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Roberta González, la artista eclipsada, ve la luz

El IVAM inaugura la primera exposición de la pintora, hija del escultor Julio González

También es esposa del influyente pintor Hans Hartung

Un retrato de Julio González, pintado por su hija Ampliar foto
Un retrato de Julio González, pintado por su hija

Un total de 76 dibujos y pinturas de Roberta González (1909-1976), en su mayoría inéditas, ven la luz en la exposición que ha inaugurado este miércoles el Instituto Valencià d'Art Modern (IVAM) y en la que dialogan con 32 piezas de su padre, Julio González. Se trata de la primera muestra que dedica un museo a la obra de esta autora, víctima de lo que el comisario de la misma, Tomás Llorens, calificó como “error” e “injusticia” históricos, que han mantenido prácticamente oculta desde mediados del siglo pasado la singular personalidad artística de esta pintora.

Hija del gran escultor de las vanguardias del siglo XX, Julio González, y esposa del pintor francoalemán Hans Hartung, que lideraba una de las corrientes la época, el informalismo, Roberta no tuvo a la crítica de cara, según subrayó Tomás Llorens. “Públicamente”, señaló en la presentación el historiador valenciano, “era conocida por promocionar la obra de Julio González”, en lugar de por una producción propia que había comenzado a generar en los años 20 en el taller paterno; dio los “primeros indicios de una sensibilidad diferenciada” en los años 30, y cuajó al final de los 40, después de la muerte de su padre, que fue cuando encontró “su propio mundo artístico”, añadió.

Para más inri, en el movimiento artístico de posguerra había poco espacio para mujeres, "con un componente machista innegable" que distintas fuentes asocian al expresionismo abstracto norteamericano, y al que no eran totalmente ajenas las corrientes coetáneas europeas.

“En esas condiciones tan difíciles se desarrolla su propia pintura”, al decir de Tomás Llorens, que no obstante conforma “una obra de sensibilidad y riqueza extraordinarias”. Lo paradójico es que habiendo tenido mucha relación con directores de museos, coleccionistas y artistas, y habiéndose encontrado en el cogollo del arte toda su vida, sea esta la primera exposición que se hace sobre ella, lo que Tomás Llorens consideraba un desafío para sí mismo y los herederos de la artista y “un deber” para el IVAM, cuya colección se sustenta en la obra de, precisamente, Julio González, y posee además casi 60 piezas de Roberta González, algunas de las cuales están presentes en esta muestra. El resto ha sido aportado por el delegado de la Sucession González, Philippe Grimminger.

“Esta vez corresponde a Julio González acompañar a Roberta”, puntualizó el comisario del proyecto, seguro de que “no la va a eclipsar sino que ayudará a entenderla mejor”.

En el movimiento artístico de posguerra había poco espacio para mujeres

La exposición, “una partitura emocional y estética, interpretada a cuatro manos por padre e hija” en palabras de la directora del IVAM, Consuelo Ciscar, se estructura en tres partes ordenadas cronológicamente en sentido inverso. La primera es la más luminosa y corresponde a la madurez de la autora, con cuadros de gran formato que luce en solitario. En el resto, las esculturas de Julio y las pinturas de dibujos de Roberta están distribuidas de manera que dialoguen entre sí. En la segunda parte, las máscaras de la pintora se entienden mejor al lado del retrato que Julio González hizo de su hija poco después de salir del hospital donde estuvo años para recuperarse de una importante enfermedad infantil. Se puede percibir asimismo el estilo muy personal, a caballo entre la figuración, la abstracción e incluso el surrealismo. En la última sala, las obras de padre e hija son coetáneas, ya que corresponde a los años de aprendizaje.

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