñez y su sobrino Ramón Gómez de la Serna. ¿A quién no conoció Corpus Barga? No eras nadie si Corpus Barga no había escrito sobre ti. Trató a Colette, a Maiakovski, a Ilyá Ehrenburg, a Kerenski, a Trotski, a las marquesas proustianas que abrían salones Saint Germain; participaba en las tertulias de la Rotonde con Modigliani, Apollinaire, Cocteau y Picasso. Desde París hacía descubiertas como enviado de El Sol, La Correspondencia de España, El Intransigente, El Radical y de La Nación, de Buenos Aires. Sin perder su aire aristocrático dio testimonio del olor a azufre que empezaba a despedir Europa, la Rusia de la Revolución soviética, el Berlín de 1930 con la ascensión de los nazis, la marcha sobre Roma de Mussolini, la España de la República y la guerra.

En uno de los viajes a España en 1917 fue detenido por aventar la huelga revolucionaria con sus artículos, aunque no había participado en la revuelta. Lo encerraron en un acorazado en aguas de Bilbao e imbuido por la literatura ácrata trató de convencer al capitán para que se hiciera a la mar en conquista de la libertad. Durante su paso por la capital de España se unía a los lances románticos de Valle-Inclán y de Ricardo Baroja, cuando se disfrazaban de frailes capuchinos y se iban de noche a pasear por el cementerio de San Martín donde fingían azotarse al pie de las tumbas.

Siempre comprometido con la libertad y la democracia, durante la República jugó del lado de Azaña, pero su nombre iba siempre unido a los casos más sonados de la política y de la literatura. Fue novelista, escribió memorias, pero sus mejores páginas eran los relatos de los lances en que fue protagonista en los momentos más duros de la vida. Corpus había colaborado en salvaguardar de las bombas el Museo del Prado durante la guerra y luego acompañó a Las meninas hasta el refugio en Ginebra, pero su momento estelar lo constituye el hecho de haber ejercido de eficiente samaritano con Antonio Machado a la hora de cruzar la frontera de los Pirineos hacia el exilio. En este camino de la amargura, desde Barcelona hasta Portbou, entre la riada de españoles derrotados que arrastraban carretas con colchones y enseres de mínima subsistencia, Antonio Machado no pronunció nunca una sola queja, ninguna maldición. En las paradas, sentado con el bastón entre las piernas, hablaba de Fray Luis, de Valle-Inclán, de los clásicos latinos, recordaba historias de las tertulias en Madrid, en París, tal vez llevaba en la memoria el sol de su infancia en Sevilla, mientras las tropas de Franco bombardeaban a la gente que corría despavorida por las cunetas, en medio de un enorme atasco de coches. A los gendarmes que les detuvieron en la frontera, Corpus les explicó quién era aquel anciano. “Es nuestro Paul Valéry”, les dijo. A continuación se encargó de agilizar los papeles con llamadas a París. Pasaron una noche en un vagón en vía muerta en la estación de Cerbère. A instancia de Corpus Barga la Embajada de la República en París quiso hacerse cargo de todos los gastos, pero Machado, en compañía de su madre y de su hermano José, prefirieron quedarse en Collioure, en una pensión donde el poeta y su madre, una viejecita casi agonizante, tuvieron que dormir varios días en la misma cama. Murieron uno tras otro, a los pocos meses. Corpus Barga todavía vivió muchos años, ejerciendo un magisterio lejano. Se exilió a Perú en 1948 y en Lima fundó una escuela de periodismo. Murió en 1975.