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Mortier triunfa en su 'excursión' de seis horas a la Casa de Campo

El Madrid Arena congrega a 3.000 personas en el 'San Francisco de Asís'

Unos 33 grados de solanera en la calle y la perspectiva de seis horas encerrados en el polideportivo Madrid Arena de la Casa de Campo no son un aliciente excitante para asistir a un espectáculo. Pero cuando la música cautiva, como lo hizo ayer la de Olivier Messiaen con su San Francisco de Asís, nos encontramos ante un raro acontecimiento. El empeño de Gerard Mortier para sacar adelante este montaje fuera del Teatro Real supuso una experiencia tan extravagante como sensacional para el público madrileño.

Mortier, director artístico del teatro, blandía las armas de la grandilocuencia: una cúpula de 13 metros de diámetro, 22 toneladas y 1.400 fluorescentes diseñada por los artistas Emilia e Ilya Kabakov, 250 músicos en escena para conformar orquesta y coro, la de Baden-Baden Friburgo junto al coro del Real y la Comunidad Valenciana, dirigidos por Sylvain Cambreling.

Pero lo que cautivó a los 3.000 asistentes del estreno fue un efecto hipnotizador y trascendente, el que consigue Messiaen con esta ópera superlativa y enigmática, nunca antes vista en Madrid. Lo confesaba Mario Vargas Llosa, que acudió con su mujer, Patricia y su hijo Álvaro: "No he tardado ni 10 minutos en olvidar que no había venido al teatro, creo que ha sido esa cúpula, que me ha absorbido y luego me ha devuelto la música como en un efecto extraño".

La música de Messiaen y el empeño de Mortier reunieron ayer en la Casa de Campo a la reina Sofía, al alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón; al cardenal Rouco y un buen puñado de sacerdotes; también a artistas, prensa internacional de prestigio, desde The New York Times hasta el Frankfurter Allgemeine Zeitung, políticos y compositores como Luis de Pablo, Antón García Abril o Pilar Jurado, ante esta pieza, considerada la ópera de exaltación de la trascendencia más importante desde el Parsifal de Wagner. Con ella Mortier cerraba el círculo de una temporada ?aunque falta por presentar la Tosca de Nuria Espert? que abrió con la visión corrompida del mundo en Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny (Kurt Weill) y cierra con la búsqueda de la pureza de la mano de Messiaen.

Ayer, esta excursión al campo, si bien atemorizaba a muchos a priori, acabó cautivando al público. Y el milagro fue que así resultara pese a la deserción de algunos en el segundo acto, a varias quejas por el ruido del aire acondicionado ?habilitado para adaptar como teatro el Madrid Arena? y a la sobriedad de la propuesta escénica de Giuseppe Frigeni. Salvo la cúpula omnipresente, los movimientos de los frailes eran lentos; los cambios de escena y las apariciones, pausadas. Fue la precisión orquestal, la contundencia coral y las actuaciones de varios de los integrantes del reparto ?como el San Francisco que interpreta Alejandro Marco-Buhrmester o el deslumbrante ángel de Camilla Tilling? los que rindieron al público.