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La banda sonora de Richards

Babelia te adelanta 'Vida', las memorias del legendario Rolling Stone Keith Richards

En el texto promocional el editor norteamericano reconoce que a estas alturas nadie esperaba no ya que siguiera vivo sino que fuera capaz de reflexionar sobre su vida. Su eterno rival Mick Jagger lo intentó y lo dejó en el camino. Que Keith Richards (Darfort, Inglaterra 1943) es un tipo con suerte queda claro ya desde el primer capítulo de sus memorias, por las que se han pagado más de cinco millones de dólares. Vida, que publica Global Rhythm, arranca con su celebre detención en Arkansas durante la gira 1975 por Estados Unidos, cuando circulaba por una carretera secundaria cargadito de drogas.

Todo el mundo les había avisado que en ningún caso abandonara las autovías y que se abstuviera de llevar nada prohibido encima, pero Richards siempre hace lo que le viene en gana. El libro, escrito a cuatro manos con el periodista James Fox que además de entrevistas ha tenido acceso a bastante material documental, repasa ampliamente los problemas entre los miembros de la banda, las infidelidades, sus aventuras y todo lo que ha pasado por su paladar y sus venas. No se trata de una crónica pormenorizada de las juergas pero sí de un relato picante.

Naturalmente buena parte del libro va dedicado a lanzar puyas a Mick Jagger, amigos desde que eran niños y con el que mantiene desde hace 50 años una relación amor-odio que no hace sino aumentar con la edad. Más o menos viene a decir que ni canta bien ni está especialmente dotado sexualmente. Temiéndose lo peor, cuentan que Jagger puso en marcha a sus abogados en cuanto supo que salía el libro aunque parece que finalmente prefirió no hacer aprecio.

El libro disipa la niebla en torno a las trasfusiones, agresiones y los encuentros y desencuentros con músicos como Dylan, Clapton, Marley o Bowie pero incluye también capítulos memorables como el dedicado a la beatlemania y stonemania que se desató a finales de los años cincuenta con todas esas chicas gritando histéricas en cuanto subían al escenario. Lo habitual era que las actuaciones acabaran con disturbios y algunos escenarios se protegieron con alambradas y perros. "La tarea más importante era planear la salida después del bolo", dice Richards.