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Un Molière de mucha enjundia

Se diría que Molière se propuso, a lo largo de su prolífica y memorable colección de obras, retratar uno a uno ciertos atributos de la conducta de su época: El misántropo, El enfermo imaginario, El Tartufo, El médico a palos..., como si cada una de sus obras fuera una disección de propósitos de los tipos principales que las nutren siguiendo un listado que el autor tenía a la vista tanto como observador privilegiado como en su pluma y, lo que viene a ser peor, en un catálogo de intenciones entre la sátira y la farsa en el que no dejaría títere con cabeza. No es Shakespeare, que resume casi todo en cualquiera de sus obras, pero es único a la hora de ofrecer un panorama de retratos más o menos individuales.

El avaro

De Molière, en versión y adaptación de Jorge Lavelli y José Ramón Fernández. Dispositivo escénico, Ricardo Sánchez Cuerda. Concepción y dirección, Jorge Lavelli. Teatro Principal. Valencia.

Este montaje de Jorge Lavelli viene a ser como un homenaje a todo Molière, incluyendo las maneras actualizadas de la Comedia del Arte, en un trabajo muy bien trabado, con una minuciosidad a la que ayuda y no poco un dispositivo escénico que retrata a su manera el espíritu de El avaro sin renunciar por ello a alusiones colaterales a la enorme obra de Molière. Humor, farsa y diversión se conjuntan para ofrecer un Molière que por debajo subraya todo el tiempo que es precisamente nuestro contemporáneo. Esa impresión se sostiene incluso en la interpretación, donde Juan Luis Galiardo ofrece un Harpagón que parece irresuelto a la hora de alardear de todas sus maldades posibles, pero es porque Lavelli, en su sutil dirección, trata de no exagerar atributos sino de mostrarlos con una cierta amabilidad, fiado sin duda a la inteligencia del espectador.