IDA Y VUELTAColumna
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Travesía del domingo

'El 3 de mayo de 1808 en Madrid: los fusilamientos de patriotas madrileños' (1814), de Francisco de Goya (Museo del Prado).
'El 3 de mayo de 1808 en Madrid: los fusilamientos de patriotas madrileños' (1814), de Francisco de Goya (Museo del Prado).

Hoy llevo compañía en la caminata dominical por Madrid. Hemos salido pronto a la calle y todavía no hace mucho calor. Nos hemos puesto ropa cómoda y zapatillas deportivas, y en la mochila llevamos galletas y una botella de agua. Tenemos por delante una hora de camino para llegar al Museo del Prado, donde le he propuesto a Arturo que veamos la exposición de Rafael. Arturo tiene 25 años y ha venido conmigo y con sus hermanos a los museos desde que era un niño. Ahora es un hombre joven, de movimientos sigilosos, con un corte de pelo de pop inglés y una barba que acentúa la expresión seria y absorta de su cara. Como tantas personas de su generación, Arturo se ha hecho adulto de golpe en los tiempos de lo que parece el gran derrumbe de todo. Ha viajado mucho más que yo a su misma edad y habla mucho mejor otras lenguas, pero la incertidumbre del porvenir no es menor que la que yo sentía con 25 años. Visto desde ahora, el mundo de 1981 parece comparativamente más sosegado, o al menos más simple, pero se trata en gran medida de un efecto óptico, de esa tendencia de la imaginación humana a atribuir al pasado una solidez de la que carece el presente. En 1981 las perspectivas que tenía un recién licenciado en letras para encontrar un trabajo aceptable también eran ínfimas. Y casi se me olvida que fue en aquel febrero de mis 25 años recién cumplidos cuando la tentativa de golpe de Estado del teniente coronel Tejero nos devolvió por una noche todo el miedo de la dictadura y nos llenó de vergüenza por nuestro país.

En 'Los fusilamientos' una cabeza rodeada de sangre tiene la obscenidad de esas imágenes de Bagdad después de un atentado

A cada generación española le corresponde su dosis de sobresalto y desgarro. La nuestra se hizo adulta en el tránsito entre la dictadura y la democracia. Creíamos que la de nuestros hijos, los nacidos en los tiempos de consolidación y despegue de los años ochenta, sería por fin una generación aceptablemente libre de quebrantos históricos, instalada en una normalidad europea que para nosotros había tenido aún mucho de quimera. Y ahora los vemos tan divididos como lo estuvimos nosotros, entre un ayer de certezas que de golpe no existen y un porvenir hecho de una acumulación gradual de malos augurios. Para nosotros el porvenir era incierto pero estaba lleno de promesas, entre ellas la de que no se parecería al siniestro pasado. Para ellos las estadísticas del paro juvenil y las caras torvas de los gobernantes en los telediarios no dejan más alternativas que el desaliento o la emigración: si acaso, también, para los más dotados de una mezcla de solidez práctica y originalidad de pensamiento, la posibilidad de buscarse la vida inventando o reinventando destrezas necesarias, haciendo cosas un poco al margen, saberes artesanales que ofrezcan algún anclaje ahora que se derrumban las lujosas fantasmagorías del dinero, del consumo y la moda.

Arturo estuvo visitando hace poco en Atenas a un amigo griego al que conoció durante su año de Erasmus en Brighton. Me cuenta que la abuela de su amigo es exactamente igual que una abuela española: recibe a los invitados con grandes aspavientos de hospitalidad y les ofrece cantidades de comida que no para de cocinar mientras habla velozmente sin caer en la cuenta de que los invitados no entienden nada de lo que les dice. En Atenas llovía mucho y todo estaba desgastado y gris y no había nadie en los restaurantes. En el metro de Atenas los torniquetes de entrada estaban abiertos y nadie pagaba el billete. Arturo ha estado en Cracovia, en Nuremberg, en Roma, en Nottingham, en Lisboa: ciudades a las que ha viajado en vuelos de saldo y en las que se ha quedado en casas de amigos o en residencias de estudiantes, tejiendo una fraternidad europea que le da una visión de las cosas más amplia y menos ideológica o marcada por los estereotipos que la que yo podía tener a su edad.

