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Neta y castiza, Raquel Meller vuelve con su aroma de violetas

La Biblioteca Nacional rinde tributo a la artista con motivo del 50 aniversario de su muerte

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Raquel Meller, 1958, texto de Marino Gómez-Santos.

Hubo un tiempo, a principios del siglo pasado, que el amor dolía hasta el desmayo y las mujeres se marchitaban como las flores. Lo único que importaba era vivir para amar y así morir. En aquellos años una mirada de una morena cauterizaba y con el garbo de su pisada un torero de tronío se hacía un relicario. Y todo a golpe de calesa con olor a violetas. El género chico del cuplé se convirtió en la banda sonora de un país a punto de entrar en guerra. Pero hasta que la tragedia llegara, Raquel Meller puso su dosis de patetismo por intermediación de su aguda y teatral voz. "Dotó a la canción popular de complejidad y plenitud literaria, un poema dramático caldeado con la plástica de una seria escultura femenina", como escribió Cansinos-Assens en la revista Cosmópolis en 1919. 

Con este texto comienza El mito trágico de Raquel Meller (1888-1962), la exposición con la que la Biblioteca Nacional celebra el 50 aniversario de la muerte de la artista más reconocida internacionalmente del primer tercio del siglo XX, desde hoy hasta el 30 de septiembre. "Nadie sabe de dónde venía ese genio único, el del patetismo, que la convirtió en la estrella que fue pese a no tener educación, pero sí mucha intuición e inteligencia", explica José Luis Rubio, comisario de la muestra, delante de una de una de las vitrinas donde cuelga la primera grabación de La violetera de Padilla, en 1918.

Este disco, rudo, de cera, grabado sin micrófonos, se acompaña de la partitura original publicada por la Unión Musical Española que remite directamente a la artista y que como el resto de objetos de la muestra se han rescatado de los fondos de la Biblioteca. "Es cierto que el compositor no la escribió para ella, pero Meller tuvo la capacidad de hacerla suya", recuerda Rubio. Durante 40 años cantó La violetera por Madrid, Barcelona, París, Buenos Aires y Nueva York.Tal vez sea esta letra de coquetería y casticismo madrileño la que encumbró a la artista, pero la exposición se encarga de recordar que entre La violetera y El relicario, interpretó temas en catalán -El noi de la mare-; canciones vascas -Ene, que tristeza; se atrincheró en París, donde pasó la mayor parte de su vida, también la Guerra Civil, antes de marcharse a América Latina.

Antes de volver a una España que no reconocía y que además la había olvidado, Meller viajó a Estados Unidos. En 1926 desembarcó en Nueva York por intermediación de un empresario yanqui que le hizo pagar un anticipo por si se arrepentía. Ante una audiencia salpicada de personajes como Randolph Hearst, atraída por la exótica mirada de una española de ojos oscuros, Raquel Meller difundió su particular aroma. Cantó 13 canciones, todas en español, empezó con El relicario y terminó con La violetera, pero antes de regalar La mimosa para terminar, apareció vestida como la prostituta de Flor del mal, avanzó hasta el borde del escenario y se encendió un cigarro. Lo fumó con desgana mientras entonaba su triste cantinela. Terminó contra la pared, sin fuerzas, sin vida. En aquella esquina del Empire Theatre, en pleno Broadway, un tiempo después, Edith Piaf y Frank Sinatra, con sonido y letanía distintas, repitieron de alguna manera la escena. Al día siguiente, tocada por una mantilla negra, aparecía en la portada de la revista Time.

"Raquel Meller está a la altura de Piaf, Sinatra, Callas y Carlos Gardel", sentencia el comisario. "Por su máximo nivel interpretativo y su manera de concebir el arte. Se ocupaba de su trabajo, pero cuando bajaba del escenario era problema de los otros hablar de lo que había pasado". Por eso los vestigios periodísticos son pocos y los que quedan no dibujan a una artista capaz de subir a escena y abofetear a una compañera o romper una partitura si no estaba de acuerdo con la interpretación. "Tenía un carácter muy arisco, era muy individualista y mal hablada", perfila Rubio. Parece que el único que la llegó a comprender un poco fue el hijo del pintor Sorolla. Uno de sus cuadros, el que hizo para la cantante, se expone en la muestra tras ser cedido por el museo Sorolla.

Tan sola como la prostituta desvencijada de su canción, acabó sus días de cabellos blancos y alpargatas de camino al mercado en Barcelona. La mujer que de gira por Estados Unidos había despachado la peregrina idea de Chaplin de convertirla en Cleopatra, era superada por una nueva generación de artistas por la fuerza devastadora del olvido. "La última crónica de una de sus actuaciones en Madrid relata el asombro de un público que había olvidado su distinción al interpretar la música popular", reclama el comisario.

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