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CRÍTICA: 'KISEKI'

Los niños independientes

Un melodrama cómico-fabulador alrededor de la fascinación de la niñez

Un minuto mágico, para la historia del cine, prodigio de montaje, composición, ritmo y esencia

Fotograma de la película 'Kiseki'.
Fotograma de la película 'Kiseki'.

En Nadie sabe, Hirokazu Kore-eda logró una de las más impactantes aproximaciones a la niñez al recoger su ternura y su desazón, su festividad y su desamparo, su lado fascinante y su esquinazo amargo. Cuatro críos perdían la inocencia a golpe de madurez: aprendían a cuidarse solos tras el abandono (literal) de una madre con dos dedos de frente y un puño de egoísmo. Ocho años después algo ha cambiado en Kore-eda; ha sido padre en la vida real, y quizá ya no le apetezca sufrir y hacer sufrir. En Kiseki (Milagro), el director japonés retrata a otro puñado de chavales independientes, pero en un tono radicalmente opuesto, el de un melodrama cómico-fabulador alrededor de la fascinación que siempre ejercen los trenes en la niñez, aunque con un hecho concluyente como eje: la separación de unos hermanos que quedan repartidos en diferentes ciudades como los ecos del naufragio de sus padres.

KISEKI (MILAGRO)

Dirección: Hirokazu Kore-eda.

Intérpretes: Koki Maeda, Nene Ohtsuka, Ohshiro Maeda, Joe Odagiri, Kirin Kiki.

Género: melodrama. Japón, 2011.

Duración: 126 minutos.

En Kiseki, como en Nadie sabe, los adultos son casi una comparsa, elementos decorativos situados fuera de campo o en plano general (casi nunca en primer plano). Aunque esta vez sí están ahí, vigilantes hasta cierto punto, con la cuerda agarrada pero nunca tensa, lo que da pie a que los simpatiquísimos protagonistas se rebelen con una trastada en forma de viaje iniciático, mochila al hombro, patatas fritas en la boca. Como en aquella maravillosa Buenos días (Yasujiro Ozu, 1959), en la que dos hermanos hacían huelga de palabra hasta que no les comprasen un televisor, los nenes de Kiseki parecen querer reconstruir el andamio familiar a fuerza de travesura.

Si se le puede poner algún pero es que, dentro de su levedad, quizá esté algo pasada de tiempo, pero hay un momento que rompe cualquier desavenencia: un minuto mágico, para la historia del cine, prodigio de montaje, composición, ritmo y esencia, en el momento en el que se debe producir el milagro del título.