Siempre me conforta llegar al Prado. Cuanto más sombríos son los tiempos más agradezco su solidez ilustrada, el puro milagro de su existencia y su perduración en un país tan inhóspito para todo lo que el museo contiene, para lo que representa: la excelencia máxima en el arte de la pintura y en los saberes necesarios para preservarla y estudiarla y ponerla a la vista. Comparado con el descuido y hasta el abandono de los museos en Italia, con los precios de extorsión que hay que pagar muchas veces para ver obras maestras en condiciones lamentables, el Prado es un modelo de trabajo bien hecho, de respeto escrupuloso hacia la pintura y hacia quienes se acercan a ella.

En 'El 2 de mayo' la saña de un sublevado lo vacuna a uno contra cualquier tentación de celebrar como liberadora ninguna forma de crimen

Salvo en algunos retratos de inmediata verdad, Rafael me deja frío. A mi lado Arturo se aburre con paciencia educada. Durante varios siglos Rafael fue el paradigma invariable de belleza en la pintura europea. Pero nosotros somos herederos de la rebelión romántica contra el clasicismo y hemos modificado el pasado para ajustarlo a nuestra sensibilidad moderna, que exige en las artes una desgarradura de aproximación a lo real y prefiere la aspereza a las superficies demasiado pulidas de la perfección. Porque corregimos la historia del arte a la medida de nuestro gusto presente, Caravaggio, Velázquez o Goya ocupan en ella un lugar mucho más importante que Rafael y su linaje. Pero Caravaggio pasó siglos olvidado, y cuando Manet descubrió a Velázquez y a Goya en su viaje a España su entusiasmo por ellos tuvo algo de lo que Robert Hughes ha llamado the shock of the new: el sobresalto de lo nuevo, la fuerza de lo inusitado, rompiendo de golpe dos siglos de ortodoxia académica. Pintando en lugar de una Venus abstracta a una mujer real y desnuda que mira con descaro a los ojos Manet introdujo el escándalo de la verdad en el origen del arte moderno.

Para encontrar miradas y presencias así abandonamos sin remordimiento la exposición de Rafael y vamos en busca de Velázquez, y luego de Goya: quiero enseñarle a Arturo El 2 de mayo en Madrid y Los fusilamientos. Es probable que no haya visto los cuadros desde las visitas que hacíamos al museo cuando era niño; también que crea conocerlos bien, porque forman parte de ese catálogo de imágenes con las que todo el mundo tiene una distraída familiaridad.

A mí mismo, que he venido tantas veces a verlos, me toman siempre por sorpresa. Y el efecto es mayor porque lo veo reflejado en la expresión de Arturo: al cabo de dos siglos enteros de atrocidades, de representaciones de la violencia, de documentos gráficos sobre la crueldad, nada mitiga el espanto de estas pinturas de Goya. En Los fusilamientos, una cabeza reventada por un disparo y rodeada de sangre tiene la obscenidad de esas imágenes de los noticiarios en las que se ve una calle de Bagdad después de un atentado suicida. En El 2 de mayo la saña con la que un sublevado apuñala el cadáver de un soldado invasor lo vacuna a uno contra cualquier tentación de celebrar como liberadora ninguna forma de crimen. No es la ficción académica de intemporalidad lo que nos estremece en el arte: a diferencia de Rafael, Goya, esta mañana de domingo, es nuestro contemporáneo.

El próximo artículo de la sección Ida y vuelta, de Antonio Muñoz Molina, se publicará en Babelia en septiembre.

antoniomuñozmolina.es/

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