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El dulce sonido del cordero

Un taller de Girona recupera la elaboración de cuerdas para instrumentos con tripa de animal

Una lyra-viol del músico Fernando Marín con cuerdas de cordero. Ampliar foto
Una lyra-viol del músico Fernando Marín con cuerdas de cordero.

En una pequeña barraca que tiene junto al huerto en la trasera de su casa de Amer (Girona), el contrabajista Joan Xandrich, nacido en 1951 en este pueblo de 2.200 habitantes de la verde comarca de La Garrotxa, trabaja —ayudado por su hijo Albert y con una máquina fabricada por él mismo—, en la recuperación de una artesanía datada en el Antiguo Egipto e India pero que decayó a mediados del siglo XX, la elaboración de cuerdas para instrumentos con tripas de cordero.

Todo comenzó hace cinco años, por el descontento que sentía Joan con las cuerdas que compraba para su contrabajo en tiendas especializadas —"las encontraba muy duras y los graves sonaban raros"—. Entonces empezó a investigar y meses después se lanzó a la fabricación, "por romanticismo", declara por teléfono.

El proceso para obtener las cuerdas comienza en el matadero. En el caso de los Xandrich, suelen recurrir a ejemplares de la comarca del Moncayo (Aragón) y de La Garrotxa. "Hay varias teorías al respecto pero yo creo que lo mejor es un animal viejo porque su tripa tiene más volumen, más grasa". Lo primero que se hace es limpiar la víscera —que puede alcanzar hasta 25 metros de longitud— y quitarle la celulosa. Esta tarea, que "a mano sería muy dura", la hacen las máquinas del matadero. Después se corta en trozos, momento en el que el ojo de Joan ya distingue las que por su aspecto y tacto pueden servir para las cuerdas graves y para las agudas. A continuación, los pedazos se cortan por la mitad, de arriba abajo.

Así suena una lyra-viol con cuerdas de tripa interpretando 'Lessons', del inglés William Corkine (siglo XVII).

Entonces llega el momento de quitar la grasa a las piezas con un producto específico y blanquearlas para endurecerlas y quitarles así su característico color marrón. Esto último "se consigue con agua oxigenada rebajada, pero hay que tener cuidado para no quemar la tripa". Así, la tripa se ha convertido en unos hilos que Joan trenza en su máquina. "Mientras se realiza esta labor hay que ir palpando para comprobar la dureza que adquieren". A más hilillos trenzados, la cuerda tendrá más grosor y dará un sonido más grave. Así, una cuerda de violín puede necesitar solo tres de hilos pero una de contrabajo hasta 70. Solo queda secar con vapor en un espacio cerrado las cuerdas durante una semana; lijarlas y ponerles un poco de aceite. Ya están listas para vestir el instrumento. En el caso de las graves, se envuelven además en un hilo de plata o cobre, es lo que se llama el entorchado. Han pasado 15 días desde la visita al matadero.

Joan Xandrich (izda.) y su hijo Albert, en su taller donde fabrican cuerdas para instrumentos.
Joan Xandrich (izda.) y su hijo Albert, en su taller donde fabrican cuerdas para instrumentos.

"Lo que se logra con este tipo de cuerdas es un sonido más dulce", explica el músico alicantino Fernando Marín, de 38 años, profesor de viola da gamba en el conservatorio de Zaragoza. Marín, que investiga con Xandrich y Javier Martínez, violero en Guadalaviar (Teruel) para obtener cuerdas cada vez mejores, acaba de regresar de Praga, donde ha ofrecido junto a la soprano jordano-estadounidense Nadine Balbeisi, con la que forma el grupo Cantar alla viola, un recital en el que han interpretado piezas renacentistas con instrumentos como el violonchelo barroco, y con las cuerdas que fabrica Joan. En los seis discos que lleva grabados siempre ha utilizado este material. Marín, especializado en instrumentos de arco antiguo, afirma que este tipo de cuerdas dejaron de producirse a gran escala a mediados de siglo XX, cuando fueron sustituidas por otros materiales como el acero o el nailon. Pero él se queda con las de cordero porque dan un "sonido natural y limpio".

Albert, el hijo de Joan, fue uno de los espectadores que tuvo la oportunidad de comprobar cómo suenan esas cuerdas este verano, en la iglesia de Guadalaviar, en las jornadas Museos, música y sociedad, en las que Marín y la soprano dieron uno de sus conciertos. "Me quedé maravillado. Cuando ves a un músico como Fernando tocando con las cuerdas hechas en nuestro taller, te emocionas".

De los sentimientos, al dinero. El precio en el mercado que puede alcanzar un juego de cuatro cuerdas para un contrabajo puede oscilar desde los 80 hasta 200 euros, incluso más. Pero Joan señala que lo suyo "no es hacer negocio". "Cobro casi lo que me cuesta hacerlas. De momento es una producción para unos cuantos músicos que se han interesado y para amigos; estamos sobre todo experimentando, probando". "Al principio incluso las regalábamos para que los artistas nos dieran su opinión y nos dijeran si íbamos por buen camino", apunta Albert.

Otro pasaje de 'Lessons', de Corkine.

Entre los ruidos del taller de Joan que llegan por teléfono, el músico señala que no conoce en España a nadie más que haga este trabajo de una manera tan artesanal. En el extranjero menciona a los zíngaros y a algunos fabricantes de mandolinas italianas, también hay alemanes y últimamente estadounidenses. Ahora, el proyecto conjunto de los Xandrich, de Fernando Marín y de Javier Martínez es "crear una marca española de cuerdas de tripa que sea conocida en el mundo". Eso y el lado más sentimental de esta historia, que no se pierda una tradición que convierte unas vísceras en material para escuchar delicados sonidos.