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UNIVERSOS PARALELOS
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El ‘kamikaze’ que sobrevivió

Diego A. Manrique

Durante décadas, los focos solo apuntaban a los cantantes. Con la madurez, hemos comprendido que la música pop es una experiencia colectiva y transversal. Que músicos, productores, managers, disqueros, fans o periodistas deben contar su parte. Ya no basta el recital a capellade un vocalista; queremos escuchar a un inmenso coro polifónico, por más que desafine.

Así que proliferan los libros y documentales protagonizados por personajes periféricos. Incluso se rescata a estrellas fugaces del periodismo rock, con tomos consagrados a Lilian Roxon, Ellen Willis o Paul Nelson. Libros póstumos, al igual que las Mémoires de rock et de folk, de Philippe Koechlin, fundador de Rock & Folk, mensual francés que tiraba 180.000 ejemplares.

Aunque las cifras eran aquí más modestas, no cabe menospreciar la capacidad de la prensa musical para formar opinión y hacer masa. En general, hemos tenido poca suerte con las historias complementarias. Mario Pacheco murió sin plasmar sus vivencias; los escasos libros de disqueros son pura autocelebración. Pero aterrizan las primeras memorias de un periodista musical, Oriol Llopis.

La magnitud del desastre (66 rpm), aún con su desarrollo caótico, ilumina la peripecia guadianesca del tipo más cool del negocio. Alguien que desaparecía rumbo a Paraguay o se enclaustraba en pueblos perdidos. Incluso para los que estábamos en el mismo oficio, su trayectoria no tenía sentido. O un sentido trágico, en todo caso.

Cuidado: el título sugiere arrepentimiento, expiación, rutas de evacuación. Y no. Oriol trabajó en La edad de oro y en publicaciones como Disco Express, Vibraciones, Rock Espezial, Ruta 66. Profesionalmente, tuvo las mejores oportunidades, que despreció. En las redacciones, Oriol era una hemorragia: robaba pilas de discos, tacos de revistas, dinero en metálico para gastos corrientes.

Todo para mantener su adicción a la heroína. En relatos y en sus textos periodísticos, Oriol construía la épica del yonqui contra el mundo, dispuesto a dar el palo a colegas y pardillos, preparado para atracar cualquier establecimiento. Algunos recordamos esa mitificación llopisiana a finales de 1983, cuando murió Miguel González, guitarrista de Desechables, durante un atraco en solitario a una joyería. Tal como lo contaba este periódico, Miguel llevaba una pistola de juguete; el joyero, una de verdad.

Pero no procede establecer relaciones de causa y efecto: era el clima del momento, el resultado de escuchas equivocadas de Lou Reed, lecturas beatas de William S. Burroughs. El resplandor del estilo de vida yonqui eclipsaba incluso los avisos. Otro integrante del santoral opiáceo, Johnny Thunders, le advirtió: “Ser yonqui es como tener que ir al trabajo cada día. Para cuando suena el despertador tú ya llevas horas dando vueltas en la cama. Tienes que fichar, conseguir información, buscar dinero por adelantado… y muchas veces hacer horas extras. Igual que un trabajo muy duro”.

En La magnitud del desastre tampoco se aspira a establecer un canon del rock. Su máxima pasión resulta ser Golden Earring: letras del grupo holandés encabezan cada capítulo, aquí denominados paquetes por su espasmódica elaboración, bloques de 20 o 30 páginas que enviaba al editor.

Las anécdotas son fascinantes… o irritantes (un método para provocarse sueños cinematográficos, que pasa por dormirse junto al televisor). Otro asunto es la credibilidad que merezca Oriol, aunque ese flanco está cubierto por el astuto subtítulo, Memorias de un rock critic poco fiable. En realidad, La magnitud del desastre tiene más sentido como crónica del underground patrio, subgénero inaugurado por Pau Maragall en sus escritos para Star, luego recogidos en Nosotros los malditos. El libro de Oriol Llopis carece de ese aliento generacional pero, mérito nada desdeñable, es la historia de un superviviente. Un pícaro que resistió para contarlo. Chapó.

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